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Gabriel de Espinosa saludó con respeto, pero con grave dignidad, al alcalde, y salió. En la pastelería había mucha gente atraída por la noticia de que Gabriel de Espinosa, el hijo de Mari- Pérez la pastelera, había vuelto a la villa después de largas aventuras por el mundo. L a mayor parte de aquella gente no conocían a Gabriel de Espinosa, porque los unos eran niños y los otros no ¡habían nacido aún cuando Gabriel había salido del pueblo; pero algunos de ellos, de edad provecta los unos, ancianos los otros, le habían, conocido, y venían a saludarle, trayendo consigo a los jóvenes que no le conocían. Pero la- villa acababa de pasar por un grave suceso que ponía en cuidado a todo el mundo, porque no se sabía lo que el tremendo alcalde don Rodrigo de Santillana sería capaz de hacer por consecuencia del alboroto de aquella madrugada, y se habló más de ello que de la venida de Gabriel, y creyendo a éste persona que podría hacer algo por ellos, puesto que don Rodrigo le había llamado y no le había preso, lo que significaba mucho, venían a suplicarle hiciese lo que pudiese por la villa. -No soy yo persona de tanto valer, amigos- -les dijo Gabriel de Espinosa- que pueda prometeros mucho; el señor don Rodrigo de Santillang es hombre que, tratándose de la justicia, no escucha palabras ni atiende a razones, vengan de donde vinieren, y tanto menos si estas palabras salen de la boca de un pobre pastelero como yo. Ello es la verdad, que, en lo de esta mañana habéis andado desatentados y poco temerosos de la justicia, hasta tal- punto, que yo creí haberme engañado y haber dado en otro lugar, en vez de haberme venido a Madrigal; en otro tiempo, Madrigal era una villa quieta y pacífica, y bastaba un desdichado alguacil para poner en paz a los que por acaso y. rara vez reñían, v hoy no han, bastado ni un alcalde de casa y corte de la Real Espinosa y Mari- Pérez fueron mis- padres, y comt a tales los amé y guardo de ellos buena memoria. -Hanme dicho también que vos habéis andado fuera de España dieciocho o veinte años ha por un homicidio que cometisteis, y- como vos no podéis probar de contado que Vos no lo habéis cometido, doy desde aquí con vos eri la cárcel y os- pudro en ella hasta que el delito se aclare y pueda sentenciar en justicia. -Eso, señor alcalde, está ya visto y sentenciado; porque es verdad que yo maté a un hombre porque me trató con poco respeto, de- lo cual hay papeles en la Chancillería de Valladólíd; pero también es cierto que después de haber servido al Rey de Portugal, tomé bandera al servicio del Rey de España en Flandes y le serví tan bien, que, por buenos oficios del gobernador don Luis de Requesens, logré indulto del Rey de aquella muerte, que hice frente a frente como honrado y con causa y razón bastante, y aquí está la real carta de gracia, para que vuesa merced la vea, que no me dejará mentir. Gabriel de Espinosa sacó de debajo del justillo una cartera. de seda envuelta en una larga cinta, y dé ella muchos papeles, entre los cuales buscó un papel sellado, que entregó al alcalde. Don Rodrigó de Santillana leyó y releyó aquel papel y le ¡devolvió en silencio á Gabriel de Espinosa. -Pues que el homicidio es ya asunto buena y legítimamente concluido, sepamos dónde habéis andado los catorce años que van desde este, indulto hasta ahora. -Estuve cuatro años en Flandes, en el escuadrón de Alabarderos de la guardia de don Luis de Requesens, y aquí está la certificación en que consta. Después de esto serví cuatro años en la isla de Cuba con don Fernando de Cárdenas, como consta por este otro papel; por último, me vine a Europa, y he servido otros cuatro años en el Milanesado, como por esta otra certificación se prueba. Y habiendo sabido por un soldado que había hablado con otro de ste pueblo, de cuyo nombre no me acuerdo, que mi madre había muerto, cansado: de- andar. -rodando por el mundo, me he venido a esta villa a Cobrar mi