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gedia griega como deidad animadora de la tramoya escénica- -escribió con fuego y sangre la página cruenta y bárbara de la destrucción del coliseo popular por antonomasia. Los que presenciamos en tales lugares toda la fuerza emocional de aquélla noche terrible, no olvidaremos jamás las escenas del drama. Los aue vayan viniendo detrás y sólo alcancen a escuchar nuestro relato sentirán también como nosotros- -con la sola diferencia de la intensidad- -un escalofrío de terror cada vez que cruzando la anchurosa plaza vean desaparecer por el fondo de sus callejas unas mujerucas enlutadas, cómo envueltas en el crespón funerario que cubrió acuella barriada en el breve transcurso de unas horas. Drama inolvidable, que tuvo todo el aparato de una obra de gran espectáculo: portentoso efecto escenográfico el de las llamas, lengua de fuego de la inmensa hoguera alimentada con combustible humano, elevándose amenazadora por detrás de las casuchas míseras de la calle de Santa A n a música impresionante, que aún nos parece oír con fuerza evocadora, la de la campana metálica de las ambulancias sanitarias, cruzando sin cesar las vías próximas en un interminable cortejo macabro; bisbiseo misterioso, que tenía algo de confidencia y mucho de oración, el de la gente -coro general- -que llenaba aquellos lugares, conversando atemorizada en voz baja, con un rictus de dolor en el semblante y ¡E L POBRECILLO! SUS PADRES MURIERON E N E L FUEGO D E NOVEDADES DICEN ACASO LAS BUENAS COMADRES A L CONTEMPLAR A UNO D E ESTOS CHICUELOS una dolorosa irsconscaemcia en ejl aJma; drama inolvidable, en verdad. E l vivirá de por siempre en el ambiente de la Cabecera del Rastro; flotará como una voluta de humo inaprehensible sobre los tejados de sus casas; se concretará en el paso de un chiquillo huérfano, al que señalarán las buenas comadres de la barriada diciendo: ¡E l pobrecillo! Sus padres murieron en el fuego de Novedades Será, por los siglos de los siglos, la página triste de ese lugar tan alegre, en el que- -como en los escenarios de la farsa- -puede coexistir un drama con un sainete. ¡Cómo tardan en cuajar los días de invierno en la Cabecera del Rastro! Amanece en ella con una lentitud incomparable al amanecer del resto de la ciudad. Va se ha bañado en una claridad lechosa la lejanía campestre cuando aún brillan con rojos fulgores las ascuas encendidas de la estufa de los golfos, que, al pie de la estatua del héroe de Cascorro custodian unos guardias somnolientos. Y éste es- -no otro- -el instante propicio para descubrir el sainete de la Cabecera del Rastro. Junto a la puerta entornada de un bar (cuchillo de luz, que hace más brillante el rasgueo de una guitarra y el modular de una copla flamenca) se agrupan unas sombras imprecisas. Se adivina apenas la apostura gitana de sus siluetas en los tufos que sombrean sus orejas, en las entalladas pellizas, los amplios paveros y el macuto que pende de sus antebrazos. -Y o te digo que la Lucera no es jaca que se pueda dar en ese dinero. -Hase cuenta, chacho, de que no habemo dicho no. -No te pongas asina, Rafaé Heredia, que parientes sernos, y antesque er negosio está la amista, y mucho más antes la parentela. De una buñolería próxima sale bien embozada en su mantón una moza garrida, a la que custodian dos hombretones fornidos, caladas hasta los ojos las gorras de visera, y hundidas las manos en los bolsillos del abrigo. -Pues sí que has perdido la noche- -reprocha uno de ellos. ¡Cuando yo te digo que estas madrugadas de invierno son pa pasarlas al amor L A PLATEA A RETAGUARDIA, E N E L EMBUDO D E LA C A L L E D E LOS ESTUDIOS