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Todo para este Rey tomaba proporciones inmensas y trascendentales; quiso despedazar a Antonio Pérez, y Antonio Pérez se le escapó de la cárcel y se refugió en Aragón, amparándose de los libres fueros de aquel reinó. A causa de esto, Felipe II envió un ejército sobre Aragón; el pueblo de Zaragoza arrastró al marqués de Almenara, que había pretendido servir al É. ey a pesar de los fueros, y a la terrible voz de contrafuero y libertad recibió a mosquetazos al general Vargas, que mandaba las trapas enviadas contra. Aragón; Zaragoza fué vencida, el justicia Juan de Lanuza degollado y rotos y deshechos los fueros de Aragón. Pero, entretanto, Antonio Pérez se había salvado; ¡había pasado la frontera y estaba bajo el poderoso amparo de Enrique I V de Francia. Si hubiéramos de enumerar todas las veces que Felipe II se engañó y fué engañado, llenaríamos un grueso volumen. Felipe II, con un exceso de autoridad nocivo, provocaba situaciones cuyos resultados no preveía ni podía prever en su escasa inteligencia. Los que le llaman el Prudente no comprenden, sin duda, que la prudencia es previsora, que no se la puede confundir con el recelo sistemático, que conduce siempre al error. Felipe II nunca previo; receló siempre, y su recelo le llevó de una a otra imprudencia, cuyos resultados fueron tan funestos, que la historia de Felipe II no es otra cosa que un largo, continuado y sangriento drama. Así sólo, por la ceguedad en que vivía Felipe II, persiguiendo peligros fantásticos, mientras el peligro real se deslizaba mudo e invisible a su lado, así sólo se concibe, repetimos, al leer el proceso dei pastelero de- Madrigal, que aquella imprudente y, audaz conspiración pasase desapercibida casi hasta el momento de llegar a su desarrollo, y que sólo se supiese por una delación, cuando las imprudencias de los conspiradores habían dado lugar mucho tiempo antes a que se descubriese por sí misma. Así se comprende que aquella misma infanta, a quien tanto estimaba Felipe II y a quien tenía en olor de santidad, fuese una de las principales personas, o más bien la persona principal de aquella conspiración. Fray Miguel de los Santos había estudiado demasiado bien a la infanta doña Ana; y había comprendido que el claustro, a pesar de la libertad de que en él gozaba, era para doña Ana un lugar horrible, un martirio insoportable. Doña Ana tenía la imaginación soñadora, novelesca y aventurera; había nacido para el amor y sufría al verse obligada por su dignidad, por su jerarquía y por su estado, a renunciar al mundo. Fray Miguel, antes de partir a Roma, había procurado imbuir ciertas ideas en el ánimo de dona Ana. Estas eran, que si bien el Papa no podía revocar los votos de una persona vulgar, podía revocar los de una persona real, si esta reyocae ión era conveniente a los. intereses de un Rey. Doña Ana escuchaba esto como el desesperado que oye la enunciación de una esperanza, por remota que sea, y cuando fray Miguel de los Santos la vio ya bien preparada, no se refirió ya sólo a generalidades, sino que la dijo que había tenido revelación de que Dios no la quenía monja, sino casada, y que la tenía guardada para causar el bien de un ran Rey y de un gran reino. -Y decidme, padre- -dijo la infanta- ¿Cómo puede ser eso? ¿A que Rey puedo yo salvar y a k ventura de qué reino puedo yo contribuir? -Vuecencia (1) señora- -dijo fray Miguel de los Santos- ha tenido un primo que murió desgraciadamente, en una gran empresa, cuando él era muy joven y Vuecencia todavía muy niña. (1) D o ñ a A n a de Austria, aunque estaba considerada por todos como infanta, no lo e r a pero estaba reconocida por el R e y como sobrina carnal suya, por ser hija natural de don J u a n de A u s t r i a se l a concedían consideraciones de infanta y el tratamiento do Excelencia, como i z o con su padre. l!