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A B C. D O M I N G O 5 DE ENERO D E 1930. E D I C I Ó N D E A N D A L U C Í A P A G 2. S. como si todos los sentimientos humanos alcanzasen en Sevilla el privilegio de transformarse en rosas, en geranios o en claveles; entre estas casas, la de la Caridad, hecha también flor en los rosales inmarcesibles plantados por Miguel de Manara... Y dominando el sugestivo conjunto, el trazo sublime de la Giralda, que nació mora y se inmortalizó cristiana, poniendo en el. luminoso espacio azul el anhelo ferviente, por alcanzar el cielo, de un pueblo acampado en la llanura, porque el destino le mandó detenerse a la vera de un río y no a la de una montaña. Todas aquellas glorias sevillanas que R a venez tenía delante de su espíritu, tocado de la dulce locura que llenó a la humanidad civilizada del amor a Sevilla, era n i más n i menos que barro de la vega trianera. B a rro hecho arte en los ladrillos y en los azulejos por la gente de Triana, ungida con la gracia de las alfareras mártires, las Santas Patronas Justa y Rufina, que por darse en sacrificio a la ferocidad pagana alcanzaron el premio celestial para ellas y para su barrio, de conservar eternamente un reflejo de la Omnipotencia creadora para hacer con barro la belleza de la ciudad, del mismo modo que el Supremo Creador hiciera, la del mundo. bien para l a mentalidad metalizada de doña Vinagre y para el cristobita de su hijo, pero no para una conciencia recta y cristiana. Y se prometió a sí mismo estar al cuidado de aquel tejemaneje por el deber moral que tenía de proteger a las h i jas de su bienechor. Durante el silencio de las reflexiones de José Antonio, mirábale Esperanza con tierna curiosidad y pensaba: E s todo un hombre cabal, trabajador, honrado, bueno, desde la cabeza a los pies, fiel como nadie... E s como un hermanito nuestro que Dios ha querido conservar a nuestro lado, para nuestro consuelo y protección. Bendito sea Dios que no aos abandona. -Y hablando de otra cosa, señorita Peránsa... ¿Sabe usté una cosa? M e he encontrao a Rávenez, er suiso... ¡R a v e n e z! ¿Pero está en Sevilla? ¡E n Sevilla! ¡Y quiere vení. por aquí! M e lo encontré esta tarde en ér Barrio de Santa Crú, -P e r o ¿es posible? -M i s ojos lo han visto. Y he hablao con él. Yegó- hase do d i a y tan pronto como yegó se fué ar Patio dé Bandera, en busca de ustede. No. sabía ná de la desgrasia. Estaba mu extrañao, sí, de que no le contestase don Fernando. Se sorprendió de que otra gente, unos arquitertos americanos de la Exposisiórv vivan la casa. Preguntó er nuevo domisilio de ustede y nadie supo darle rásón. M e dijo que había sufrido mucho. Y se alegró de verme, pero se mustió luego cuando yo le Conté too lo que susedía. ¡E s buen hombre! Viene a Seviya con su tarea de montar la fábrica de metale y tiene muchas esperansa de ponerla. M e dijo, dise: S i no está vivo don Fernando pa que me ayude como me prometió, ya se arreglará todo. Y ese pone la fábrica má pronto que se presina un cura loco. Como tre y do son sinco; porque e hombre pa eso... M e preguntó con mucho interé por ustede, por la señorita María Jesú. Y por la caye y por el número de la casa. Y o le dije lo que pasaba con la señorita y se entristesió mucho y me preguntó que si podía vení sin sé indiscreto n i inoportuno. Y o le dije que sí, ¡qué le iba a desí a un cabayero como é l! Y vendrá, vendrá enseguía... -Preferiría que no viniese- -expresó E s peranza con voz r o n c a -P a qué quié vení. Ño somos ya las mismas; aquí no hay más que penas y quebrantos. Somos muy pobresitas. Y luego, que yo sé lo que hay en er corasen de m i hermana con ese hombre. Y una impresión fuerte, si ella se dá cuenta... H a s hecho mal en desirle na, José Antonio... -Y o señorita... Con la mejó intensión- -balbució el mozo desconcertado. -Y a lo sé; porque en h no cabe el deseo de haser daño. Pero anda vé, José A n tonio, corre y busca a don Julio y procura convenserlo de que no nos visite. D i le que estamo en la miseria, que no se nos encuentra, que no somos las mismas, y... que perdone... que perdone. Esperanza prorrumpió en un desconsolado llanto, fuente franca y abundante p o r l a que se desahogó un violento ataque nervioso. Con l a cara sobre las manos y sollozando, quedaba Esperanza junto a José A n tonio en la silla inmediata a la que éste ocupaba en el comedor; muy cerca, muy cerca uno del otro. E l corazón del muchacho latía con un penoso, ritmo de congoja. -P e r o señorita Peransa... N o sea ust é así T o o lo ve usté por er lao negro... Y o sé, y usté me perdone, que mal hay en que venga a esta casa el señó Ravenez. E s uri migo de su papá, de don Fernando, que e n g l o r i a esté; es un buen amigo de ustede... ¿Cómo se le pué serrá la puerta a un homtáe así? Que esto no está como estaba, pos ya vorverá a está, porque detrá de la tormenta viene la serenidá... Ahora, señorita Peransa, si usté ere que yo he he- cho mal con desirle que venga- -y yo creo que he metió la pata porque se lo he dicho sin consurtá ante con usté... -entonse usté me pone un castigo, er que sea, que yo lo cumplo pa que luego. me perdone usté... Ande usté, Peransita, no sea usté así, ¿me perdona usté? -concluyó con