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caricias de sol en invierno, y está en actitud meditativa, como si trabajara en imaginar un cuento nuevo con que regalarnos, en el que los gnomos barbudos dancen en el bosque al claro de luna, mientras Blanca Nieves peina sus trenzas rubias mirándose en un remanso del rio... O acaso su nueva narración no sea de hadas, princesas encantadas y enanillos de corazón bondadoso, sino que, sí llegaron a sus oídos las desarmonías de músicos, poetas y danzantes, que hoy ellos mismos se califican de gonfalonieros y portaestandartes de las modernas formas, invente otra divertida trama con que entretener a los peoueiios y enseñar a los grandes, como aquella de los músicos de Dresde. Desde el parque se sube al Schlossberg por un funicular zigzagueante... No es muy alto Monte Cerrado, pero ya en su cumbre se ve un horizonte amplio, con pequeños mont culos, donde se alzan las ruinas de un viejo castillo; cabe los cerrillos serpentea el Mur, y luego se pierde bajo la espesura de los abetos. Hav, entre esos GRATZ. PUENTE DE R A D E T Z K Y AL PIE D E L SCHLOSSBERG PARQUE MUNICIPAL DE GRAT Z viejos castillos ruinosos, uno más viejo y más ruinoso quej todos los demás; apenas si quedan de él unos bastiones ¡y un lienzo de muralla. Es! el de Goslig, residencia de j los primeros Habsburgos de la rama de Estiria; a l i a por el siglo x n cuando vivían entre estas murallas aquellos señores feudales, no podrían soñar nunca que su raza llegara a tan altos destinos y fuera un día señora de todo el corazón de Europa. Pero creerían menos aún al astrólogo que les descubriese el fin de todas sus grandezas. En ¡a ciudad hay un Museo, apenas visitado, como sucede con casi todos los Museos de provincias. En las amplias salas de su biblioteca se alinean millares y millares de lloros, esperando un día y otro, inútilmente, la caricia de unos dedos sobre el filo de sus páginas amarillas; en otras estancias holgadas brilla el oro viejo de las joyas antiguas y de las monedas de relieves desgastados por el roce de tantas manos que temblarían de gozo y de codicia al recibirlas... Y acaso la nuestra se despierte, si por azar estaba dormida, al contem-