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¡B C. M I É R C O L E S 15 D E E N E R O D E 1930. E D I C I Ó N entre los diez y los cien millones. Actualmente, el que se acerca al par. de millones es un mirlo blanco. Pero contra esta partida negativa puede exhibirse la de la mejor voluntad para que la reputación adquirida por las liberalidades pretéritas no sea empañada. Buenos miles de pesetas ingresarán en el Tesoro de la Universidad, famosa y a y es indudable que, oficialmente, Chile también se asociará a la obra magna, por afecto cordial y por imperativos de su propia conveniencia. E l preside te de la República, general Ibáñez, recibió, con su amabilidad característica, al ilistre secretario de la Universidad, y de sa recepción cariñosa conservará el vizconde de Casa- Aguilar agradable memoria. L a vizcondesa, tan atrayente y tan in eligente, se captó con rapidez todas las simpatías de la buena sociedad chilena, recibiendo de estas damas tan espirituales y bellas, testimonios de profunda afección. E n el salón de honor de la Universidad de Santiago, con asistencia del selecto mundo intelectual de la capital y del ministro de Instrucción pública, general Navarrete, hombre de una cultura sobresaliente, las conferencias del vizconde de A g u i a r tuvieron la consagración del éxito más rotundo. Y el doc tor Mockeberg. que es una gloria de la E s cuela de Medicina de Chile, aprovechó la coyuntura de la presentación del enviado español para ensalzar, con verbo vehemente, el progreso de España en las conquistas científicas. Con razón se pudo notar la emoción del preclaro marqués de Berna y lá satisfacción que revelaba el marqués de Bogaraya en presencia de estas efemCrides dichosas, que constituyen el enaltecimiento de la Patria. EL BACHILLER ALCANICES +1 D E ANDALUCÍA. PAG. 7 J ta sin exageración; efecto que acentúa la feminidad de la silueta; e! piili- over tiene cuello alto, forrado de punto rayado transversalmente en amarillo, -negro, encarnado y blanco; el gorro hace juego con el cuello, y las botas, de c u e i o negro, dejan escapar el borde arrollado de calcetines como el cuello, el gorro y las manoplas de los guantes negros. Entre la muchedumbre surge madame Dubonnet, elegantísima. Juzguen ustedes: E l conjunto s, al mismo tiempo, varonil y femenino. L a casaca entallada, de homespwi negro, deja ver un chaleco tejido a punto de media, de lana azulada, igual a la bufanda larga que rodea el cuello, y se anuda so bre el hombro; por primera vez de mi vida veo uno de esos famosos pantalones kniker- boker incorporado al traje de mujer, y me parece encantador, porque ese pantalón tiene mucho de falda y da a quien la lleva el aspecto que debe tener siempre. E l pantalón ceñido a las rodillas se abrocha sobre fuertes medias celestes, que terminan en negros zapatos, herméticamente cerrados con broches Eclair. Madame Dubonnet se ha puesto birrete azul, de punto, como complemento de un traje tan elegante como personal. L a animación es hoy inusitada, porque se disputa un campeonato. Llega la pareja que seguramente vencerá; la forman monsieur y madame Jean Brunet, que de soltera se llamó Andrée Jolly. Aparecen en la pista helada como dos pájaros que se lanzan al espacio; su gracia, su destreza, su precisión y su ligereza no tienen ejemplo en los anales de este deporte. L a maravillosa campeona viste siempre de blanco para patinar; a mi juicio, padece un error. Por puro que sea el tono de su traje, no puede rivalizar con la blancura del paisaje nevado. Bastaría con agregar algo de otro color para adquirir extraordinaria gracia, capaz de vencer en toda comparación. Después de una mañana tan bien empleada, se oyen las campanas de todos los hoteles, que se contestan unas a otras, en alegre repique, anunciando los almuerzos. N a die se cambia de vestido, se sueltan los gabanes gordos, y los patines nada más, para perder el menor