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O 200 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL PASTELERO DE MADRIGAL Sg 7 -S í y los otros tres que te acompí. ñan. -Es decir, que os habéis propuesto saber, excelencia, a qué hemos venido aquí mis compañeros y yo, y que si no os lo digo nos h a r á n pedazos hasta que lo digamos en la cárcel de la Inquisición. -Eso es. ¿Y si os lo digo? -No se os pondrá a la prueba del tormento. ¿N i se nos prenderá? -S i dices la verdad y la pruebas, no. -Pues voy a cantar lo mismo que una alondra, excelencia; pero soltadme, que tenéis la fuerza de un toro y me estáis rompiendo el brazo... -Habla- -dije, soltándole. E l condotiero se arregló su capa, su redecilla y su gorra, y me dijo con una serenidad insolente: -Hemos venido a dar de puñaladas en una góndola, y arrojarle después al canal, a un caballero que saldrá de aquí con una dama. ¿Sabéis el nombre de ese caballero? -Nosotros nunca ajustamos un difunto sin saber qué clase de persona es, su nombre, su procedencia y su categoría, para poner el precio conveniente. E l difunto de que ahora se trata es un caballero español muy principal, que está empleado por el Rey de España en Ñapóles, que ha venido i Venecia no sé a qué y que se llama don Rodrigo de Santillana. E l alcalde hizo un movimiento de indignación. -N o fué mala suerte la vuestra- -di; o Aben- Shariar- -de que yo rondase aquella noche y se me ocurriese entrar tan a punto en la hostería de Rialto. ¡M e debéis decididamente la vida, don Rodrigo! S i yo no entro aquella noche allí, sois hombre muerto. ¿Y por qué no me lo dijisteis entonces, como me lo decís ahora, para que yo os lo agradeciera? -i o que se hace en cumplimiento de un deber no exige, no merece el agradecimiento. A más de eso, el bien debe hacerse por el bien mismo, no por que nos le agradezcan. Pero continuemos. ¿Sabes tú por qué cansa se pretende la muerte de ese caballero? -pregunté al asesino. -L a causa me importaba poco con tal que me pagaran bien la muerte- -me contestó con su eterno descaro el condotiero. condotiero, y que no fué más que lo mismo que vais a ver ahora, don Rodrigo. Y Aben- Shariar se abrió el coleto de gamuza y dejó ver bajo él, sobre un justillo de raso negro, las tres letras bordadas con hilo de plata que ya conocemos: C. D X E l alcalde se inmutó al ver aquellas tres letras, aunque no era veneciano ni estaba en Venecia. Y se inmutó porque sabía demasiado que el pavoroso poder de Venecia alcanzaba a todas partes; que aquel a quien Venecia sentenciaba, moría, aunque estuviese lejos de ella, ya fuese Rey o príncipe, magnate o mendigo. Porque Venecia disponía siempre de agentes admirables que sabían hacer que el tósigo devorase las entrañas de los sentenciados de la República. Don Rodrigo sabía que nadie veía aquellas tres formidables iniciales sin que su sola vista fuese l a amenaza seria de una gran desgracia. Por eso don Rodrigo al verlas se inmutó. Aben- Shariar permaneció algunos segundos mirando fijamente al alcalde, absorbiendo su turbación y dejándole ver las tres letras de plata en fondo negro que parecían atraer la mirada cobarde de don R o drigo. A l fin, Aben- Shariar cerró su coleto de gamuza, ocultando las tres letras. Pero ya había acabado de convertirse en un ser completamente terrible para el alcalde. Este, sin embargo, se reh o. ¿Y por qué lleváis- -dijo pretendiendo ser severo- -ese distintivo de autoridad en los dominios del Rey de España, cuando Su Majestad no os autoriza para ello, y cuando, sobre todo, ese distintivo no tiene aquí fuerza alguna? -Le llevo... por costumbre. Y en cuanto a lo de que aquí no tiene fuerza alguna este distintivo, es tal y tan respetable para el que le conoce, que el mismo Rey de España, con todo su poder, sentiría al verle un recelo vago y frío y comería con inquietud los platos que le presentasen sus gentileshoinbrcs. ¿Quién se atrevería a llevar sobre sí las iniciales del Consejo de los Diez, aunque fuese en el rincón m á s apartado del mundo, que no expiase su audacia si r ¡o estaba autorizado para llevarlas? ¿N i quién, aun
 // Cambio Nodo4-Sevilla