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Internado. Madrid Convocadas m á s de cien plazas de primera c a t e g o r í a Se exige ser abogado. E n el presente a ñ o h a b r á convocatoria para segunda y tercera c a t e g o r í a No se e x i g i r á t í t u l o Edad, desde los v e i n t i t r é s a ñ o s Para el programa, nuevas contestaciones y p r e p a r a c i ó n é n las clases o por correo, para primera, segunda y tercera c a t e g o r í a d i r í j a n s e al antiguo y acreditado INSTITUTO R E U S P R E C I A D O S 23; P U E R T A D E X i SOL, 13, y M A Y O R 1, M A D R I D E n las tres oposiciones celebradas de primera y segunda c a t e g o r í a obtuvimos en las tres c n ú m e r o 1 y 379 plazas, cuyos retratos y nombres se publican en la circular que regalamos. Tenemos internado. 178 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL PASTELERO DE MADRIGAL 179 A l decir estas palabras, el alcalde vio. fija en sus ojos una mirada tan profunda y tan severa de AbenShariar que, sin ser poderoso a otra cosa, bajó los ojos, completamente dominado. -Cuando a mí me hablan espada en mano y me amenazan con la horca sin oírme- -dijo Cacabelos- no soy mío, ni sé, ni puedo hacer otra cosa que echar mano a m i espada y ponerme frente a frente de quien me ofende. -Basta ya, idos- -dijo el alcalde- señor Ruy Dávalos, llevad ahora mismo a la cárcel al alguacil Lamprea. E l escribano salió. Cacabelos permaneció tieso e inmóvil. ¡V i v e Dios! -dijo don Rodrigo- ¿Qué hacéis que no os v a i s? ¿0 queréis que me arrepienta de dejaros ir libre? -A ú n no os he dicho lo que he venido a deciros, y necesito cumplir con mi obligación- -dijo Cacabelos. -Pues hablad pronto y. marchaos, o por Dios vivo que si se me acaba la poca paciencia que me queda, me echo sobre vos y os rajo. -L a señora doña A n a de Austria os manda que vayáis al momento a su presencia- -dijo enfáticamente Cacabelos. -Decid a esa noble señora que iré en cuanto me sea posible a ponerme a sus pies; ahora, marchaos sin demora. -Que os guarde Dios. -Id en paz. Cacabelos salió, saludando profundamente a AbenShariar y mirándole con curiosidad. Quedaron solos Aben- Shariar y don Rodrigo. -E n Venecia, señor- -dijo don Rodrigo de Santillana- un juez es m á s respetado. -Los magistrados venecianos no cuestionan jamás con nadie ni descienden a lo que sólo compete a los oüciales secundarios de justicia. Allí se manda y no se disputa; allí el juez no habla con el criminal más que para oírle y sentenciarle en justicia. -Allí no tenéis un Rey que os pida imposibles; los venecianos respetan las leyes, y los españoles no respetan m á s que la fuerza. -Empezando porque los que están obligados a obedecer son los primeros que desobedecen. ¿P o r qué decís eso, caballero? -Porque una casi infanta, una sobrina del Rey os ha mandado que os presentéis inmediatamente a ella, y aún estáis aquí. -E s que temo ponerme delante de doña A n a De seguro no me manda ir a verla sino para ponerme en aprieto. Esta mañana ha habido un alboroto en. la villa, y tal y tan escandaloso, que me he visto obligado a prender mucha gente; y como doña A n a de Austria es el paño de lágrimas del pueblo, me estoy temiendo que hayan ido a llorarla cuitas, se la haya ablandado el corazón, y me mande soltar los presos, lo que no puedo hacer sin notorio agravio a la justicia. -Pues bien; id y salid de vuestro apuro como podáis, que si esperáis para ir a que nosotros haya- mos concluido, como tenemos que hablar largamente, tardaréis mucho y ofenderéis a doña A n a -Pues quedaos aquí entretanto, señor Pietro Mastta, que yo, en cuanto mande aposentar a vuestros criados, me voy al convento. -Mis criados estarán ya aposentados en el mesón, -V o s os aposentaréis en mi casa. -Veremos primero cómo salimos. Yo espero que nos entenderemos. -Pues id, y volved cuanto antes. E l alcalde envainó su espada, se la ciñó, se puso su bonete negro y su manteo, tomó su vara, y despidiéndose por el momento de Aben- Shariar, salió. Don Rodrigo de Santillana encontró completamente vestida de monja a doña A n a de Austria, y de la misma manera a las dos hermanas doña Luisa y doña María. E l alcalde sabía que doña A n a ejercía sobre Felipe II una gran influencia, y por ello la trataba con temor y respeto, y. doña Ana- hacía del alcalde lo que srolamente hubiera podido hacer el Rey. -Beso respetuosamente los pies a Vuestra E x celencia- -dijo el alcalde, que se había detenido a alguna distancia, inclinándose profundamente. -Sentaos, señor don Rodrigo- -dijo doña. A n a E l alcalde se sentó con gran compostura. ¿Cómo os va de salud, don Rodrigo? -P a r a servir a Dios, al Rey y a yuestra Ex-