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U n a es vuestro tío- don Antonio, prior de Ocrato, y l a otra fray Miguel de los Santos, fraile agustino portugués, que para serv i r a vuestro tío ha pasado a un convento de su misma Orden de Castilla. Y ¡Y o! ¡Y o traidor a mi Rey! -exclamó Poniéndose pálido como un difunto fray M i g u e l- t r a i d o res infames han engañado al Rey de Francia. -porque yo ni aun puedo atreverme a sospechar que. Su M a jestad haya mentido. -Seguid, seguid oyendo, padre- -dijo Gabriel de Espinosa, cuya severidad y cuya majestad Crecían de momento en momento- Y o pedí a mi) primo el iRey de. Francia me explicase por completo lo que sólo me había indicado; Enrique I V me díjo: Hace algunos años, portugueses que habían ss do hechos cautivos por corsarios tunecinos, os vieron y os reconocieron en Túnez; y rescatados algunos de ellos por los frailes de la Redención de cautivíos, llevaron a Portugal la noticia, que se extendió cómo un r u mor sordo, o que fué dada en secreto por temor a las iras del Rev de España, de que era ralsa vuestra muerte en África, que vivíais, que os habían visto en Túnez, que os habían tocado, que sos habían reconocido. Recordóse que el cadáver qu fe se había sepultado con regia pompa en Setubal estaba desfigurado; tomáronse lenguas secretamente ppr los caballeros más principales (fe Portugal, emprestaban descontentos bajo el dominio del Rey- de España, e i r r i tados con razón al ver a Portugal- unido a la; C o rona de Castilla, convertido en una provincia española, y se obtuvo de una manera discreta de boca de los mismos caballeros españoles que el Rey don Felipe había enviado a África a reclamar el cadáver de su primo hermano el Rey don Sebastián, l a certeza de que cuando e! sultán Ahtmed, que les entregó el cadáver, aquel caaáver estaba también desfigurado, j no podía decirse ni aun con. asomos dé verdad que aquel fuese el. cadáver del Rey don Sebastián. Algún tiempo adelante se presentó en Lisboa un hombre misterioso, que no se sabía adonde iba, ni a qué iba. Aquel hombre- entró una noche obscura, por un postigo, sin ser visto de nadie, en la casa del duque de Coimbra, donde estaban secretamente reunidos los principales señores de Portugal. Aquel nombre sacó de su pecho un retrato, y todos reconocieron en aquel rett ato al Rey don Sebastián. Entonces aquel hombre les d i j o L a Serenísima República de Venecia rae envía a vosotros con este retrato, que es l a copia fiel dé un extranjero que se ha presentado al Supremo Consejo de los Diez llamándose el Rey don Sebastián de Portugal y pidiendo protección a la R e pública de Veniecia. Ahora bien, señores; ¿reconoceréis vosotros en el hombre representado en este retrato, a vuestro Rey don Sebastián? A lo que todos contestaron; S í este es el retrato de nuestro Rey. M i r a d l o bien -repitió el enviado de l a República de Venecia- -y responded teniendo en cuenta vuestro; honor y vuestra conciencia. S í ese es nuestro Rey; lo juramos sobre nuestro honor y sobre nue- tra alma. Pues bien, señores; vuestro Rey vive oculto ¡en Venecia bajo la decidida y leal protección de la- República ¡V i v a nuestro Rey don Sebastián! gritaron todos aquellos señores, entre, la soledad y el silencio del palacio del duque de Coimbra. 1 Gabriel cié espinosa se detuvo un momento, e inclinó la cabeza, abatido. Fray Miguel de los Santos tenía fija la- mirada en el suelo y temblaba. G a briel de Espinosa alzó al fin la cabeza y fijó de nuevo su mirada poderosa y dominadora en el fraile, que, como atraído por aquella mirada, levantó la suya y la fijó, entumecida y cobarde, en la de Gabriel. -Oíd, paclre- -klijo Gabriel con la voz más profunda y más sebera que antes- lo que continuó diciéndome Enrique I V L a noticia de que vos, hermano, np; habíais. muerte) ea- la bataila de los. Xerifes,