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taciones para las parejas que sientan de pronto la. necesidad de descansar de tan largo viaje; depósito de bencina y taller de reparación de automóviles. Estamos entrando en los campos de Waterlóo. E l guía se encarama en la primera banqueta del coche y, provisto de una bocina, nos explica, primero en francés y luego en inglés, la significación bélica del paisaje. Es un hombre pequeño y menudo de carnes, que habla atropelladamente, como si recitase una lección. Su cara lampiña, de un vivo escarlata, nos hace suponer que los coqueteos de este su- jeto con la Historia le han conducido al alcoholismo. Algunos excursionistas le oyen con la boca abierta. Otros prefieren consultar el plano y el folleto de Libesh, que está muy documentado. Desde esta granja seguía Napoleón las peripecias del combate, satisfecho de su primera fase. Como nadie se apea, reanudamos la marcha. E l coche se detiene ante una casa, de pobre aspecto, que fué el cuartel general de Wéllington. Entramos. E l portal da acceso por la derecha a una taberna, en la cual unos cuantos clientes poco apasionados de la gloria militar SBr. ¿Y CAPILLA D E LA GRANJA HOUGOMONT INTERIOR D E LA GRANJA HOUGOMONT, TEATRO D E ENCARNIZADOS COMBATES comen salchichas y beben cerveza. ¿Subiremos? Y o he visto ya lo que hay arriba; la cama en que dormía él generalísimo inglés, la mesa en que trabajaba su Estado Mayor, los planos, las armas recogidas en el campo de batalla, que cuelgan de las paredes, y los esqueletos encerrados en las v i trinas de cristal. Una nueva visita a aquellos recuerdos no me va a enseñar nada inédito; pero alguien que me acompaña muestra una legítima curiosidad, y vuelvo a entrar en la alcoba de Wéllington. Las mujeres no sienten en presencia de los trofeos militares más que una emoción de horror, lo que demuestra que en. el fondo prefieren sus armas, que no detonan, ni pinchan, ni cortan, a las nuestras. No hay modo de que comprendan el heroísmo: ni el que estriba en jugarse la vida por un ideal ni el que consiste en soportar en silencio sus arbitrariedades y sus caprichos. M i encantadora amiga, que es americana, no se considera obligada a conmoverse ante la gloria de un general inglés que batió al primer soldado de Europa. Lo que estamos viendo la entristece y enoja. -Espere usted un poco- -la digo- Por ahí cerca debe haber un dancing... Y en efecto, apenas. salimos, el autocar nos recoge y nos lleva a uña pradera, desde la cual se abarca plenamente el monte de San Juan, que parece: tin cono truncado, de anchas bases, revestidas de césped. Fué el foco de la batalla. Aquí vino, retirándose desde Los Cuatro Brazos, el generalísimo inglés, resuelto a cubrir con sus divisiones el camino de Bruselas. Las fuerzas del Emperador de los franceses vivaqueaban enfrente, a tinos tres kilómetros hacia la derecha. Hoy no hay por estos contornos más que apacibles casas de labor, merenderos y un dancing. M i amiga la señorita americana está contenta porque acaba de oír, no un clarín de guerra, sino los primeros compases de un tango... -Es lástima- -íá digo- -que no surja por aquí uno de los muchachos morenos, un poco pálido, peinado con la raya al medio, que la entusiasman a usted... Bailarían ustedes sobre las cenizas de los héroes de Waterlóo... -Sí, es lástima; pero ya me desquitaré en París... Mientras ella toma el té, sin dejar de mirar a todas partes, porque, según me ha confesado con excusable candor, no puede vivir sin los homenajes constantes de todos los honores que haya a la redonda, yo me pongo a meditar. Waterlóo no interesa porque en, sus campos triunfaron los ejércitos aliados de las divisiones francesas. Esta llanura, entapizada ahora de hierbas forrajeras que devora tranquilamente el ganado, es inmortal porque fué la tumba militar de Napoleón. Wéllington es una gloria britá- nica, que resume las cualidades de su raza: una inteligencia clara y lenta, una sangre fría inalterable y un estoicismo a toda prueba. E n el curso de la batalla no brota de su pensamiento un rasgo genial. Es un táctico adocenado con fortuna. Comparado con Bonaparte, es, militarmente hablando, un mitins habens. Desde el principio del combate dispone de más elementos que su adversario, y, a pesar de esa superioridad, es bati-
 // Cambio Nodo4-Sevilla