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INSTITUTO R E U S PRECIADOS, 28, M A D R I D T E N E M O S I N T E R N A D O II FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL PASTELERO DE MADRIGAL 7 S mandad, abundaban los malhechores en los caminos y era, por ello, necesario viajar con escolta. Aquel hombre, que parecía tan caballero y tan rico, y v i siblemente extranjero por su t i p o y por su traje, era un antiguo amigo nuestro. E n una palabra, Y h a ye- ben- Shariar. ¿Qué es esto? -dijo con voz tranquila y afable- Espadas en las manos y cólera en los ojos; un viejo soldado, a lo que veo, y un viejo caballero puestos frente a frente; doime el parabién de haberme puesto tan a tiempo entre vosotros, señores. -Mejor hicierais- -dijo don Rodrigo- -en ayudar a un alcalde a prender a un malhechor; que aunque por vuestro acento me parecéis extranjero, todo hombre honrado tiene la obligación de. ayudar a la justicia dondequiera que se halle. -i A h! ¡Vos sois el alcalde don Rodrigo de Santillana! -dijo Aben- Shariar con acento frío y acerado, contestando a las palabras del alcalde, descorteses por el acento con que las había pronunciado- ¿Y vos quién sois? -añadió Aben- Shariar sin esperar la respuesta del alcalde, volviéndose al alférez inválido. -N o tengo por qué callar mi nombre- -contestó el preguntado, que no se apeaba de su soberbia, y cuya cólera no amenguaba- Y o soy Gaspar de Cacabelos, antiguo alférez, de don Hugo de Mon- cada en los tercios de Italia; criado después del señor Rey don Felipe, a quien Dios guarde; criado ahora de l a excelentísima señora doña A n a de A u s tria, a quien Dios prospere; hidalgo de los buenos, que tiene su solar antiguo en Asturias, en la villa de Cacabelos; hombre de bien y de honra, que no se dejará insultar ni maltratar por ningún golilla, venga lo que viniere y suceda lo que quiera, que no sucederá, porque ahí está doña A n a de Austria, que es muy capaz y muy poderosa de apretar las agujetas al mismísimo presidente de la Cnancillería de iValladolid, si a mano viene. -M i r e la señora doña A n a de Austria no le apriete los cordones del justillo, hasta que dé gritos, don Rodrigo de Santillana; que ella, la buena señora, si b; en se mira, tiene en gran parte la culpa de ios a desacatos, de las licencias y aun de los delitos de la gente de la villa. Y don Rodrigo, olvidado de todo en su cólera, pronunció estas palabras de una manera altamente ofensiva a doña A n a de Austria. Aben- Shariar no dijo una palabra, y permaneció impasible, porque acaso le importaba mucho ver en lo que aquello paraba. -Quien, os va a dar de cuchilladas por lenguaraz, descomedido e insolente en ofensa de una persona real, de una religiosa, de una dama que es no menos que sobrina del Rey nuestro señor e hija del ilustrísimo don Juan de Austria, soy yo. Y Cacabelos fué a dar la vuelta al caballo de AbenShariar para ir sobre el alcalde. ¡E h! ¡Estaos quietos, cien rayos y cien legiones, alférez! -exclamó Aben- Shariar, qué comprendió que era necesaria su intervención- Y vos, se. ñ o r don Rodrigo, dad muestra de la prudencia que requieren vuestra nobleza, vuestro oficio y vuestras canas, o, de lo contrario, con esos cuatro criados míos os prendo a los dos, y doy parte al Rey de que vos, don Rodrigo, habéis inferido descortés y deslealmente una grave ofensa a una señora de la familia real, y de que vos, alférez, os habéis atrevido al Rey, faltando escandalosamente y de una manera gravísima al respeto que debéis, cómo todo ciudadano; a un ministro de justicia. -Aquí no hay ciudadanos, sino vasallos- -dijo el alcalde, agarrándose a un pelo. -Sea como vos queráis, que esto importa muy poco- -dijo Aben- Shariar- yo hablo como se habla en mi tierra, donde, como no hay Rey, no hay vasallos; en una palabra, y como habréis recibido hace días una carta en que Se os anunciaba mi ve- nida para un asunto importante, sabed que yo soy patricio genovés y me llamo Pietro Mastta. -i A h! ¿Vos sois... r -Sí- -dijo Aben- Shariar, desmontando y entregando su caballo a oin criado que desmontó al mismo tiempo- por lo mismo que yo soy el que soy y que puedo lo que valgo, considerad si os interesa el hacer buen caso de mis palabras; envainad, pues, ambos vuestras espadas, y entremos. Con gran asombro del escribano que estaba en el zaguán y que siempre había visto irascible e inexpugnable, por decirlo así, a don Rodrigo, éste se puso BIT tuiínni n
 // Cambio Nodo4-Sevilla