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NOEL. L A ALEGRÍA DE LA PATERNIDAD o. guardo con amor un libro viejo... A s i decía D. Marcelino Menéndez y Pelayo, que tantos libros antiguos de incalculable valor poseía, pero que reservaba su lirismo para ese de mal papel y tipos revesados en que de muchacho estudió en Horacio; para un volumen sencillamente viejo, de los que se apelillan en los puestos del Botánico, cuando el otoño seca también las hojas de los árboles. A un tiempo flores y papel marchitos, conservo yo, a imitación del sabio, y con su misma delectación, unos cuadernos n notas, recortes de periódicos, K o d a k s, m i n u t a s de banquete, programas y demás testimonios y vestigios de efemérides íntimas o de acontecimientos públicos por mí presenciados, specie de mariposas disecadas por el entomólogo, para las que espero llegue él día de su resurrección, si los dioses me c o n s i e n t e n c u m p l i r los ochenta años, como a D. Emilio Gutiérrez Gamero, y como a este encantador anciano, escribir mis memorias. E n el referido archivo hay el siguiente croquis de una t r a v e s í a a Buenos Aires, efectuada en el transatlántico Infanta Isabel: La. abuela. Es una viejecita a quien el manto da forma de campana, asomando los pies como si fuesen badajo; su sencillez, no desprovista de majestad, hizome creer que la viejecita era un residuo de la p r i m i t i v a Argentina, acaso la fundadora de una dinastía de millonarios. Pero, en realidad, se trata de una payesa catalana. Sin duda, por primera vez sale de su pueblo y marcha al Paraguay a reunirse con su hijo. No extraña el barco, ni el camarote de lujo, ni la comida: nada. Con una sonrisa en su cara de piedra, con los ojos comparables a las manchas del liquen, y semejante la boca sin dientes a una grieta, acude a la mesa que le está reservada, un poco grande, muy grande, pero que le recordará la cocina de su hogar, con el tablero donde apoyaba la almohadilla boliliera, en tanto los hombres trabajaban en el campo. No ha intimado, ni siquiera habla con nadie. Recelo o felicidad. Se pasa los días lavando y recosiendo su ropa blanca, en el lavabo de la cabina. Seguramente desdeña a las camareras, de guardia en los pasillos, con la cofia. Sería curioso asistir ál reparto de las propinas suyas: poco dinero, y caliente; quizá envuelto en un papel, y entregado de un modo confidencial, con la mano cerrada. Inalterable serenidad la de la abuela. Sólo los niños, los ocho o diez niños viajeros, consiguen perturbarla. Huye de sus risas, de sus llantinas y de sus caprichos. Esta viejecita se parece a España, por su capacidad para el heroísmo y por su falta de ternura. r si UN PINO CENTENARIO Y ENANO E N UNA PORCELANA CON RELIEVES D E ORO, Y JUNTO A ESTAS CURIOSIDADES JAPONESAS, LA ESTATUILLA C H I NA, E L CACTUS Y L A INEVITABLE V E L A LITERATURA, COSMOPOLITISMO, E N LUGAR D E LOS V I LLANCICOS ALDEANOS. SEÑAS DE LOS TIEMPOS L a verdad es que yo no sé si en efecto carece España de ternura. De algún tiempo a esta parte menudean las pruebas favorables, y hay cosa que no se improvisan. Acaso acertaríamos al decir que ios españoles te-