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MADRID- SEV 1 LLA 20 D E D I C I E M B R E D E 1929. N Ú M E R O SUELTO, 10. crh. EL i. D E J U N I O DE 1905 P O R D. T O R C U A T O DIARIO ILUSTRA DO. AÑO VIGÉS 1 MOQU 1 NTO N. 8. 9 se SS 4 FUNDADO LUCA DE TENA ANTE EL MOMENTO POLÍTICO Parece evidente que lo único en que todos estamos de acuerdo, desde el dictador hasta el más extremo de sus contradictores, consiste en afirmar, y sin duda en desear, que la vuelta a la normalidad se realice de modo que responda a la voluntad del país. Esta aspiración se anuncia siempre con mucha más llaneza que se logra, porque la voluntad de cada país tiene en cada momento histórico una doble y compleja expresión, la cuantitativa y la cualitativa: la que cuenta con el mayor número de votos entre la totalidad de los ciudadanos y la que prevalece dentro del elemento director, es decir, entre los jefes y estados mayores de partidos o grupos, periodistas, tratadistas, especializados, etc. Porque en 1923 la mayoría cualitativa española representada por los diputados y se- nadores ministeriales de las Cortes escogidas en la primavera de aquel año no coincidían, ni mucho menos, con la cuantitativa predominante en el país, se acogió con asentimiento general el golpe. de Estado. Porque en 1929 no existe aún ponencia ninguna en la cual hayan colaborado todos, n i aun los más, de los elementos que han de concurrir a redactar con la deliberación y con el voto aquella que pueda ser eficaz, resultaría inútil la apelación al plebiscito, que no es nunca sino la fórmula monosilábica para conocer la mayoría cuantitativa y presupone plasmado con anterioridad el dictamen de la mayoría cuantitativa. S i en efecto están planteados así los términos del problema político actual, aprovechará muy poco que individuos o colectividades sigan ofreciendo en variadísimos muestrarios soluciones aisladas, por grandes que sean sus excelencias y perfección intrínseca. L o que importa hallar es la transacción que acepten, si no todos los españoles (porque este ideal se ha de tener como inasequible) los que basten en número y calidad para hacer firme y duradero el futuro régimen. Esta fórmula de concordia, aun cuando resulte, como suele acontecer en las transacciones, menos perfecta teóricamente que ¡as unilaterales, aun cuando no se acomode estrictamente a ningún ejemplo histórico, se comprobará en la práctica más fecunda que la copia fiel de cualquier figurín doctrinal o pretérito, por el sólo hecho de contar con más generales anuencias. Puesto que estamos todos conformes en que no rija en España otra Constitución, sino la que ella quiera darse, lo que procede en primer término es fijar el modo que permita conocer con certeza la voluntad nacional. Leal mente reconoce el Gobierno que él solo no puede interpretarla y que ha de requerir, además de la colectividad difusa, el concurso de los hombres políticos. Se hace pues, inexcusable, que con uno u otro arbitrio designe el país, lo más pronto posible, a las personas, no muy numerosas, aunque sí muy selectas, capacitadas para deliberar, resolver transaccionalmente sus diferencias y proponerle la solución más via- ble para el retorno a la normalidad constitucional sin que sea necesaria, n i quizá conveniente, la asistencia personal a éste capítulo del dictador. Pero mantenerse todo como hasta aquí, en su posición respectiva; preconizar cada uno sus peculiares condiciones sin coincidir siquiera en cuál ha de ser el procedimiento que garantice libertad y autenticidad a la situación del único arbitrio inapelable, que es el pueblo español, equivale, a m i juicio, en malgastar, intencional y peligrosamente, un tiempo precioso. -Gabriel Maura GaD o n N i c e t o Alcalá Z a m o r a M e permito dudar acerca de la realización del propósito, extendiéndose m i duda, a la firmeza y posibilidad, del intento. E l anuncio tiene rasgos hábiles, encaminados en apariencia a acortar plazos y en realidad prolongarlos, distrayendo a los indiferentes, conformando a los tibios y aislando, a los más resueltos en la oposición. Por muy sincera que fuese la voluntad se estrellaría contra lo irrealizable de todo absurdo. Cuando un Gobierno comprueba y reconoce la frustración de su política y hasta la necesidad de la opuesta, aun sin haber vituperado ésta, con la violencia que empleara el actual, no le es lícito realizar lo que estima. P a r a restaurar el régimen parlamentario no está moralmente capacitada una Dictadura. P a r a dogmatizarla no sirve una reacción autoritaria. P a r a restablecer la ley fundamental de 1876, suponiéndolo posible a estas alturas, sirve menos que nadie el Gobierno que la destruyó. Las Cortes no serían legítimas por su origen, ya que ninguna firma en la convocatoria tendría potestad, por haberla perdido o por no haber llegado a ganarla; por el método, que