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Xas correa d caUacuv P. del Prado, 3 (j, Madrid. 136 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL PASTELERO D E MADRIGAL 133 -Y a se verá lo que hay que hacer en esto- -dijo Gabriel- ahí traigo unos dinerillos con que se puede entretener la costa aunque sé pierda algunos días, y cuando esos días pasen, podrá ser muy bien que vengan más dineros, con lo cual los pasteles serán más que oficio, entretenimiento y disculpa, para que nadie se meta a averiguar de dónde nos viene la plata que gastemos. ¿E s o s dineros te los enviará, sin duda- -dijo G i l López- la madre de la n i ñ a? -L a madre de la niña es tan rica y tan gran señora que no nos faltará oro aunque no sea m á s que por que su hija se críe como una princesa. ¿Y por qué no te has quedado tú allá con esa señora, o por qué esa señora no se ha Venido contigo? -N i yo podía estarme, ni ella venirse; estaba yo en Ñapóles muy amenazado, y ella muy temerosa de perderme, y fué necesario darle gusto y venirme; y si ella no se vino, que bien quisiera, porque mucho me ama, fué porque la aseguran allí grandes obligaciones- ¿S e r á esa señora parienta del virrey? -dijo G i l López, que creía todo él embolismo de Gabriel de Espinosa. -Calla, maldiciente- -dijo Gabriel poniendo urta mano en la boca de G i l López- de dónde sacas tú que la madre de la niña sea parienta o cosa del virrey de Ñapóles? -Fundóme- -dijo G i l López- -en que el ama de la niña, a pesar de sus humildes vestidos, parece muy dama y muy noble. -Bien, ¿y qué? -dijo con algún cuidado Gabriel de Espinosa, aunque sin darlo a conocer a G i l López. -E l ama habla muy bien el castellano. -Como que es española. -Pues bien; una señora española y muy principal no puede ser ama dé cría de una criatura, como esa criatura no sea hija de una Reina o cosa semejante. -Puede ser que la madre de Gabriela sea nieta de Reyes- -dijo misteriosamente Gabriel. Abrió desmesuradamente los ojos G i l López. -Puras entonces- -dijo- -lo que te debe de sobrar es dinero. -A s í iremos; por lo mismo, importa poco que y dar batalla y vencer, al frente de mis cabilas fero- ees, al que hubiera querido oponerse a mi grandeza; si yo pude ser una heroína como Semíramis, y todo esto ló abandoné por ti, ¿qué puede importarme tu pequeño reino de Portugal, en el cual no sería m á s que la esposa, la madre de los hijos del Rey, tu primer vasallo, pero vasalla siempre, cuando he podido ser señora, y señora absoluta, de un grande, rico. y fuerte imperio, en el éual serían esclavos míos los hombres m á s valientes del mundo? ¡No, Gabriel, no! L o que te habla no es mi ambición, son mi amor y mis celos. es que yo moriría desesperada si viese a otra mujer tuya. y Y M i r i a n reclinó, sollozando, su cabeza sobre el hombro de Gabriel. ¡M a r í a! ¡M a r í a de mi alma! -exclamó Gabriel asiendo con sus dos manos la cabeza de M i r i a n y. estampando en su pura frente un beso abrasador, que hizo estremecerse toda a M i r i a n- H a y momentos en que rne transformo, en que la razón i l u mina mi pensamiento, en que te veo tan. noble, tan generosa, tan grande como eres, y siento dentro de mí un remordimiento horrible: el remordimiento de mi locura; porque yo estoy loco, M a r í a porque arde en mí un pensamiento terrible, que me hace espantarme de mí mismo; porque tengo siempre delante de mí el funesto campo de África, donde v i hundirse entre el polvo sangriento el reino de Portugal; donde v i caer a centenares, dichosos porque cerraban los ojos a aquella ignominia, valientes caballeros, que, ya desesperados, en. vez de volver con cobarde mano los frenos de sus caballos, se arrojaban, en medio de l o s tigres, marroquíes, buscando una muerte que preferían al cautiverio y a la deshonra, ¡T ú eres el Rey don Sebastián! -gritó la sultana, devorando con una mirada hambrienta, dilar tada, inmensa, lúcida, delirante, la altiva, la majestuosa mirada de Gabriel de Espinosa. ¡C a l l a! -l a dijo Gabriel llevándola al sillón en que Sayda M i r i a n se sentó maquinalmsnte, con J a mirada siempre fija, absorta y enamorada en el semblante de Gabriel- Calla! Si soy el soldarlo G a briel de Espinosa, no quiero avergonzarme ante t i dejándote conocer al impostor miserable; si soy el, ¡Rey don Sebastián, no quiero que tú no puedas du-
 // Cambio Nodo4-Sevilla