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A B C. SÁBADO n D E E N E R O D E 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. 1929, la comparación de a. unos factores eminentes determinativos de la recíproca importancia de las notas de ambos países, dan los siguientes resultados: Longitud de las líneas de comunicación Gran Bretaña... 113.000 kms. Estados Unidos 32.000 Desarrollo de las costas metropolitana y coloniales Gran Bretaña 62.000 kms. Estados Unidos 26.200 P A G 7. de cobrar los tenedores de Deuda pública 40 J millones de pesetas, importe de los restos endien de pago por Deuda en fin de dicho año, y en 1928 esos mismos espí ñoles dejaron d percibir 270 millones. Pues bien; yo le invito a que señale dónde están los felices mortales e ingenuos ciudadanos que tan nacidamente consintieron el vencimiento de varios trimestres- -dos, por lo menos- -sin cobrar sus cupones y sin proferir la más leve protesta. Naturalmente, ni el Sr. Pradera ni nadie encontrará esos ejemplares, que serian magníficos, aunque inverosímiles, de prudencia y paciencia. Y no los hay, afortunadamente, porque el Estado satisface al día todas sus atenciones y compromisos corrientes. He aquí un aserto rotundo y concluyente que mantengo, sin temor a la réplica, por lo que hace a las atenciones y compromisos posteriores a 1925, únicos de que puedo responder. Y dicho esto, todo lo demás- -mero juego de palabras- -está ya refutado y desmenuzado sobradamente. -José Calvo Sotelo. tentes que ser observan? De que puedan y quieran hacerlo dependerá el éxito de i a próxima Conferencia naval. Si el odio, las ambiciones encubiertas y la inseguridad discanen pujantes, no hay labor conciliadora posible. Si por el contrario, son desvanecidos o encauzados lealmente tan funestos y clásicos elementos de perturbación, podrá acariciar el mundo, ya que no sea de momento, la realidad de una ilusión, el primer destello luminoso de una suprema esperanza. JÓSE BARBASTRO LA CONFERENCIA DE LONDRES NAVAL Ingaterra y Jos Estados Unidos ¿berá el de 1930 un año de gran relieve histórico en los viejos y desconsoladores anales de la paz? H a y en realidad, motivos para dudarlo. Subsiste, desde luego, el firme y en cierto modo democrático deseo angloyanqui de establecer la paridad de sus respectivas tuerzas navales, aunque es fácil ver prosperar tales anhelos cuando se vive en las cumbres del poder marítimo y se asocian los esfuerzos en un ambiente de armonía, capaz de transformarse, por imperio de futuras y c r i ticas circunstancias, en una posible acción común, que, si es verdad repugna al aristocrático y tradicional aislamiento inglés- -t a n condicionado por los avances de las técnicas aérea y submarina- -y al puritanismo constitucional norteamericano, no sería Ja primera vez que se quebrantaran esos dictados al conjuro de altas conveniencias o necesidades, fundadas quizá en hábiles interpretaciones jurídicas o en intolerables desafueros de los adversarios. Claro es que Inglaterra, sin negar el impulso pacificador de su Gobierno actual, con el apoyo entusiasta de la oposición liberal sobre todo, halla, sin duda, el mejor de los caminos practicables en un acuerdo con Norteamérica, rival de mucho mayor calibre Defiéndase de la gripe y pulmonía con que cuantos le disputaron anteriormente su hegemonía, y cuya formidable pujanza comercial y financiera avanza de manera automática por razones de orden natural, i n cluso en sectores relativamente acotados por privilegios imperiales británicos y en una época precisamente en que, subsistiendo la grandeza de Albión, parece iniciada la def ii clinación material de ésta, bien porque así sea en realidad o porque contribuyen a dar esa sensación las espléndidas irradiaciones del Poder norteamericano y las muchas dificultades derivadas de la intensa evolución cconómicosocial planteada en Inglaterra y que es aventurado pronosticar si será solucionada o agravada por las nuevas eleccioTRES PRESEITACI 01 ES: nes generales de que se habla, ante las presentes luchas parlamentarias, cuyas conse- Esíuche l a r g o 1 5 cis. cuencias inmediatas se van ahora paliando y aplazando por el temor lógico de entor- Eibrato d o b l a d o 15 pecer las históricas reuniones internacionales que se avecinan. Estuche c u a d r a d o 1 0 A pesar de ello, justo es decir- que! a IKÜiiiüllülllíl Gran Bretaña, al aceptar el one pozter standard, demostró un buen deseo v una liberalidad noiwia, ya que, según las declaraciones hechas por el