ternura infinita. ¿Y quien te ha mandao a tí- -dijo E s peranza, levantando la cabeza; -quién- te ha mandao que me habjes de usté... E r castigo que te mando es que en toda tu v i da, óyelo bien, en toda tu vida, me digas más de usté. M e tratas de tú, como siempre, como cuando éramos chiquiyos m i hermana, tú y yo y jugábamos juntos en el huerto de Los Grajaliyo. ¿T e enteras? Y ahora vé a buscar a Ravenez y lé dise que venga cuando quiera, que aquí están, como están, como las sircunstansias quieren que estén. las hijas de don Fernando Aguilar. M u y pobresitas, pero las de siempre. José Antonio salió a la calle de un brinco. Se había añadido a su fuerza física la fuerza expansiva de una nueva carga espirituá, l de ilusiones... Mucho le importaba estar de vuelta en el campo aquella noche, pero le importaba infinitamente más obedecer la orden recibida de su amita y cumplirla enseguida, para darle este gusto a la que era también ama de su corazón, aun- que tuviese necesidad de buscar al suizo escarbando bajo la tierra. L a vehemencia había impulsado a Rave- v nez hacia Triana, con un deseo generoso de ver las huérfanas y de interesarse por la salud de la menor de las hijas de don F e r nando, P e r o a l trasponer el. Puente de Isabel T I le, cohibió el temor de. ser importuno al presentarse en la casa. Conocía el recato íntimo de las costumbres familiares andaluzas y no tenía derecho a, infringirlo, n i tampoco a promover ocasión para que las gentes no enteradas hiciesen comentarios desfavorables para las muchachas, puesto que no hay hase más propicia para la calumnia vulgar que la adversidad de la suerte. Estos pensamientos delicados le hicieron detenerse al llegar al Altozano. S u estado de ánimo encontró alivio al posar la atención en el panorama de Sevilla, reflejada en las aguas del Guadalquivir, suavemente r i zadas por la brisa del atardecer. Allá, en el primer término de la orilla opuesta, aparecía el ¡robusto decaedro de la T o r r e del Oro, coronado con un gracioso templetillo de cúpula de azulejos dorados, en los que se quebraban los últimos rayos solares del día; detrás, la enorme mole barroca del Palacio de San Telmo, antigua Escuela de Mareantes, en la que Bécquér, el último poeta sevillano, adquiriera en la infancia la idea de surcar con remos y ritmos poéticos por el azul de las aguas y de los cielos; más acá, la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería, lugar prestigioso donde la brava fiesta española hace hervir el entusiasmo para producir la sutil nube vaporosa de las leyendas, ungidas de gallardía trágica, trazadas en el espacio con clamores del pueblo, mugidos de toro, elegancias de lidiador y sonrisas de mujer; rodeándolo todo, el blanco montón cúbico de las casas con todos los íntimos misterios del amor y el dolor, del pesimismo y l a esperanza, de l a vida y la muerte, florecidos en la policromía de las flores desbordadas de los balcones y de los pretiles de las azoteas, LOS REYES M A G O S D E S F I L A R A N POR SEVILLA EN BRILLANTE CABALGATA Organizada por el Ateneo de Sevilla saldrá hoy, domingo 5 del corriente, a las seis de la tarde, de la Plaza de Toros de la Real Maestranza, la cabalgata, para visitar a los acogidos en el A s i l o de Mendicidad de San Fernando y en el Hospicio Provincial, enviando una delegación a la Casa Cuna y los regalos correspondientes a los niños enfermos del Hospital Central. E l recorrido de la cabalgata sera el s i guiente: Adriano, A r f e García de Vinuesa, Cánovas del Castillo, plaza de San Fernando, Tetuán, Velázquez, O Donnell, Campana, Martín V i l l a plaza de Villasís, Laraña, plaza de la Encarnación (a la izquierda) Imagen, plaza de San Pedro, plaza de A r guelles, Almirante Apodáca, Alhóndiga, plaza de San Leandro, Cardenal Cervantes, Santiago, plaza de Ponce de León, Santa Catalina, plaza de los Terceros, Bustos T a vera, plaza de San Marcos, San L u i s A r c o de la Macarena, Resolana, Feria, Cruz Verde, Doctor Letamendi, Europa, Alameda de Hércules, Trajano, plaza del Duque de la Victoria, Campana, O Donnell, plaza del Pacífico, Murillo, San Pablo Reyes C a tólicos, Pastor y Landero, Adriano y P l a za de Toros. E l orden de la cabalgata será el s i guiente: Batidores moros, con espingardas; banda de trompetas de Caballería, grupo de n i gromantes, estrella de Oriente, jefe de grupo y séquito del rey Melchor. Rey Melchor: Correo de órdenes, sigue el séquito, burros con angarillas y juguetes carretas con juguetes; banda de música militar, jefe de grupo y séquito. Rey Gaspar: Correo de órdenes, sigue el séquito, burros cori angarillas y juguetes; carretas con juguetes; banda de música militar, jefe de grupo y séquito. Rey Baltasar: Correo de órdenes, séquito, burros con angarillas y juguetes; carretas, con juguetes; banda de trompetas y tambores de la Cruz R o j a y Banda Municipal. Los individuos del séquito que van a caballo llevan banderas, estandartes o faroles; y otros, a pie, llevan estandartes y. grandes faroles de formas variadas. L o s que pudiendo no contribuyen a la Fiesta de Reyes Magos, ¡con qué remordimiento presenciarán el mágico desfile de la brillante cabalgata que para acompañarles organiza el Ateneo
 // Cambio Nodo4-Sevilla