consistiría en un decreto más regulando el sufragio a capricho del régimen y por los procedimientos, negación de las garantías, indispensables a toda elección verdad. E s curioso observar la contradicción que envuelve el escalonamiento del hipotético anuncio. L a prelación, natural y lógica de las elecciones locales se funda en que no ofrecerían respeto n i garantía alguna las Cortes elegidas bajo los actuales Ayuntamientos, pero se olvidan que en igual reproche estarían incursas las nuevas corporaciones, influidas en su elección por los concejales gubernativos de hoy. E n suma, toda convocatoria que no sea una mixtificación, supone: que las elecciones de abajo a arriba, desde el último pueblo a la Asamblea Constituyente, sean convocadas por un Gobierno provisional extraño al absolutismo y libre de su influjo; con restablecimiento de la libertad de reunión y emisión de ideas y opiniones; con supresión de los delegados gubernativos y con reemplazo de las Corporaciones locales por otras de carácter provisional, designadas automáticamente, bien por anteriores representaciones electivas (ex alcaldes de elección popular, por ejemplo) y por calidad de representación social. D o n Antonio Goicoechea Siempre, desde 1923, he pensado- -y hechos y opiniones bien recientes han fortalecido en vez de debilitar m i convicción- -que se padece por muchos una equivocación inicial al establecer el orden cronológico en que han de colocarse los factores de una restauración política. Con el propósito de pensar después en la enmienda, se anhela como inmediata la normalidad. Pero el país no quiere- -o no debe querer- -una normalidad, sin que se le den previamente las indispensables seguridades de la enmienda. U n a normalidad que fuera el retorno puro y simple de todo lo existente antes de 1923, no sería tal normalidad, sino su hipócrita apariencia. A m i juicio, la dictadura incumplirá la principal de sus obligaciones ante el país y ante la H i s t o r i a y esterilizará lo que hay de aprovechable en la obra realizada desde 1923, si prescinde de acometer una reforma constitucional, total o parcial, más honda o menos honda; la que sea; la que el número mayor de pareceres estime necesaria para la extirpación de los vicios que dieron lugar a la aparición d é l a dictadura, y cuya reoroducción; bastaría otra vez p? ra explicarla, quizá r a r a justificarla. E s evidente que 1 a di- tadura no puede n i Jebe acometer- sola, esa reforma; se necesitará. f- Ma que ella quede, legalmente consumada y revestida, además de la indispensable autpridad moral, contar con el explícito asentimiento del país. N o puede pedirse al Rey que ponga su firma al pie de una ley constitucional, que no haya sido votada por auténticos y legítimos representantes del anhelo popular. ¿Cómo salir de ese círculo vicioso? ¿Cómo aplazar l a convocatoria de Cortes hasta después de la reforma, si no se puede decretar la reforma sin Cortes? A m i juicio, hay gara ello un solo camino: encomendar l a reforma constitucional a un órgano electivo que no sea el órgano legislativo ordinario. Omitida en la Constitución de 1870 toda regla sobre la posible reforma de su texto, la Dictadura no se encuentra ante la dificultad que Cánovas tuvo que vencer, y que venció, pasando resueltamente por encima de lo preceptuado en cuanto a- tramitación por la Constitución de 1869. U n a Asamblea, fruto, en su mayoría, del sufragio universal, y compuesta de un número no muy grande de miembros, podría acometer y realizar, en el breve plazo que se le señalara en la convocatoria, k obra de reemplazo o simplemente- de revisión de l a Constitución v de las leyes orgánica? A esa tarea cVc- ería reducirse su cometido. Después, sólo después de esa revisión y de hechas en nnettro régimen las enmiendas oue se estimar; indispensables, podría p e n sarse en llegar a la verdadera normalidad; no antes. L a que ahora conquistemos t i e n que ser una definitiva normalidad, no una reanudación de la historia pasada, n i un paréntesis fugaz entre dos dictaduras. 1 Nada, al parecer, más sencillo y más airoso para el dictador que convocar unas Cortes, y ante ellas declinar los extraordinarios poderes ejercitados. Ese camino, sin embargo, no conducirá a la curación, sino a la perpetuación de la enfermedad política de España. M i conciencia me prohibe aconsejar un gallardo renunciamiento de la dictadura, semejante al de Sila, que describe conmovido Plutarco. D o n Julián B e s t e i r o E s difícil pronunciarse acerca de l a s i tuación actual, porque, en realidad, los propósitos del Gobierno no están aún claramente definidos. Como las cuestiones políticas no son sólo cuestiones teóricas, sino eminentemente prácticas, yo no me dejo seducir fácilmente por las promesas de sufragio universal y de reforma de la ley electoral para evitar co-
 // Cambio Nodo4-Sevilla