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Alvarado se inclinó, y salió. -Pues, señora, nunca he estado tan contento como lo estoy- -dijo don R o d r i g o- se me echan encima, una persona real, un prior de agustinos y un corregidor; voy, con permiso de Vuestra Excelencia, a seguir prendiendo gente, por si el Rey nuestro señor me manda castigar a todos los culpables; pero no procederé contra ellos hasta que el Rey me mande proceder. ¿Tiene Vuestra Excelencia algo más que mandarme? -S í don Rodrigo; os mando, en nombre del R e y que permanezcáis preso en vuestra casa hasta que el Rey determine si habéis de procesar o ser procesado por desacato a mi persona, de lo que daré a seguida parte al Rey. ¡Y o desacato, señora! ¡Idos! -H a de escucharme Vuestra Excelencia. -Idos o por Dios vivo que he de ver si hay quien pueda poneros en la cárcel si lo mando yo. E l alcalde salió verdinegro de cólera. Doña A n a se quedó murmurando: -D e esta vez me parece que nos vemos libres de don Rodrigo. Entretanto, el alcalde bajaba las escaleras murmurando -S i n duda estorbo, y me quieren echar de aquí. Pero ¿por qué estorbaré yo? Y el alcalde se dirigió a su casa, buscando en su pensamiento la resolución del acertijo de por qué estorbaba él en Madrigal. Cuando llegó a su casa, encontró en la antecámara de la sala baja, en donde esperaba paseando Yhaye ben- Shariar, al escribano Ruy Dávalos, que, como era la hora de la siesta, estaba adormilado en un billón- esas pajas, y para que vos ahorquéis a un cristiano se necesita muy poca cosa. -S i vos me conocéis, señora- -dijo don Rodrigo, que estaba azul- comprenderéis que me estáis dando tormento. -Vayase por lo mucho que vos atormentáis; pero noto que me tratáis de vos, y aunque seáis mucho, aún os falta mucho que ser para que podáis tratarme sin atrevimiento de tal a tal. Doña A n a tenía toda la seca e insoportable altivez de los príncipes de l a Casa de Austria. Cacabelos se lo había contado todo, y estaba terriblemente irritada contra don Rodrigo. Pero por orgullo no hacía cargo a don Rodrigo de las palabras ofensivas que en desacato suyo había dejado oír el alcalde a Cacabelos. -Perdóneme Vuestra Excelencia si me he olvidado un instante del tratamiento que a Vuestra E x celencia corresponde como hija del excelente e ilustrísímo señor don Juan de Austria, de gloriosa memor i a y como sobrina carnal del Rey nuestro señor, a quien Dios guarde; pero trátame Vuestra Excelencia de tal modo, sin duda porque le han informado mal de mí, que no es mucho que yo, que respeto y amo a Vuestra Excelencia, dolorido por sus palabras, me haya olvidado del tratamiento, aunque nunca del respeto que Vuestra Excelencia merece como dama, como religiosa y por venir del ilustre y altísimo origen de donde viene. -Y o señor don Rodrigo, os aprecio mucho, os tengo en mucho, porque caballeros como vos hay pocos, y porque l a justicia en vuestras manos está segura de no ser vendida. Pero si bien es cierto que vuestra vara de alcalde no se dobla, también es cierto que es de hierro, y que vuestro celo por la justicia os lleva a ser riguroso hasta tal punto que si todos los alcaldes y justicias del Rey, m i tío y señor, fuesen como vos sois, muy pronto los reinos del señor don Felipe serían una inmensa cárcel levantada sobre un cementerio, en la cual no andarían libres más que golillas y los alguaciles. -Están los tiempos tan malos, y con las muchas guerras que mantiene el Rey nuestro señor vienen de allá de los ejércitos tantos aventureros y tantos perdidos, que han picardeado a la gente y puéstolá 1