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I40 FERNANDEZ Y- GONZÁLEZ EL PASTELERO DE MADRIGAL 337 mos que hacer de veras a ese buen don Rodrigo de Santillana; tratadme lisa y llanamente de vos a vos, que yo os lo mando, y me serviréis cou ello mejor que con las majestades, que ya tendréis ocasión larga de darme, cuando hubieren llegado mejores tiempos. -Sea como vos quisiereis- -dijo fray Miguel de los Sanios- pero me parece imposible que yo pueda echar de mí el respeto en que me ponéis. -Habladme como hablaríais al pastelero Gabriel de Espinosa; v digo esto, no porque aquí, nos escuchen, que ya tendréis buen cuidado de que esto no suceda, sino porque no acostumbréis tanto a darme majestad que la soltéis delante de gente inadvertida y me pongáis por vuestra imprudencia en un gravísimo caso. -M e habláis tan severo y me miráis tan fijo- -respondió fray Migcel- que no sé bien si tengo la desgracia de que os halléis enojado conmigo, que harto me lo temo. -Decidme, fray Miguel- -dijo con acento opaco, firme y dominador Gabriel de Espinosa- ¿sabéis vos si yo soy quien soy? -Y o creo- -dijo fray Miguel de los Santos- y lo creo con mi alma y con mi conciencia, que vos sois el Rey don Sebastián de Portugal. Y al decir estas palabras, fray Miguel se puso de pie, como dominado por un poder superior, -Pues tenéis grandes enemigos, padre- -dijo sin dejar su acento de amenaza Gabriel de Espinosa- pero sentaos, no quiero que alguien entre y os vea en esa actitud temerosa. -E s que ponéis espanto- -dijo el fraile sentándose. ¿Creéis vos- -dijo Gabriel de Espinosa, cuya severa y terrible majestad crecía- -que puede equivocarse un león con un zorro? ¿P o r qué decís eso, señor? -Por una de dos; o tenéis grandes enemigos, padre, o sois más traidor v más infame que Tudas. -Veo la calumnia, señor- -dijo estremeciéndose fray Miguel, no sabemos si de cólera mal contenida o de miedo mal encubierto. -Pues si se os ha calumniado, la calumnia ha salido dis la boca de un Rey, y de un gran Rey, padre, que, como yo, aunque por distinto modo, ha sufrido se vendan pasteles o no; sigue tú haciendo la jornada de siempre, y lo que sobre que as lo coman los mozos, y lo que éstos no pudieren, los perros; pero guarda secreto acerca de si me vienen a mí o no me vienen dineros de ninguna parte, que aquí de todo se sospecha, y querrían meterse en averiguaciones que es preciso evitar por la honra de la madre de la niña, que es muy gran persona. -E n lo que ha hecho muy mal la tal señora es en que venga contigo y con la niña una ama de cría tan hermosa- -observó maliciosamente Gil López. ¿P o r qué dices eso? -dijo Gabriel de Espinosa. -Porque, o hace mucho tiempo que el ama y tú con la niña no estáis a la vista de esa señora, o si hace poco, esa señora ha debido estar ciega, porque no ha visto lo que he visto yo. ¿Y qué has visto tú, malicioso y hablador que eres? -dijo Gabriel de Espinosa. -He visto que María te mira, que te come, y de tal modo, que se l a conoce a la legua que te quiere con las e n t r a ñ a s y lo que es tú, no la miras a ella como mirarías a un gerpil de paja, sino como a una persona que mucho se estima. -No es mía la culpa de que María, por el amor que su señora me tiene, haya caído en la tentación de quererme; porque así son las mujeres; en viendo que una mujer hermosa y muy envidiada ama a un hombre, le toman afición y acaban por quererle tanto o más que la otra. -Pero tú tienes la culpa de lo que a la pobre María le pasa. ¿Y qué le pasa a M a r í a? ¿Qué le ha de pasar, sino que dentro de poco tiempo tendrá que criar otra criatura? ¿S e la conoce a María que está encinta? -dijo poniéndose pálido v con sumo cuidado, Gabriel de Espinosa. -Por más que ella se encoge y disimula, y hace lo que todas las- Mujeres hacen para que no se note lo que quieren ocultar, tengo yo muchos años y he conocido muchas mujeres para que ellas puedan engañarme. -Pues cállate, que no todos ven lo que tú, culeb r ó n y aunque ello importa poco, la pobre María
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