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UNA FAMILIA ANAMITA REUNIDA E N E L JARDÍN D E SO CASA, E N TORNO D E L A A N TIGUA F O N T A N A D E P I E D R A LLENA D E l ECES MARAVILLOSOS en el mar de China. Probablemente será su única esposa, de hecho soberana del h o gar. Por tie si bien la religión y la moral nacional permiten, al anamita tener simultáneamente varias mujeres, en l a realidad ocurre allí lo que sucedería en E u r o p a si se nos otorgara idéntica facultad: pocos tendrían más de una esposa, por la misma razón- -decía Berna rd S h a w- -q u e casi nadie costea más de un automóvil, aunque no esté limitada la cantidad de los que a cada no es lícito poseer. E n ese hogar, desnudo y simple, ocupará preferente lugar el altar d o n de se rinde culto a los antepasados. A n t e el altar se quema el incienso y se hacen las ofrendas de pescado y de arroz. E n él se consagran los hijos a las divinidades tutelares y se les impone el número que les c o rresponde por el orden cronológico de sus nacimientos; nunca el padre los llamará sino por ese número, que da a cada uno su i n m u table jerarquía familiar. Y y a la vida de nuestras desconocidas amigas perderá i n d i vidualidad, atenuada y como fundida en la monotonía de los ritos domésticos: limpieza, baño y educación de los pequeños, a quienes recitará- -para adiestrarlos en el culto de la paciencia y de la voluntad- -ese viejo r o mance anamita que se llama el Luc- UanTicn, y es la historia fabulosa de u n h o m bre del pueblo que llegó a ser Rey, al cabo de interminables esfuerzos y aventuras, sólo porque así se lo propuso y nunca dejó de trabajar para ello. Tareas culinarias. C e remonias de la religión de los muertos e i n vocaciones a los espíritus subterráneos y forestales que presiden el curso de los sucesos favorables o nefastos. Y siempre en segundo término, obscurecidas por la prestancia v i r i l v la autoridad marital. P e r o esta vida, que tan opaca y humilde nos parece, j no tiene acaso la misma i n tensidad penosa o placentera que las de las mujeres de Occidente? Bajitos, la tez a c e i tunada, salientes los pómulos, los ojos ligeramente oblicuos, bajo el cónico sombrero de paja o el turbante azul, los ananútas, femó los chinos, nos parecen idénticos, ejemplares de una humanidad en serie. Y porque su lenguaje nos la hace hermética, casi nos olvidamos de que tienen un alma de las m i s mas dimensiones, para el amor y p a r a el dolor, que l a nuestra. S u civilización, s i n embargo, es tan antigua como la china, de que procede. H a s t a los campesinos y los pescadores gustan de l a música y del teatro. S u arquitectura religiosa h a hecho p r o digios, visibles todavía en las ruinas. Sus bailarinas imperiales poseen el secreto d e sutiles voluptuosidades, la m a g i a del color y de las líneas hieráticas. L o s viajeros que h a n logrado aprender su idioma cuentan que existe allí una literatura popular rica e n apólogos y leyendas, en narraciones épicas, e n canciones amorosas. H a s t a se ha t r a d u cido u n pequeño poema q u e nuestras amigas anamitas, sin nombre quizá, cantarán algún día, y es ¡a queja de una esposa abandonada, que trata de recuperar a l esposo voluble. N o conozco más que u n a estrofa; pero n o hay en ella, como veréis, nada que difiera de los sentimientos jue podría expresar u n a mujer de nuestra r a z a ¿Por qué m e ha dejado, joh, esposo! abandonada a m i aflicción? M i llanto, que ablanda la tierra, ¿aMan ia, ra t a corazón? E l poema es popular; signo de que la i n fidelidad marital tío es infrecuente e indicio de iue la tristeza del amor perdido, la duda, los celos- -que nos parecían sentimientos demasiado modernos y literarios para sufridos por iquienes tienen esos rostros de muñeca risueña- -anidan. a menudo eii las almas sumisas de las mujeres de A n a m igual que en las de las europeas. Y es que la impasibilidad sonriente no es allí- -como en l a C h i n a y en el japón- -más iue u n a máscara, u n a prueba de l a educación, que considera o f e n sivo para el visitante o el huésped mostrarle preocupación o melancolía. Y l o m i s m o los letrados y los propietarios de U n e de L a n g o de T u r a n e que los míseros pobladores de las tierras bajas y cenagosas, cultivadores de arroz, tej edores de seda, leñadores, que a veces se lleva entre sus mandíbulas el señor tigre, todos aprenden en los libros sagrados las fórmulas ceremoniosas v el gesto con que. por decencia, debe fingirse n n constante buen humor. E s el padre quien les d a lectura de esas doctrinas. Y cuantío se c o n s i dera, la aspereza que J a vida v a revistiendo E L ANO D E LOS NIÑOS ANAMITAS en Occidente, e l ceño desconfiado y hosco c o n que los desconocidos nos afrontamos en las grandes ciudades de E u r o p a el silencio o l a altanería de nuestros compañeros de tren, comprendemos e l valor social de aquella sonrisa, mecánica, si se quiere, pero que es como u n óleo que suaviza en su comienzo las relaciones humanas. A p a c i b l e familia de A n a m reunida en torno de la antigua fontana de piedra, llena de peces maravillosos. E l pádre- sacerdote del culto doméstico, amo y. señor- -explica a los pequeñuelos las virtudes mágicas del espíritu que anima a los dorados y rojos h a bitantes del agua límpida. Y l a mujer c o n templa la superficie serena, imagen de s u alma, en cuya profundidad, deseos, dudas y temores evolucionan en silencio, como l o s peces de ¿oro, y sólo tímidamente emergen sobre el haz de s u vida, alguna vez. JÜAS (Fotos rrioK. PUJOL
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