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Próxima convocatoria. Para el programa oficial, contestaciones completas y preparación en las clases o por correspondencia, el INSTITUTO REUS PRECIADOS, 23, MADRID. Regalamos programa y prospecto. Tenemos internado. Éxitos: En las de Correos (año 1927) ingresaron todos nuestros alumnos; en las de Telégrafos obtuvimos las plazas núms. 3, 11, 22, 54, 90, 97, 101, 102, 109, 111 y 159. y en Radio obtuvimos dos veces el número 1 y 19 plazas, cuyos nombres y apellidos figuran en el prospecto que regalamos. IlIMEHO ALMANAQUE FERNANDEZ Y GONZÁLEZ E L P A S T E L E R O DE! M A D R I G A L -Tengo miedo- -decía doña A n a- es necesario estar ciegos para no conocer al verle la gran persona que es. ¿T e acuerdas, Luisa, con qué majestad hablaba esta mañana con el alcalde, y con cuánta altivez, en medio de su gran mesura? -S í sí, señora, me acuerdo bien, aunque no veía claro por el gran susto que tenía, porque lo que había pasado no era para menos; yo creí que había llegado el fin del mundo. -Pues yo bien v i aunque no estaba menos asustada que tú, hermana- -dijo María Nieto- que aquel señor era muy gentilhombre, y que, a pesar de no ser mozo, tenía muy buen semblante y muy buena apostura. -Dios me le saque con bien y que yo le vea donde deseo; que entonces, queridas mías, no viviremos en un convento ni estaremos sepultadas en una m i serable villa. -Nosotras, seño; a- -dijo tristemente María- habremos de quedamos aquí, tristes y desesperadas; porque, aunque el Papa anule vuestros votos, por las graves razones que Su Santidad tiene para ello, nQ- -anulará nuestros votos, y nos quedaremos lloran clo vuestra ausencia entre las tristes paredes de este convento. -Cuando yo sea Reina de Portugal, el Papa Clemente V I I I no me negará lo que yo le pida, y viviréis a mi lado, en mi cámara, como vivís ahora. ¡A h señora, y cuan buena sois! -Pero es necesario que seáis muy prudentes para que guardéis en vuestro pecho como en una tumba el secreto que os he confiado; porque en ello va m á s de lo que parece, y si sucediera una desgracia, esa desgracia os alcanzaría también a vosotras. F i g u raos lo hermoso que será para vosotras, a quienes vuestros padres han sacrificado, vivir en el mundo, gozar de las fiestas y de los saraos de una corte espléndida, escuchar a lo lejos a la media noche la campana de algún convento frac toca a maitines, sin que tengáis que abandonar el lecho o las fiestas para acudir al coro; no oír nunca las severas palabras de una abadesa fea y vieja, sino la amistosa conversación de una Reina joven; recordar como un sueño el convento y tener el corazón abierto a la luz y a la vida. -L a señora doña A n a de Austria está impaciente por hablar con Vuestra Majestad. -Déjate ya de majestades, y hasta que yo sea verdadero Rey guárdate de darme ese tratamiento, y procura estar a mi lado sin esa turbación que te domina siempre que me ves, y que pudiera dar que sospechar a las gentes. ¿Cuándo podemos ir a ver a esa señora? -E n el momento en que vos queráis; y nunca será pronto para doña A n a de Austria, porque está impaciente por trataros. -Pues como yo también lo estoy por hablar con ella, vamos cuanto antes, fray Miguel. Gabriel de Espinosa se levantó, se puso el manto, y ambos salieron de la celda y poco después del convento, dirigiéndose al de Nuestra Señora de Gracia la Real, que no estaba lejos. CAPITULO VI, E N una sala extensa, que por su riqueza y por su lujo podía llamarse cámara, cuyos balcones, entornados a causa del calor y cubiertos a más con cortina, apenas dejaban paso a una media luz, sentada en un ancho canapé, con un breviario abierto y abandonado en el canapé, junto a ella, había una dama a quien ya conocemos. E r a doña A n a de Austria. Fuera porque allí no ¡a veía nadie, fuera porque se creía autorizada para hacerlo, doña A n a de A u s tria nada tenía sobre sí en su traje que revelase era monja, ni del mismo modo tenían nada de conventual las dos hermanas doña Luisa de Grado y doña María Nieto. Consistía esto en que doña A n a de Austria esperaba de un momento a otro al pastelero de Madrigal y a fray Miguel de los Santos, Doña A n a de Austria y sus dos damas, más hii que sus dos monjas, estaban ocupadas en una conversación que debía ser muy grata para doña porque hablaba sobrexcitada y con sumo calor, y (por la conversación se comprendía que las dos jóvenes conocían completamente los secretos de su señfira. n na
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