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Películas comprimidas. EL REY D E L VOLANTE El rey del volante -interpretado por Pedro Fernández Cuenca- -vive ante el objetivo una jornada pintoresca. El lavado del coche es la primera coquetería profesional del chófer, consciente de lo que Zas apariencias importan en el ánimo del público. Ya en el punto, el cliófer distrae, en charla con sus compañeros, la inquietud diariamente re novada d- e saber quién serrá el primer parroquiano que, en teoría supersticiosa, le d- ará la pauta de la jornada, en relación directa con la mayor simpatía de aquél. Breve, el acento, imperativo el ademán, este señor de rictus angustioso da la dirección de un médico afamado, y con voz enérgica dispara; ¡A escape 1 Mientras se abandona en los divanes muelles y confortables. Este guardia de la porra que detiene la carera del chófer, co mo antes lo hicieron dies colegas suyos, irrita al parroquiano, que, sin dar propina, -abandona, el auto y gruñe: ¡Diez parones... Xi que dirigiera la circulación YUlalta l E lina pareja- -interpretación de Carmen Pradillo y Francisco Ramos de Castro, el afortunado autor de ingeniosas farsas- -alquila ahora el taxi pero ni Jo espléndido de la presunta propina desdibuja el gesto receloso del rey del volante L rey del volante gentil interpretación de Carmen Pradillo y los Sres. Fernández Cuenca y Ramos de Castro, abre hoy baza en el tute de monarcas conocidos que han de desfilar por esta sección. L a cédula de popularidad del chófer de t a x i data de la postguerra, y su antecedente más inmediato hay que buscarle en los cocheros de punto. E n la incorporación de M a d r i d a las metrópolis europeas, el chófer juega u n papel importante; pero precisamente por eso significa otra pérdida para el casticismo, para ese casticismo absurdamente enrolado a las medias de lana, a los peinados femeninos arquitectónicos, con su buen adobo de bandolina, y a los bailes de la B o m b i E l verdadero castizo- torrijas y peleón, y ¡al caballo, l o que pida! -prefería el s i m ó n de antaño al t a x i actual, y dictaba órdenes más gustoso al cochero socarrón y cachazudo que a l chófer diligente y europeo. ¡A h el casticismo... GEKARDO R I B A S (Fotos Alfonso. Fl espejo que rcconiendó a los novejistas, lo llevan los chóferes sobre el parabrisas como centinela permanente, i Originó esta discusión un indiscreto alerta! del centinela? También ahora la propina se escamoteó en la violencia del momento. i Quién atropello a quién f He aquí la pavorosa incógnita que se ha de resolver en una montaña de papel de oficio. El chófer asegurará que su auto ha- sido vícti ina de la violencia de un peatón, aunque lo gráficamente innegable es que éste llevó la peor parte. f A las pttertas del Juzgado de guardia, después de una paradaen la Casa de Socorro, llega el auto con el baquet decorado por la presencia de un guardia abrumador en sn anticipo de justicia reivindicadora de los derechos del transeúnte modesto. 1 ha alegría del chófer, puesto en libertad después de prestar declaración, se amengua al advertir que, en su aforamiento, olvidó levantar la bandera, y ahora el taxímetro marca ¡4 S, 70! que habrá üe abonar al patrono. ¡Dolorosos gajes del oficio! Antes de rendir cuentas al pa- trono, el rey del volante cuenta en- la calle, con visible y justificado desconsuelo, la exigua recaudación, entre la que figura el sarcasmo de un duro de plomo grotesco colofón de una jornada aciaga.
 // Cambio Nodo4-Sevilla