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MADRID- SEVILLA 8 D E ENERO 1930. SUELTO KKUACeiON DIARIO DO. N. OE SAN SEBASTIAN CERCANA A TETUAN, SEVILLA w ILUSTRA- DE AÑOV 1 GE 8.435 Vt OLIVE. NUMERO 10 C T S PRADO S 1 MOSEXTO SUSCRIPCIONES Y ANUNCIOS: MUÑOZ ESPAÑA Velocidad E l tren no espera; corramos. Portazo en el automóvil y carrera hasta la taquilla. Y a el billete en la mano, adentro al andén. Falta un segundo para L ue la novela de losé Díaz Fernández se ponga en marcha; la novela, titulada La enus mecánica, es el t r u i que vamos a tomar. Vertiginoso y escueto de líneas. Hierro y cristal. U n tren eléctrico; coches amplios; ventanas apaisadas piso duro, que parece de portland; ancho pasadizo en el centro; puertas recias que se cierran con un sordo ruido. Y a ha sonado en el andén la señal de la marcha; apenas el poderoso motor ha lanzado a su vez un pitido breve, seco, se pone en marcha él tren; La Vemts mecánica. no vamos a tener tiempo de reflexionar; la rapidex del estilo no nos deja tiempo para volver la vista atrás. E n marcha a cien kilómetros por hora. Un maletín y un abrigo de cuer o no llevamos m á s para el viaje. Paisajes que pasan vertiginosos delante de los gruesos v apaisados vidries de las ventanas. una pensión en la Gran Vía, una Agencia periodística, un corredor en una sórdida casa de huéspedes; bares, en torno a los cuales giran muchachitas modernas; un cabaret, otro cabaret, un piso elegante en la calle de Lucharía. Y mujeres, pintorescas mujeres; una serie inacabable de mujeres que nos detienen un momento con sus alegrías, sus infortunios, sus cuitas, sus tragedias ignoradas. tren marcha a una velocidad terrible; tanta es la rapidez, que el ancho coche? e bambolea pavorosamente. ¿Dónde están va estas mujeres que pasaban y repasaban? ¿Dónde están Obdulia. E l v i r a Patrocinio. Aurora, Edith, Lucila, Asunción? Tanta es la rapidez del estilo de Díaz F e r n á n d e z es decir, del tren eléctrico en que vamos, que. apenas hemos visto a estas simpáticas mu i fres un instante, va han desaparecido. Pasillo angosto y sombrío de una casa de huéspedes: en la calle de Tudescos, o en la del Barco, o en la de Andrés Borrego: en el fondo de una aleobita penumbrosa, una mujer que agoniza; era- -ya casi podemos decir era- era bonita, simpática. Pero de repente, la visión de un cabaret; el eterno cabaret, con sus danzas, con su música de algarabía. E l tren corre vertiginoso; de vez en vez. como la marcha es tan rápida, como el coche se bambolea, nos damos un encontronazo o chocamos en un saliente E l autor hace una reflexión de carácter satírico, safeástico, v ese es el enco- tronazo que nos damos. O bien, acá v allá, un arañazo a las nuevas tendencias estéticas, y eso sí que, de veras, nos hace daño. Pero, en fin, el convoy no cesa de correr. Apenas el autor ha esbozado un cuadro, qut ya lo ha dejado en suspenso. Y ahora núes tra imaginación, ante este procedimienri; moderno de la indicación sumaria, de ta sugestión, sin insistir, sin apoyar; ahora sí que nuestra imaginación quisiera detenerse un momento, ver el fina! cíe esta escena, acabar de contemplar éste aspecto de la vida que el autor nos ofrece; pero e tren no puede aminorar su marcha. Adelante siempre. U n párrafo lírico, en. que parece que Díaz Fernández v a a detenerse, a reposar un poco; pero ¡a escapada lírica terínina de pronto. cuando, más gustosa era, y ya nuestra mirada está contemplando otro paisaje. Obdulia, Elvira, Patrocinio, Lucila, Asunción, Aurora, Edith, todas estas mujeres pasan, giran, tornan a pasar. Nos encantan un instante y se esfuman. Y al final, trágica, llorosa, sólo queda en la llanada por donde corre el tren Obdulia. ¿Y la Venus mecánica? ¿Dónde está esa Venus prometida por el autor? Como la marcha del convoy es tan vertiginosa, Díaz Fernández- -que se proponía una cosa al principio- -ha hecho otra. No lo lamentemos; Obdulia no es una Venus mecánica; esta mujer sensitiva y buena acaba siendo una mística. Entregada, Obdulia, al misticismo revolucionario. Su hondo sentimiento maternal la ha lanzado por esa vía. Y ahí está, mirando con sus ojos anchos el dolor humano: extática, aterradora, imponente. E l tren sigue corriendo: el estilo rápido, pintoresco, de Díaz Fernández va pasando vertiginoso de una en otra página. A trechos, un diálogo; diálogo natural, ingenioso, de una sencillez y autenticidac encantadoras. Repentinamente, la estación de término; hemos llegado: no queda más prosa. Y con el libro en la mano, permanecemos un momento absortos. AZORIN historia de España, que las carabelas osa das escribieron en el agua, y las espadas en el aire, y las plumas en los pergaminos, y dejó en