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Hortaleza, 17, pral. izqda. 10 a 1 y 3 a 7. 164 FERNANDEZ Y, G O N Z Á L E Z EL PASTELERO D EMADRIGAL 161 aquella voz severa que resonaba dentro de su conciencia, se apresuró a decir, con un doloroso afán: -Perdonadme, señora, si no prosigo, porque el hablar de esto me martiriza; pero oídme: Vuestra boda no debe efectuarse, porque así lo aconsejan dos graves razones; bueno será que pase tiempo y que vos veáis que nada que temer tenéis de mis cosas; esto por una parte; por la otra, yo no puedo ser vuestro esposo sino cuando sea digno de serlo a ¡a faz del mundo entero y puesto sobre m i Trono. De otro modo, vuestro casamiento conmigo sería para vos una desgracia y una deshonra. ¿Cómo puede ser que el teneros por esposo traiga sobre mí ¡a deshonra y la desgracia? -dijo con una amante altivez doña A n a -Bien se os alcanza, señora- -dijo Gabriel de E s pinosa- que nos encontramos en un gran peligro, que un contratiempo cualquiera o una traición v i llana puede dar noticia al Rey don Felipe de nuestra conspiración, y si por mi desventura doy en la cárcel, contad con que he dado con la escalera de la horca. ¡A h í ¡N o digáis eso, por Dios, señor, porque me haréis morir de espanto! -exclamó con toda su alma doña A n a -V o s lo sabéis bien. E l Rey don Felipe, si me coge entre sus manos, me arrojará al verdugo, sin que para salvarme me aprovechen pruebas; sin que me sirva ni aun para la clemencia el ser yo hijo de su hermana; bien lo sabéis, señora; si soy preso, porque Dios ha querido que yo naciese para la desgracia, soy hombre muerto en cuerpo y alma, si no para con Dios, para con los hombres. E! Rey y sus alcaldes arrojarán sobre mí la mancha que cae sobre los impostores, y vos no conocéis la excesiva altivez portuguesa. Aunque todos los portugueses me hubiesen visto y reconocido, al verme ahorcado negarían que yo era su R e y y no sólo lo negarían, sino que me creerían de buena fe un villano impostor, cerrarían los ojos a su misma razón; porque n o hay un portugués que crea ni pueda creer que un Rey de Portugal pueda ser ahorcado, ni que un ahorcado haya podido ser Rey de Portugal. -Estáis diciendo cosas muy. espantosas, señor. -D i g o ia verdad: muy pronto algunos de los principales señores portugueses vendrán a Madri- cerrado mis ojos al sueño, sin que la pavorosa v i sión deje de entristecerme el alma, sin que haya visto m i estandarte real derribado sobre los cadáveres sangrientos de mis nobles muertos, sin que el alarido de los moros haya cesado de resonar en mi oído. Batallaba yo desesperado, había perdido tres caballos y había visto morir a tres valientes que habían descabalgado para que cabalgase su R e y había roto un centenar de lanzas, mi espada había saltado en pedazos en fuerza de caer sobre los arneses enemigos, me cercaban como los buitres cercan a la presa, y herían sobre mí como el herrero sobre el yunque. -T a l lo pintáis, señor- -dijo doña A n a estremeciéndose- que da pavor el escucharos. -P o r algún tiempo, sin más armas qué la desesperación y el coraje, revolví mi caballo sobre el tumulto de los infieles, hasta que mis armas, despeda- zadas, ofrecieron lugar en qué herirme a los hierros enemigos: caí, y las tinieblas de l a muerte me rodearon. Guardó silencio Gabriel de Espinosa e inclinó la cabeza sobre el pecho, como agobiado por la pesadumbre de aquel tristísimo recuerdo. -U n día abrí los ojos, y mis ojos vieron los ojos de una mujer que dejaban caer sobre mi semblante lágrimas de dolor. Aquella mujer, y perdonadme si ahora no os cuento toda la historia de mis amores con ella, es la madre de mi hija Gabriela. ¡Ella os volvió a la vida, ella gozó la ventura de velar junto a vuestro lecho, de veros al fin abrir los ojos cuando lloraba desesperada! -dijo dolorida doña A n a y pálida como una muerta- ¡Cuánto habréis amado a esa mujer! ¡Cuánto ha debido trocarse esa mujer, para que vos no la améis y a! Porque vos, sin duda, no la amáis, señor; porque si l a amaseis no me amaríais a mí, y vos me amáis, pues que me lo decís, y yo no puedo, no quiero, no debo dudar de lo que vos afirmáis. -Y o nunca he amado a esa mujer- -dijo estremeciéndose dentro de si misino Gabriel de Espinosa, aunque doña A n a no pudo notar su estremecimiento. Nunca! ¿Y os recogió casi cadáver del campo de batalla, y veló junto a vos, y lloró por vos, y a la vida os volvió y no la amasteis? ¿Y sin amo?
 // Cambio Nodo4-Sevilla