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Gabriel de Espinosa no podía olvidarse de lo que Sayda Mirian había sido, de lo que era, de los sacrificios que por él había arrostrado, del inmenso amor que reducía a Sayda Mirian a la triste y dolorosa situación en que en aquel momento se encontraba. Gabriel de Espinosa sabía cuánto le amaba Sayda Mirian, pero nunca hubiera creído que aquel amor hubiese resistido a tal prueba. Sayda Mirian estaba allí como si nada absolutamente le hubiera importado que Gabriel de Espinosa amase o no a otra mujer, como si sólo hubiera sido la nodriza. ¡Y de tal manera, con tal fuerza de voluntad sostuvo Sayda Mirian esta ficción, que doña Ana dejó de sufrir, porque dejó de estar celosa, y se acercó sonriendo a Sayda Mirian y la tomó de los brazos la pequeña Gabriela. Afortunadamente, la niña se parecía de una manera completa a Gabriel de Espinosa y sólo tenía de Sayda Mirian la pureza de las formas y lo fuerte de la hermosura. Pareció como que Gabriela comprendió por instinto la situación, y rechazando a doña Ana se volvió a Sayda Mirian y ocultó su pequeño semblante en el seno de su madre, lo que contrarió fuertemente Ta irreflexiva altivez austríaca de doña Ana. Sayda M i rian sintió en su alma una alegría infinita, que no salió, sin embargo, a su semblante. -Perdonad, señora- -dijo Sayda Mirian- pero los niños no saben lo que hacen; no os conoce, y por lo mismo os extraña; cuando os vea algunas veces más, será completamente distinto, porque mi Gabriela, es excesivamente cariñosa. Sayda Mirian pronunció a uel mi Gabriela de una manera ardiente, lo que nada tenía de extraño, porque hay nodrizas que aman a los niños que crían como si fueran sus madres. Pero el movimiento natural de la pequeña Gabriela ofendió de una manera grave la exagerada altivez de doña Ana, que prescindió desde aquel momento de la niña, la tomó una especie de odio, y cara disimular dirigió la jsalabra a, Sayda Mirian. irrite; pero tú vas a verla y juzgarás mejor de ella por lo que en ella veas que por todo lo que yo te diga. ¡Q u e voy yo a verla! -dijo palideciendo denr sámente Sayda Mirian. -Es necesario; me he excusado ya tanto, que el continuar excusándome sería causar sospechas que deben evitarse de todo punto, porque una sospecha podría causarnos desgracias incalculables; ve ahí por qué te he dicho que ha sido una imprudencia tu venida a Madrigal. -Iré a ver a esa mujer- -dijo con acento de tris- te resignación la sultana- ¿Y cuándo? -En el momento, María. Como que he venido contando con que comprenderías la necesidad de ceder a los caprichos de doña Ana y me seguirías. Sayda Mirian se levantó, tomó una toquilla, se la puso con suma gracia sobre los magníficos cabellos tomó en sus brazos a su hija, la acarició y dijo a Gabriel: -Estoy pronta. Gabriel sintió una sensación amarga en el alma, al comprender hasta dónde llegaba la abnegación del amor de Mirian y salió de la estancia en silencio, seguido de ella. Era ya por la arde; a aquella hora solía salir. Mirian con su hija a pasear por el campo. Los estudiantes lo sabían, y a aquella hora, con la esperanza de verla, llenaban la pastelería. Gil López estaba de enhorabuena, porque, a causa de Mirian, a quien él, como todos, creía simplemente nodriza de la hija de Gabriel y de una gran señora, hacía una gran venta de pasteles. Cuando Sayda Mirian cruzó esbelta, gentil, hermosísima, el despacho de la pastelería, los estudian- tes todos, como gente que nada teme y que nada: respeta, a pesar de que iba con Gabriel, la saludaron ruidosamente y se cruzaron de todas partes las galanterías y los requiebros. Gabriel pasó serio y grave, y Sayda Mirian modesta e indiferente. Cuando llegaron al convento, Gabriel se hizo anunciar a doña Ana, e inmediatamente fué recibido. Mirian, se vio obligada a pasar por una u n e va humillación; porque, cumpliendo con la etiqueta, sé íjuedó esperando, en la antecámara. Pero age
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