ministro de la Marina Francisco Alvares, Coiistantiua. militar francesa, Levgues, a mediados de Cifras que pudieran y aun debieran completarse con el resumen anexo al proyecto de presupuesto para 1930 sometido a ta Comisión de Marina del Senado francés, a tenor de cuyo expuesto el conjunto de las necesidades navales de Inglaterra y los E s tados Unidos podía representarse por los guarismos 10 y 4,2, respectivamente, que vendrían a. sancionar en teoría, de no niediar otras ordenadas técnicas y estratégicas y razones de carácter político, la posesión por el Imperio británico de una flota que duplicara con exceso a la norteamericana Es indudable, por lo tanto, que la Gran Bretaña, al admitir hoy una supremacía naval compartida con los Estados Unidos, renuncia a las ventajas que debieran darle los elevados coeficientes deducidos de los datos numéricos acabados de expresar, y leios de aducir los argumentos que sus mismos contradictores le apuntan para defender el pretérito lema naval inglés del te o pouser standard, abandona el campo de las estériles rigideces matemáticas y busca en los planos de la recíproca confianza y de la mutua buena fe, sin tejer nuevas alianzas ni pactos previos especiales, defensivos u ofensivos, las garantías tácita o expresamente exigibles para mirar sin recelos ni inquietudes alzarse en la orilla opuesta dei Atlántico un poder marítimomilitar gemelo del británico. E n el acuerdo inicial angloyanqui prevalecieron, pues, los factores de orden moral y político, equilibrando con su intangible y enorme influencia las disparidades técnicas cifrables que se originaron. E s el único modo de plasmar positivamente los comunes ideales pacificadores. ¿Podrán ser dominadas fundamentalmente, de análoga manera o mediante avales colectivos generosos las otras rivalidades la- MODOS Y MODAS DECIR DE MAL Ataqi ues de asistolia Con sobrada frecuencia, la crónica de sucesos desgraciados registra la muerte repentina de personas de viso y aun de simples ciudadanos declarando que, según certificación facultativa, ¡a víctima falleció de a n ataque de asistolia Por malo que sea el diccionario que se consulte dirá que asistolia es falta de sístole o de contracción del corazón, con lo cual cualquiera puede morirse tranquilo porque no dejará quebraderos de cabeza sobre la causa de su muerte n i quehacer enojoso ai Juzgado de instrucción; pero es el caso que tal explicación, apenas se ausculte 1111 poco, se presta por lo menos a tres reparos, que me permito someter a la consideración de los cronistas de sucesos y de los médicos asistólicos ya que todos son gente de muy buen corazón. E l primer reparo se refiere a la dificultad de atacar negativamente E l ataque supone algo positivo, vigoroso y fuerte, como un ataque de rabia o de celos, un ataque en un periódico y un ataque a la bayoneta. Hasta parece justificado atacar a una enfermedad con todo género de remedios. Pero no es fácil concebir, por ejemplo, un ataque de obscuridad, n i un ataque de asistolia que es- falta de contracción del corazón. Es indudable, por otra parte, que para morirse basta la asistolia, sin necesidad de o r ganizar el ataque E l segundo reparo ataca a una dificultad de más bulto, porque en todos estos casos desgraciados el corazón deja de latir invariablemente por falta de sístole o de contracción, y nunca por falta de dilatación. L a adistolia por lo visto, no tiene a su cargo ninguna defunción. E l tercer, reparo me parece aún más grave, porgue invade los extensos dominios, de Pero Grullo, el cual me afirma que todos los mortales se mueren de asistolia, y que todavía no se ha inventado otra manera de morirse. Parece cierto que la asistolia, con su hermana gemela la adistolia, son las primeras señales evidentes de que u n individuo se ha marchado al otro barrio. Y si esto es así, convendrá en lo sucesivo no aumentar la desgracia de las muertes repentinas echando todos los muertos a la asistolia. A no ser que fisiológicamente se haya convenido en declarar que las gentes mueren de asistolia cuando no saben de qué mueren. Si no pareciera indiscreción o impertinencia, ya sé yo de unos cuantos doctores, lite! tos y periodistas que podrí 1 deshacer de un plumazo los tres reparos asistólicos que al correr de la pluma acabo de ofrecerles pero me limito a concitar, para saür de este ahogo del corazón, a varios médicos que con alguna frecuencia me piden recetas... para bien decir, 7. Pastillas C R E S P O PAPEL DE F U M A T V OÍA C D E LA A.