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Nombre Calle de nüm Población I N V E R S I Ó N DE C A P I T A L E S AL 7 Y 8 P O R C I E N T O O P E R A C I O N E S E N PRIMEA V E N I D A E D U A R D O D A T O 6 (GRA VIAÍTÉIL 1 6 3 1 6- M A D R I D RA Y SEGUNDA H I P O T E C A ecanos 94 F E R N A N D E Z Y GONZÁLEZ E L PASTELERO DE MADRIGAL 95 las armas su derecho, y que en pocas jornadas sometió por la sangre y por el terror al reino de Portugal, que aún gime bajo el yugo del Rey de Castilla, sin que sirvan para nada los tenaces es fuerzos del prior de Ocrato, don Antonio, que, protegido por los ingleses, aún pretende la- corona de Portugal. Todo es sangre, todo misterio, todo horror en esta época de Felipe II; todo clama venganza al cielo, y la Providencia de Dios hace, que el Rey don Sebastián exista, aunque ignorado, y que para tomar esposa haya puesto los ojos en ¡Vuecencia, hija de un príncipe sacrificado por el Rey don Felipe. ¡Callad, callad! -dijo doña Ana- Sois un ministro del Señor y me estáis hablando de venganza. -La venganza, cuando recae sobre crímenes, no es venganza, sino justicia. -E l Rey don Felipe mé ama, me llama su hija, me concede todo lo que le pido. -Por remordimiento; porqtie entre el Rey y ¡Vuecencia se levanta lívida la sombra del señor don Juan de Austria, vuestro padre. -No hay muerte de príncipe que no se achaque a veneno, que no se atribuya a otro príncipe a quien aquella muerte convenía. ¿Dónde está la prueba de que mi noble padre fuese envenenado? -Vox populi, vox Dei- -dijo solemnemente fray Miguel de los Santos- La voz de los pueblos es la única que puede acusar a los Reyes, y aun así, de una manera muy baja, y de oído en oído; y no es sólo la voz popular la que acusa al Rey don Felipe de la muerte de vuestro padre; le acusan los sucesos. U n mes antes de que vuestro padre muriese en Flandes, murió en Madrid, durante una noche obscura, en la plazuela de Santa María, a manos de un asesino, Juan de Escobedo, secretario de don Juan de. Austria, enviado por éste a la corte para graves asuntos; todo el mundo supo que aquella muerte la había mandado el secretario de Estado, Antonio Pérez; todo el mundo sabe que Antonio Pérez era el favorito del Rey don Felipe, y el mismo Antonio Pérez ha dicho en sus Relaciones que el Rey don Felipe le mandó la muerte de Escobedo, decretada en Consejo de Estado y mandada ejecutar a Antonio Pérez; se evitó un proceso a Escobedo y se le mató de una manera infame, porque se quería que muriese y quería evitarse que el nombre de don Juan de Austria sonase en un proceso; se quería que don Juan de Austria muriese también; pero no se le quería matar por la mano de un asesino y a puñaladas, y se le mató secreta y misteriosamente por medio de un veneno. Sí, la voz pública y los sucesos y los intereses políticos acusan al Rey don Felipe de la muerte de don Juan de Austria, y Vuecencia, señora, hija de aquel grande hombre, tiene el sagrado deber de vengarle, y para eso la Providencia os llama a ser esposa del Rey don Sebastián. -Huérfanas quedamos mi hermana doña Juana y yo- -dijo con voz trémula doña Ana- sin saber quiénes han sido nuestras madres, ni otra cosa sino que éramos hijas naturales del señor don Juan de Austria, y el Rey nos ha criado, nos ha amparado, nos ha amado. -Si, es verdad- -dijo con sarcasmo fray Miguel de los Santos- Como negó a vuestro padre la dignidad- de infante, a pesar de que era hijo, como él, del gran Emperador Carlos V ni Vuecencia ni vuestra hermana habéis sido reconocidas como infantas, a pesar de la sangre del gran Emperador, vuestro abuelo, que corre por vuestras venas; que os ha criado y os ha protegido el Rey don Felipe, sepultándoos desde niñas en un claustro, apartándoos de la Corte, temeroso de la influencia que pudierais tener en ella como hijas del noble don Juan de Austria; casando a vuestra hermana en Italia Con un obscuro principillo siciliano, que ningún recelo pedía causarle, y haciendo profesar a Vuecencia en España, en este convento, que. es el único mundo que Vuecencia ha visto. -E l Rey me da rentas de infanta; el Rey me consiente una servidumbre igual a la de una infanta. -Pero entretanto sois monja profesa; estáis muerta para el mundo; no os podéis casar con nadie, porque el Rey cree que Clemente VIII no se atreverá a libertaros de vuestros votos; pero yo voy a Roma, vuestros votos serán dispensados por el Papa y un día muy próximo el Rey don Felipe verá con asombro y con terror que el Rey don Se: