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A B C. SÁBADO 21 D E D I C I E M B R E D E 1929. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G xa E L VOLVERSE CONCHA LA Sobre la comedia de Ramón Es ce apuntador, que al principio, antes de alzarse u telón de Los medios seres se vuelve hacia el público, forcejeando como un caracol en su concha, parece traer todo un programa de revolución en la historia del teatro. Esto de que al cabo de los siglos se vuelva k concha ha podido constituir en la historia escénica un acontecimiento parecido al que significa en la historia de la liturgia romana el paso del oficiante de cara a los fieles, al oficiante de espaldas a los fieles. E n las artes plásticas y decorativas el acontecimiento de volverse las conchas pudo considerarse una revolución trascendental. De convexas que estaban sobre ropones medievales de peregrinos o sobre muros santiáguistas, empezaron a ponerse cóncavas a favor del agua renaciente. Así, el adjetivo peregrino en las conchas- -igual que en nuestras almas- -se completó en dos Significados. P o r el lado convexo- -dorso geográfico bajo el ancho cielo- -decían la peregrinación por este valle de lágrimas, el camino universal de Santiago, las jornadas celestes bajo la Vía láctea. Y por el lado cóncavo- -seno mitológico- -decían la gracia peregrina y maravillosa de los mitos. P a r a el teatro esta revolución y vuelta de las conchas de los apuntadores hacia el público puede significar un acontecimiento inaugural de primera fuerza. Pero el apuntador de Ramón se pronuncia como aquel buen sargento de Zea Bermúdez, que fracasó por tierno de corazón y demasiado lleno de respetos humanos. E l problema mayor del teatro consiste en volver toda sil impostación psicofísica, psicológica, en mítica y simbólica, no con el simbolismo baña! de 1900, sino en su más profunda y sacra estructura. A l comentar a don Juan en estas columnas José Bergamin daba en el clavo. Toda concepción psicofísica y clínica de don Juan- -y añadiremos del teatro futuro- -constituye un error grosero. Toda mística concepción se pone en el camino del acierto. E l apuntador de Ramón vuelve su concha para recitarnos un prólogo bien escrito y darnos una exp icación psicológica cuando nos debiera promover un escándalo de profeta anunciando e imponiendo el mito futuro. E l teatro, técnicamente, es un juego experimental y científico, que se compone de dos conchas: una, grande- -la cavea, el anfiteatro- otra, pequeña, que es la concha del apuntador. L a concha del apuntador es la cíave del arco del teatro moderno, que todo él está edificado super hanc petram. Moverla es hacer la revolución y tocar la pieza maestra de todo el artilugio. Volver la concha del apuntador hacia el público y poner las dos conchas de cara- -la grande y la chica- -es jugar con espejos ustorios y tentar un incendio libertador, fruto de un atisbo genial. L a necesidad más formidable del teatro moderno- -y aun de toda posible liturgia moderna- -es ésta: Hace falta un Apuntador para los públicos. E s necesario que en el escenario- -en el altar mayor- -se vuelvan a celebrar el mito y el misterio. Pero como mito y misterio son por ahora griego y latín, para los públicos, hace falta la comedia dilucidada e i m puesta, el apuntador y dictador de públicos. E n algún teatro europeo de vanguardia el público se ha constituido en congregación religiosa, bajo la advocación del glorioso comediante San Ginés. para ver si se hace el milagro de iluminar al público. Eso está feiín. pero mejor sería a ¡San Ginés. roÉ do X SS 3 el apuntador gritando Por desgracia, el apuntador de Ramón hasta tiene resabios y apoyaturas del prólogo de Los intereses creados. Se siente un poco y se le siente un poco (quizá sin culpa por parte de Ramón. un Lrispin del escenario. Ese apuntador debiera estar en primer lugar crudamente caracterizado y debiera traer en su rostro la huella de una existencia soturna, donde lia acumulado su furor. Su gesto debiera producirse con ia crispatura del que viene a jugarse cara a cara con el público la vida nueva del teatro. Debiera producir un escándalo teatral- escandalizar es la consigna del arte moderno- -y viene a pactar explicaciones con el enemigo. L o que dice no tiene suficiente sonoridad escénica y resulta literario y circunstancial. Sin embargo, el barrunto genial de volver la concha se ha consumado y lo ha consumado Ramón, leal y curtido servidor, del arte moderno. Tentativa gloriosa, pero frustrada. Ramón ha sido como el Gago Coutinho de esta proeza, el primer volador de este vuelo. Con cierto instinto lógico, a la concha vuelta de cara al público, en la escena corresponden medios personajes especie de seres medio saliendo de su concha, con media figura convertida en concha de sombra, que es manantial de sugestiones. Pero todo queda en barrunto. Cierto ambiente palabrero, galdosiano, benaventiano, confidencial, amable e ingenioso, parece haber puesto en esta obra su morbo de pasillo y de salonci 11o. L o que en Benavente es filosofía y pensamiento de álbum, aquí es greguería, y el apuntador es el peor de los medios seres: mitad franco revolucionario que da la cara, mitad amanerado Crispín. ¡Qué grande cuando forcejea volviendo su concha de cara al público! Pero, ¡qué pequeño cuando nos quiere persuadir 1 Buena liturgia y pésimo sermón. E l apuntador debía quedarse dando cara, fresco, insultante y escandaloso, durante toda la comedia. Debía ser una cruda caricatura del mismo Ramón fumando su pipa, repitiendo el mitin de Pombo, interrumpiendo a los personajes de la comedia, siendo un apuntador en busca de personajes y de públicos, explicando las peripecias como e l explicador chino y el coro griego, señalando con un pulgar irónico a los títeres que operan a sus espaldas v repitiendo renovada la emoción del retablo de Maese Pedro. A veces la obra debiera ser pura pantomima, para que el apuntador hablase por todos. Es necesario en nuestro tiempo reedificar al público con piedras de escándalo, cosa que ha tentado ya Pirandello y es acaso el timbre de mayor gloria del autor siciliano. E s necesario hacer que la comedia y su mise- en- scene sean misa explicada desde el pulpito. E l apuntador, cuanI do mira a los personajes, está por debajo de ellos; pero cuando mira a los espectadores está por encima del patio de butacas. Decía Ramón, en una de sus conferencias de entreacto, que el teatro es una experiencia constante. Raro es el investigador glorioso que triunfa a la- primera experiencia. Ramón merece bien de la escena española por haber sido el primero en traer con o r i ginalidad española este intento y este sentido de lo experimental a nuestro teatro. Y nadie como él, por su pasión y su talento, merece, de experiencia en experiencia, más arduamente que ninguno, escalar y expoliar a viva fuerza las almenas del éxito. RAFAEL SÁNCHEZ MAZAS AUTOCRÍTICAS Volpone Los autores de la versión española, de Volpone, que se representa en el Infanta Beatriz, de Madrid, nos enviaron las siguientes lineas antes del estreno de la adaptación, de cuyo éxito ya tienen noticia nuestros lectores. Suenan vibrantes unos timbres. E n el escenario grita una v o z ¡B a t e r í a! Se queda a obscuras la sala, y repite la voz de antes: ¡T e l ó n! Este comienza a subir majestuoso y lento, y ahí tenéis ya ricamente ataviado al famoso Volpone, a nuestro Volpone, al Volpone que sigue triunfando en París, al Volpone de Ben Jonson, de Stefan Zweig y de Jales Romains; a un Volpone que- -según la farsa- -tiene casi casi tantos escudos como disgustos nos lleva ya dados a nosotros. Volpone, Mosca, Voltore, Corvino, Corbaccio, Colomba, hasta Canina y el irascible capitán Leone, todos los personajes están asustadísimos, pensando en e! estruen- Artemio Precioso y Rafael Sánchez Guerra, traductores al castellano de V o l p o n e la famosa comedia de Ben Jonson, adaptada a la escena contemporánea por Stefan Zn ci j y Ju- les Romains, y estrenada en el teatro Infanta Beatriz.