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dedica en s u N U M E R O- A L M A N A Q U E que se pondrá a la v e n í a el p r ó x i m o d o m i n g o u n a m o l i o espacio v u n a especial atención a s u sección h a b i t u a l BLANCO Y GENTE MENUDA E n ella vertido la casa vertido encontrarán los p e q u e ñ o s lectores de B L A N C O Y N E G R O c u a n t o p u e d a soñar s u i m a g i n a c i ó n d e d i y de a m e n o cuentos interesantes, h i s t o r i e t a s g r a c i o s í s i m a s i n g e n i o s a s c a r i c a t u r a s ideas prácticas p a r a de m u ñ e c a s y la decoración d e l c u a r t o de j u g u e t e s lecciones de H i s t o r i a N a t u r a l redactadas en u n d i y o r i g i n a l e s t i l o recetas de dulces, canciones i n f a n t i l e s p r o b l e m a s y m i l cosas m á s a cuál m á s atrayente y simpática. que t a n t o i n s t r u y e y deleita a los g r a n d e s se p r e o c u p a t a m b i é n de l o s c h i c o s y h a confeccionado c o n todo cariño y l a m á s e s c r u p u l o s a selección este LANCO Y NEGRO ALMANAQUE DE GENTE MENUDA BLANCO interesante, d i v e r t i d o y l l e n o de v a r i e d a d Wenderá en t o d a E s p a ñ a s u e x t r a o r d i n a r i o N U M E R O- A L M A N A Q U E a l p r e c i o de Y NEGRO DOS P E S E T A S 148 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL PASTELERO DE MADRIGAL el mismo hombre que ha ido a Roma a obtener del Papa, y la ha obtenido, la disolución de vuestro matrimonio con- vuestra esposa, la noble doncella mora que os salvó, y de la que no debéis renegar, primo. -Y o juro in verbo de sacerdote y por la salud de mi alma, que han engañado al Rey de F r a n c i a yo desafío al Rey de Francia y a todos los Reyes del mundo a que os presenten la prueba de esa horrible traición- -exclamó fray Miguel de los Santos descompuesto, trémulo, aterrado. -L o mismo dije yo al Rey de F r a n c i a Pueden haberos engañado, señor; yo he conocido, y tratado desde muy niño a ese religioso, y le he juzgado completamente adicto a mí; pedid la prueba de esa acusación, sire, a fin de que yo sepa cómo debo tratar a ese hombre; porque, leal o traidor, según andan mis negocios, le necesito de todo punto. S e conoce que habéis reinado muy poco tiempo, primo, y que erais muy joven cuando reinasteis; de otro modo, sabríais que las traiciones más terribles son aquellas de que no puede obtenerse una prueba clara; estas traiciones se sorprenden por medio de agentes leales y astutos, y a quienes se paga a peso de oro, y a quienes se honra y se favorece, para que tengan un gran interés en ser traidores a otro, para servir bien a quien les paga; después, quedan la. experiencia, el conocimiento ele los hombres y de las cosas, para saber qué fundamento tienen las revelaciones de los que os sirven; ¿creéis en mi experiencia y en mi sagacidad, de que es una buena muestra la Corona de Francia que ciño, primo de Portugal? Creo, en vuestra gran experiencia y en vuestra gran perspicacia, sire. Pues bien; retened tenazmente en vuestra memoria, y obrad con arreglo a ellos, los consejos que voy a daros, ya que no puedo daros mucho dinero, porque las guerras que tengo sobre mí me tienen muy pobre; entregaos confiadamente a fray Miguel de los Santos, que os será leal, yo os lo aseguro, porque así sirve bien a don Antonio, mientras sólo se trata de conspirar para poneros en el Trono de Portugal; es hombre muy docto, muy experto, de gran talento, muy prudente, muy sagaz, muy bravo, que vale, en fin, mucho; seguid ciegamente sus consejos; pero en cuanto seáis Rey; de Portugal, aborcadie; y si queréis evitar el ruido, convidadle un día a comer, y, que le sirvan un píate limosnera al cinto, y sobre el traje un capotillo de terciopelo gris con mangas anchas. ¿Y qué más, qué más llevaba aquel joven? -preguntó con doble ansiedad fray Miguel de los Santos. -U n a estocada larga y poco profunda, pero de la que salía mucha sangre, en el hombro derecho. ¿Quién, quién era aquel joven, cómo se llamaba? -dijo, en él colmo de su turbación, fray Miguel de los Santos. -A q u e l joven era el infante don Sebastián, hijo del príncipe don Juan de Portugal, que rondando encubierto a doña Beatriz de Aponte había reñido con un hidalgo, ¡e había muerto, recibiendo en la riña una estocada, y perseguido por la justicia como homicida había ido a refugiarse al convento, de los agustinos y a tu celda, fray M i g u e l Dios y tú y el Rey don Sebastián son los únicos que saben este suceso; he aquí mi hombro derecho, fray Miguel. Y Gabriel de Espinosa se abrió el justillo y la camisa de Holanda que debajo llevaba, y dejó ver en su hombro derecho, que era blanquísimo, una larga cicatriz. Además, sobre el pecho de Gabriel, que éste había descubierto completamente, se veían tres cicatrices de bala y dos de arma blanca, una de ellas profunda y larga, sobre el costado izquierdo. ¿M e conoces ahora? -dijo Gabriel de Espinosa. ¡O h! ¡Sí! -exclamó fray Miguel, completamente dominado- Vuestra Majestad es el Rey don Sebastián. Gabriel se cubrió el pecho y dijo a fray Miguel de los Santos: ¿Estás tú seguro de que yo soy el Rey don Sebastián? -S í sí, señor- -dijo fray Miguel con vehemenc i a- lo juraría por la salvación de mi alma. -Y te expondrías a perderla, insensato. -V u e s t r a Majestad me ha revelado un secreto que sólo podía revelarme el Rey don Sebastián, porque yo a nadie lo he dicho; y el Rey don Sebastián, entonces infante, fué curado por mí, sacado secretamente del convento y acompañado a palacio. ¿Y no pudo haber un testigo oculto de lo que aquella noche hizo el infante don Sebastián? ¿N o pudieron decir sus camareros el traje que vestía? ¿N o pudo saberse que tuyo una herida en un hombro? ¿N o 1 á
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