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LA CALUMNIADA E L COMPÁS D E L CONVENTO DE SANTA CLARA, D E SEVILLA zan y dividen caprichosas veredas. Algunos melocotoneros y perales se yerguen sobre todo; forma la parte más compacta y brillante del fondo un buen golpe de naranjos cuajados de azahar, y aquí y allí destácanse, cada cual con sus galas mejores, la magnolia, la celinda, el granado, la adelfa, los rosales y las malvalocas. Las lindes de algunas veredas las señalan y forman apretadas filas de macetas de reseda, geranios, verbenas, rosas y claveles. Es así el huerto de Capuchinos. E l escenario de La reina mora tiene una perenne realidad en el arquillo con que remata el pasadizo que comunica el Patio de Banderas del Alcázar con el típico y nunca bien ponderado barrio de Santa Cruz y la casita con balcón y reja que con aquél forma un singular conjunto. Sigue a la casita, hasta la puerta de las Cadenas, la pared de un jardín, engalanada con colgaduras de madreselvas y jazmineros. Los ilustres autores sitúan de este modo la escena: Sosegado rincón en un barrio antiguo de Sevilla. A la derecha del actor, cerrando la escena, una (tapia almenada, por detrás de la cual asoman los árboles de un jardín. E n ángulo recto con ella, de frente al público, ventana enrejada de la casa de Coral, con celosía. A l pie de ella, un poyete. A la izquierda, en el mismo término, también de frente al público, otra ventana mucho mayor, que corresponde al taller de costura de Mercedes. Entre ambas ventanas, un ¡pasadizo techado, tortuoso y sombrío, con salida a otras calles por el fondo del escenario. No cabe duda alguna. E l arquillo a que se refieren los hermanos Alvarez Quintero, así como la casa que sobre él se eleva y la pared del jardín que lo sigue, no son otros que los del barrio de Santa Cruz, antes mentados. Todo patio sevillano ha podido inspirar