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baladronadas y fanfarronerías con el c. r libris liberador de Leipzig; y VV aterloo... Y mas lejos, después del riiorncllo de todas sus Memorias: Cada francés valía por cinco enemigos; las pérdidas de los rusos fueron enormes; las nuestras. insifi- nific o. u f. es; el campo de batalla quedó por Francia, añade: El E m p e r a dor comprendió tan bien su error, que se apresuró a llamar a la orilla derecha aquella paite de su ejército... i juego de azar y de suerte, en. que las mismas equivocaciones llevan al hombre afortunado por los caminos, de la gloria! Pero Napoleón no tomó ejemplo de prudencia en aquella luminosa vida del hombre cuya tumba v i s i t ó como nosotros, una mañana de noviembre, fría y triste... E n el centro de la c i u d a d como en el centro de casi todas las ciudades austríacas, se alza el obelisco rocoso, -elevado a 1 a Santísima Trinidad por el Emperador Carlos V I- -e mismo que quiso llamarse Carlos II de España- -en acción de gracias por el fin de la peste. Viena lo tiene en E l Graben; a q u í está en la plaza que hoy se llama del Doce de Noviembre y hasta hace pocos a ñ o s llevó el nombre del Emperador José II. No se distinguieron los revolucionarios austríacos por su furia iconoclasta. La capital y las ciudades de provincia conservan en sus calles los nombres de Emperadores y archiduques; y entre un laberinto de arcadas en boj, o ai margen de una a i be re a, donde se mira un cauce, se alzan las figuras en bronces y mármoles de los antiguos señores de Alemania... Pero a este pobre José II no le han creído suficientemente ilustre para conservar su nombre en las calles de Linz... Y él amó a L i n z como amó todas las ciudades de su ImpePLAZA D E L D O C F DE N O V I E M B R E C O N E L OBELISCO E L E V A D O A LA SANTÍSIMA T R I N I D A D RX A C C I Ó N D K G R A C I A S POR E L F I N D E LA PESTE