Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ai acoleí de yorfíoüa NO de los rincones más curiosos de París es el barrio de los mercados centrales. Y no sólo porque en torno a ellos todavía subsistan mudhos- vestigios de la vieja ciudad, comenzando por las calles, oue conservan nombres gremiales, como la de la Ferronería y la de la Cochinería, y por as bellas iglesias, camo esa de San Eustaquio, en la que el gótico florido de fines del siglo xv se alia ya al estilo renacentista, sino porque aquel laberinto de rúas, que parecen más sombrías por el tono obscuro de los edificios seculares, recibe todos los días, como un tributo fabuloso que a su vez reparte cotidianamente, la riqueza comestible de la opulenta tierra de Francia. L a flora y la fauna francesa, desde Flandes al Rosellón y desde el Póitou a Borgoña, parecen derramarse allí todas las alboradas de un imaginario y gigantesco cuerno de la abundancia, del que también salieran caudalosamente los peces plateados, dorados, verdosos y rojizos del Mediterráneo, del Océano y de los ríos que a ellos van a morir lentamente. Pues en ese barrio popular y populoso- -en el que acaba de demolerse e! último mesón de donde partían las diligencias hace un siglo- hay un restaurante que tiene por enseña, como en el tiempo antiguo, un gran caracol de oro. U Nada revela al exterior, si no se posee el arte de adivinar por indicios que se trata de un comedor de lujo. E n la vitrina, entre las cajas de frutas decorativas, como de Exposición hortícola, y las botellas telarañosas de los ilustres vinos del país, suele -De ningún modo- -protesté. -E ase usted. E l restaurante está muy bien. Los probará y, si no le gustan, pediremos otra cosa. Con dificultad hallamos donde sentarnos. Porque todas las saletas- -no decoradas al gusto normando que prevalece en las hosterías modernas, sino con arreglo a ese estilo de nuestro Lhardy de mediados del siglo xix- -estaban ocupadas por un público elegante, compuesto principalmente de ingleses y de americanos, cuyas compañeras exhibían con negligencia sus collares de haber en una bandeja una pirámide de esos caracoles que en el Levante español llaman serranos, sino que mucho más grandes y limpios, como si también se destinaran a un concurso. Los caracoles, en otro tiempo, como todos los moluscos terrestres, me inspiraban un vago horror, y. a cualquier cosa me parecían destinados menos a la nutrición humana. Hasta que ese amigo filantrópico con que todos tropezamos algún día me invitó una vez a comerlos. perlas auténticas y sus brillantes como manantiales de chispas multicolores. Comensales exigentes, sin duda. L a blandura de la alfombra, el silencio, la profusión y la presteza de los fámulos, el aspecto macizo y variado de los utensilios de plata, una porción de detalles que era posible percibir de una ojeada, me dieron la certeza de que allí se comía bien. De lo que no podían convencerme previamente era de que me iban a gustar los caracoles. Pero el camarero aportó la bandeja plateada en que humeaba una docena de los humildes gasterópodos, hundido cada uno en un hueco u hornacina, de la que se exhalaba un aroma apetitoso. Nos habían provisto de unas pinzas y unos tenedores especiales; el Graves fresco empañaba el fino cristal de las copas. Y el escenario y la aparente calidad de los demás comensales parecía como si afinasen y depurasen el vigoroso olor a ajos que de los caracoles se exhalaba. ¿Qué le parecen? -me preguntó mi anfitrión cuando los hube probado. -Que va usted a tener que pedir otra docena, i- Sin remilgos, con una delicadeza de maneras que hacía honor a sus hábitos de elegancia, las damas y damiselas británicas y yanquis se iban comiendo su porción congrua de caracoles y, lo que me parecía más insólito, absorbiendo la salsa exigua, pero terriblemente aromática, de que venían provistos. E l ajo español, mediterráneo; el ajo que al propio Quevedo parecía tan castizo, y que literariamente diríase asociado a personajes como Sandho Panza y Tartarín de Tarascón, tomaba en aquel restaurante parisién de lujo su desquite, en compañía del SE VA INTRODUCIENDO CADA CARACOL EN SU C O N C H A
 // Cambio Nodo4-Sevilla