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Lea usted Blanco y Negro UNA peseta en toda España. ig 8 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL PASTELERO D E MADRIGAL J g estando autorizado, las mostraría sin tener para ello el consentimiento de la República y su poder entero al lado? -i Quiere esto decir que esas letras que acabo de ver son para mí una amenaza? -dijo con bravura don Rodrigo. -N o por Dios; no creáis eso; os he mostrado estas letras porque ha venido a punto, como se muestran sin trascendencia alguna a un antiguo conocido que es al mismo tiempo un alto ministro de justicia familiarizado con estas cosas y un caballero. -Habéis tomado, sin embargo, una posición extraña, que no comprendo. -E n último caso, esto quiere decir, y no os lo debo ocultar, que aunque yo estoy solo en España, iVenecia está en España conmigo, viendo, oyendo y juzgando con mis ojos, con mis oídos y con mi razón. -E s decir, que Venecia nos espía. -A l g o m á s noble y más alto que eso, señor don R o drigo un tan alto magistrado como yo no puede confundirse nunca con un miserable espía; podrá ser un testigo vigilante, un terrible poder oculto; pero m á s bajo que esto, no. -Perdonad; ha sido una mala elección de palabra; he querido decir que Venecia, por medio de vos, nos observa. -Eso es distinto; eso pudiera ser, pero no lo es; os repito que he venido a España sin ningún objeto político; que todo se reduce a un asunto particular, que os interesa mucho a vos, y que, aunque no tanto, me nteresa también a m í y como en España vos sois mucho y estáis ensoberbecido porque lleváis treinta años de ser alcalde de casa y corte, lio que es lo mismo que decir que lleváis treinta años de ser poco menos que el Rey don Felipe, es bueno que sepáis que tenéis enfrente un poder fuerte, y que si no obráis estrictamente en justicia en el asunto que me trae a España, podrá suceder que sepáis por experiencia propia si el poder de Venecia alcanza o no a los que están fuera de sus Estados, aunque ¡os proteja un Rey tan fuerte como el Rey don Felipe. -Resulta siempre que está suspendida sobre mi cabeza una amenaza- -dijo sobreponiéndose a todo por un esiuerzo heroico santularia, y con la expre- sión y el acento de una noble altivez. -L o que tenéis sobre vos- -dijo fríamente AbenShariar- -no es una amenaza, sino u n a leal advertencia. -L o que no comprendo- -dijo don Rodrigo- -es cuál pueda ser ese asunto particular mío que ha obligado a venir secretamente a España no menos que a uno de los altos magistrados que forman el Supremo Consejo de Venecia. -Continuemos mi interrumpido relato y pronto sabréis cuál es ese asunto, don Rodrigo- -dijo Aben- Shariar. i Guardó por un momento silencio y luego c o n t i n u ó -Os decía que el condotiero cayó a mis pies temblando cuando yo me acerqué a él y me abrí mis ropas. Y a habéis visto lo que vio el condotiero sobre mi echo y habéis comprendido por qué razón cayó de rodillas. Y o me acerqué a él, le levanté de una manera brusca y le dije sin soltarle la mano: Vas a mor i r de una manera miserable si no revelas al Estado lo que habéis venido a hacer aquí t ú y tus tres compañeros. -Hemos venido a pasar alegremente la noche- -me dijo sobreponiéndose a todo con su infinita audacia de condotiero. -Vosotros no sois bastante ricos para hacer una cuenta en la hostería de Rialto; vuestro lugar está, en las tabernas de la plaza. -Alguna vez, excelencia, nos hemos de regalar el cuerpo como los grandes señores. ¿Y por qué has tomado mi dinero y has venido a ponerte a mi disposición? -E l dinero se toma siempre, y es muy justo servir y complacer al que nos lo da. -Pero cuando se da tanto dinero, el que lo toma se obliga a todo. -Esa no es una r a z ó n puede haber un hombre que dé su dinero por el solo gusto de darlo; porque de todo hay en el mundo, y el venir a agradecerlo no quiere decir que vendamos por dinero nuestra alma al diablo. -E s t á s preso por la Inquisición del Estadg- T? l respondí por única contestación. -j Preso.