tiempo posible. Se proyectan excursiones, y el almuerzo termina en- tre vivas v animadas conversaciones. Gaby Morlay, que desea d e s c a n s a r m o viéndose sin cesar, se levanta la primera de la mesa, v aprovecha el momento para hacer una visita a Sacha Guitry y a Ivonne Printemps, que n o parecen impacientes por saborear su almuerzo. Hablando de teatro (porque el arte no pierde sus derechos) ambas actrices sacan de sus bolsillos la cajita de retoque y se colorean mejillas, labios y uñas. Llegan otras parejas, cargadas de palos y embelecos; desde mi rincón pienso en la cantidad de cosas que son precisas para divertirse. Dos hermanos, monsieur y madémoiselle De Villedieu, me encantan por su entusiasmo y desbordante alegría. V a n vestidos iguales: pantalón largo de lana color castaña de Indias; la casaca, de la misma tela, tiene pliegues estilo cazador, y por debajo se ven dos chalecos de lana uno verde manzana y otro amarillo limón, porque parece ser que para el deporte de las montañas hay que ponerse o quitarse esas prendas de abrigo. Monsieur y madame André Citroen aparecen; se ve que en este momento les i n teresa solamente el deporte, puesto que sus trajes, esencialmente prácticos, no atraen las miradas. Todos se van; me quedo sola, gozando el encanto del silencio. Disfrutaba de mi soledad, cuando v i aproximarse un grupo de paseantes desprovistos de esquíes o de otros RITZ VESTIDO D E SONROSADO. GEORGETTE MODELO DOBLE GERLAUS BEIGE ¿Valparaíso, diciembre, 1929. g l B I I I III 11111 3 M ODA S Esplendor de invierno j Saint M o r i t z! ¡Paisaje de belleza sin r i v a l! L o s montes se recortan altivamente fsobre el cielo de un azul brillante, y la nieye inmaculada cubre la tierra serenamente, en una extensión que no puede abarcar la riíirada. L o s hoteles, maravillas de buen gusto y de comodidad, están situados con verdadera ciencia en los puntos de vista más hermosos, para conquistar al momento al viajero. Además, para retenerle, se ha pensado en todo: la pista para patinar cerca de los pedaces, a cuatro pasos los trineos, los ludgés y ios- skis, y no se formula un deseo sin verlo realizado al momento. H e aquí el cuadro dentro del cual lo más escogido de la sociedad mundial se reúne todos ¡os años durante los meses invernales; Desde bien temprano empieza la fiesta. U n a vez terminadas las abluciones, todo el mundo baja a la pista helada, y, después de tornar el desayuno, se lanzan a deslizarse, dibujando difíciles dehors, impecables de dans e impresionantes figuras de buen patinador. Veamos si entre el público encontramos gente conocida. Seguramente. Ahí está la baronesa dé Rothschild, saboreando chocolate cremoso, al lado de la condesa de Gontaut- Biron. L a primera viste gabán de terciopelo rojo, forrado de conejo blanco, con cinturón estrecho, que le sujeta enérgicamente al talle, flexible y fino; debajo lleva piill- over de gruesa lana blanca salpicada de cuadros encarnados, y falda blanca de volante en forma ondula, en torno suyo; en la cabeza, birrete de conejo blanco, rodeado de terciopelo rojo. ¡Bravo, señora; ese conjunto encantador i i L a segunda lleva pantalón; va cubierta con un sayal lindo granate; el pantalón recuerda a los de los pijamas, es decir, muy alto de talle y ajusiado por abajo; medias de punto con dibujos de fantasía, y el gabán estilo sastre, entallado; el gorro, de cuero granate, bien encajado hasta la nuca, tiene visera atrevidamente levantada. Pero por mucho, apetito que se tenga no se resiste la voz de las orquestas, que invita a valsar, y he aquí a los bailarines subyugados por su deporte predilecto. E n espectadora interesada, pero inmóvil, miro a vista de. pájaro. L a mayoría de los trajes deportivos son elegantes y prácticos, muy femeninos y confortables. U n modelo original se compone de falda de terciopelo negro, cortada en forana, cor- 7 UNTO DE CANA MÁSTIC MODELO WOE. TII