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Desde que estas noticias se tuvieron, se envió a África al señor Guillen de Sousa, y. gracias a las continuas persuasiones de é s t e n s e ha- logrado que el Rey don- Sebastián pase a Venecia, para que en la ocasión oportuna venga a su reino, protegido por. venecianos, franceses e i n gleses. Pero antes, el Rey don Sebastián, vendrá de incógnito a España, para, ya disuélfós los votos por el i apa. hacer a Vuecencia su esposa, salir con ella de E s p a ñ a e ir a ocupar a Portugal, presentándose con una fuerte escuadra, delante de Lisboa. A h o r a bien, señora; dígame Vuecencia si quiere ser esposa del Rey don Sebastián, para que yo pida al Papa la anulación de los votos v la dispensa del parentesco y lleve al Rey don Sebastián la noticia faustísima de que Vuecencia consiente en ser su espasa. -S i Dios lo quiere, y el Papa, en su alta sabiduría, lo estima justo y conveniente, y anula mis votos, yo me tendré por muy honrada y seré muy contenta de que me tome por esposa una tal persona como el ¡Rey don Sebastián- -dijo doña A n a con la v o z t r é rnula los ojos bajos: y vivamente encendida: Hablaron aún por espacio de una hora el fraile v la monja; despidiéronse, y al día siguiente por la mañana fray Miguel de los Santos partió a Roma con el pretexto aparente de ir como delegado del general de- su Orden para asuntos de la misma cerca de la Curia romana. Y a sabemos lo que sucedía en Venecia y cómo salió de ella Gabriel de Espinosa, habiendo sido el he; r es la esposa que su reino vería con placer sobre su Trono, es primo hermano de Vuecencia y, según las noticias que me da Guillen, de Sousa, que vive hace muchos años al lado del. Rey, en esta carta, don Sebastián está impaciente por lograros; porque en cuanto a conoceros, le hemos enviado el retrato de Vuecencia, que le ha enamorado grandemente. ¡A h! ¡Mi. retrato! -dijo Con alegría doña A n a- N o sabía yo que se hubiese, enviado mi retrato a don Sebastián. -N o se creyó oportuno hablaros de esto hasta saber lo que el Rey don Sebastián contestaba, y el retrato que se le ha enviado se tomó del grande que hay vuestro al óleo en el alcázar de Madrid. -Allí no tengo hábitos de monja- -dijo con cierta vanidosa coquetería doña Ana- ¿Y qué ha dicho don Sebastián? -E n la mano tengo l a carta que a propósito de c J me ha escrito el señor Guillen de Sousa- -dijo fray Miguel de los Santos, mostrando a doña A n a una carta que había sacado de entre sus hábitos. -Leed, -leed- -dijo Ctin interés doña A n a -N o hay para qué leer m á s que lo que a V u e cencia atañe, -que la carta es larga y menudamente escrita, y s a l v o en lo que a Vuecencia se refiere, trata de asuntos menudos y enfadosos, que molestarían a Vuecencia. -Y que, además de eso, sin duda, asuntos que no me conciernen. Veamos lo que á mí toca. Fray Miguel de los Santos sacó una caja de plata y de ella unas antiparras, se las caló y leyó lo siguiente: M i señor me encarga diga a vuesa merced que ha recibido el retrato de Ja señora doña A n a y que desde que lo vio, no pasan diez minutos sin que le saque del pecho y vuelva a mirarle, sin hartarse nunca de contemplar la hermosura de doña Ana, que le parece tal, que arde en deseos de conocerla; porque dice que hay gran diferencia de lo vivo a lo pintado, y que, o mucho se engaña, o doña A n a debe ser mucho m á s hermosa de lo que aparece en el retrato, aunque en éste está representada muy al v i v o mi señor no ha cesado de hablarme de esto en tres