los tapices la paciencia delirante con un delirio del revés, hecho de quietud y de constancia, de los artistas tejedores- S i ayer, en el recinto del Pueblo Español, queríamos la blanca piedra conmemorativa, albo lapillo notare diem con una inscripción en que cantaran el hosanna de la raza los versos de Rubén Darío en la Oda A r gentina, hoy recordamos otros versos del mismo poeta, en la misma composición: ...duros pechos, barbadas testas y fina espada de Toledo; capellán, soldado sin miedo, don Pedro, don Ñuño, don G i l crucifijo, cogulla, estola, marinero, alcalde, alguacil, tricornio, casaca y pistola y la vieja vida española. Todo está a q u í entero el espíritu histórico, lo que llevamos, a nuestra A m é n c a la Cruz de Cristo y el. pendón de España, E l ánimo se encoge un punto en el ambiente severo- -pese al barroquismo de la aglomeración de objetos- v tiembla bajo el aire guerrero, religioso, místico e inquisitorial es la España de los artífices, de os imagineros y de los pintores; pero es a E s paña de los aventureros, de los navegantes, de los Pizarro y de Cortés, de los inquisidores, dt los Felipes, del duque de A l b a y de Ignacio de Loyola. Y la España de ioí (Comuneros también. Nuestra predilección artística se detiene- ua momento contemplando las maravillas de arte? románico, que más 110 pudieron juntarse en Europa; los tapices góticos de Zamora, ios mejores del mundo; los llamados de Las Naves, de Zaragoza; el cuadro, de Ribera, La adoración de lo Reyes Magos, y un San Sebastián, del Greca, y- el portapaz de Benvenuto Cellini, -traído de la Catedral de V a lencia. Luego, en un deseo de arte pagano, peca nuestra imaginación, ante las esculturas grecorromanas de un fauno, de una V e nus mutilada, dé un torso viril, y de las leonas de Ninfas y Sátiros, esculpidas ea alto relieve en frisos, capiteles y brocales, y al fin, seguimos otra vez un camino de san tidad por entre una senda de vitrinas, ua innúmero cortejo de casullas y sobrepellices, inmóviles y graves, como doctores en concilio, en sus camarines de cristal. Los ojos so distraen al paso con los colorines de los dioramas que aquietan y perpetúan momentos históricos. Son figuras de colores; pero na podemos pensar en nuestras tallas policromadas, ni en Berruguete, ni en Salzillo. n i en Montañés; ni s- quiera en las figuras de cera del Museo de Londres- son muñecos de feria. monigotes de falla valenciana; aquel museo Granero, que paseó por los pueblos de España una. evocación de la tragedia taurómaca. Parecen hechas para consuelo de gentes de mal gusto, con el criterio de Lope, cuando afirmó que el vulgo es necio, y, pues lo paga, es Justo hablarle en necio para darle gusto, y hacen pensar en la escenografía pueril de un pobre teatro que no quiere modernizarse Y a estamos en las salas de ios pintores co. lfeBBpwráneof: paisajes literarios de Rsr JÉ ¡K ¿J í una síntesis hist H HHÍBL- iñola, EN LA EXPOSICIÓN DE BARCELONA Fuera y dentro del Palacio Nacional Si en la afirmación hispana de la Exposición Internacional de Barcelona el recinto del Pueblo Español, donde el sueño sintético de la ficción de arte evoca a, maravilla la real- dad dispersa, y la sintetiza en armoniosos enlaces- -la torre de Utebo y las gra das de Santiago de Compostela, la luna candida de los encalados muros andaluces, conduciéndonos por la calleja sinuosa hasta las piedras doradas de Castilla- si todo aquel hacinamiento construido es la forma. a línea y la fisonomía de España, el Palacio Nacional, a! aire en reminiscencia externa la bóveda de E l Escorial y las torres de la Pilanca- -templo y panteón, archivo v museo- -es toda el alma, todo el espíritu de España, y España entera, en el corazón de Barcelona, se asoma así a Europa por el balcón azul del mar. i Cómo escribir una crónica de este palacio, donde todos los tesoros artísticos que conserva la nación, desde antes de Tesucristo hasta nuestros días, v todas sus reliquias históricas se juntan, si han hecho falta 700 náginas de catálogo para enumerarlas tan sólo? Allí el arte de todos los tiempos v en todas sus manifestaciones- allí torsos de estatuas griegas, capiteles corintir- lápidas- omanas dípticos consulares, ladrillos con inscripciones, frisos, brocales, aras, relieves, mosaicos, tableros v urnas cinerarias: allí incunables v pergaminos, códices v cartas, títulos y expedientes, decretos y memoriales, encíclicas v ejecutorias; allí armaduras, cascos, arneses. mandobles, espadas, anzas. escudos, arquetas v relicarios: a l l capas, tiaras, cruces alzadas, casullas, dalmáticas, paños de atril, collarines roquetas. E l cronista pasea su curiosid- I asombrada sin saber qué decir, pensan 3 en la fece