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Y- sobre todo, vuestra severidad, aunque no fuese extraña, porque de nada tuvierais qué acusaros, será siempre ciega e imprudente. i Creéis que el Rey os agradecería el que le pusieseis gratuitamente en un apuro de que no. sabría cómo salir si le remitieseis esta carta? L o que vos podéis hacer, y lo que no haréis, yo os lo aseguro, es, avisar al Rey de que en sus reinos, -cerca de; s u corte, existe no menos que un- miembro del Consejo de los Diez de la República de Venecia; y; aun: -así, el Rey recelaría mucho; se pondría muy sobre ascuas, pero no sabría qué hacerse ni qué partido tomar; porque como, yo no cometeré ningún delito, ni -vengo para nada que tenga que ver con la cosa pública de. estos reinos ni con la amistad que existe entre la República de Venecia y el Rey de España, todo lo que fuese atentar al libre ejercicio de mi l i bertad sería ofender a un Estado poderoso, a quien no se puede creer enemigo mientras él no lo declare; y c o n el que debe evitarse por todos los medios posibles y razonables Una guerra. -P e r o ¿a qué habéis venido aquí, -señor- Pietro- Mástta? -H e venido a España solamente a buscaros; he preguntado por vos en Valladolid y, me han dicho que os encontrabais en Madrigal, y a Madrigal me he venido: Como vos me conocéis, como- vos sabéis que yo pertenezco al Consejo de l o i Diez, os- he. presentado esta carta del Consejó para que comprendáis, cuánto importa guardar secreto acerca de mi persona. -P e r o sí ningún objeto político traéis, señor Pietro Mastía, ¿por qué no. venís con vuestro nombre y vuestros títulos? -Cabalmente para evitar recelos y asechanzas; porque tai es vuestro Rey, que le. bastaría con saber que había en sus Estados- un senador de Venecia, y. a más del. Consejo. de, los Diez, para que levantase castillos en el aire y- cometiese alguna torpeza; tan 1 es así, que a 110 ser por la gravedad del asunto que me trae no hubiera venido. -E s t o y ansioso por- conocer ese asunto, si. es posible vque yo; le: conozca ¿P u e s -n o ha de serlo, si es un asunto vuestro, don. Rodrigo? -Mío! -S í ciertamente; y para concluir este preámbulo y entrar en- la cuestión, olvidaos de que yo soy lo que; soy, y para contestaros a- lo que me preguntáis acerca- de lo que yo haría puesto eh vuestro lugar, sólo, tengo que deciros que en Venecia no suceden estas cosas, y- que- yo no desempeñaría por nada del mundo el- oficio de alcalde de casa y corte que vos desempeñáis. -A otros países, otras costumbres, y a otras costumbres, otras leyes. Y Aben- Shariar; haciendo punto redondo, se acert ó l a la mesa; tomó la carta, y l a guardó. Después de esto tomó un. sillón, lo acercó a Ja mesa, se sentó, y el alcalde se. sentó también. ¿Vos sois viudo, don Rodrigo? -S í señor, desde hace muchos- años. ¿V o s no tenéis familia, don Rodrigo? -N o señor. -E n España se. entiende. -En ninguna p a r t e ¿Cuántas veces habéis estado en Venecia? -L a s dos vecesv que he sido alcalde en lá Ch añclllería de Ñapóles ¿Y no guardáis ningún recuerdo de VeneciaV -H e conocido en ella a muchas personas, y entre esas personas a vos, hace ocho años. ¿Recordáis para lo que me visteis a mí? -S í señor; üh galeón de Venecia había apresado; a una nao española creyéndola pirata, y el gobierno de Venecia la había declarado buena presa; los dueños, de la nao habían representado al virrey de Ñapóles, y yo fui comisionado para el arreglo pacífico de este asunto, que tenía algo de polítido, porque al ser apresada la nao tenía desplegada, k bandera española. -A q u e l asunto se arregló pronto y satisfactoriamente para ambos gobiernos. -E s verdad; y a vuestros buenos oficios se de 1