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SE VENDE EN FRANCIA EN LAS SIGUIENTES POBLACIONES: BEZ 1 ERS BIARRITZ B I L L T MONTIGNY BOURDEAUX BOUGIE B A G N O L E S D E L ORÜE B I A C H E SAINT VAAST CANNES ATJCH CARCASSONNE ARGELES CARMAUX AIX COUZON BAGNERES D E CASTRES BIGORRE CERBERE BAGNERES DE CETTE LUCHON CAP D AIL BATONNE CALAIS B E S ANCÓN V I O T T E DAX AGEN AIRE- S L ADOUR ALBI ALGER A M E L I E L E S BAINS ANGOULEME ANTIBES ARCACHON ESPERAZA FOIX FONTAINEBLEAU GRENOBLE HENDAYE J U A N L E S PINS JOIGNT LA NEGRESSE LE HAVRE LILLE LONGWX EST LOURDES LYON MARSEILLE MENTÓN MONACO MONT D E MARSAN MONTE- CARLO ST. J E A N D E L U Z MONTPELLIER ST. R A P H A E L MULHOUSE STRASBOURG MIRAMONT SALIES D E B E A R N NANTES SALIES S C H E R NICE ST. A U B A N NARBONNE TARASCÓN S A R I E G E OLORON STE. MARIE T A R B E S RAISON TOULOUSE PARÍS TOURS PAU THIERS PERPIGNAN VENISSIEUR PORT VENDRES VICHT PERREGAUX VTLLEL POITIERS ROUBAIX VILLENEUVH ST. E T I E N N E VITTEL Encontrará usted ABC en París en los principales quioscos y librerías y en las bibliotecas de las estaciones. PRECIO AL PUBLICO EN FRANCIA: Número ordinario, 0,60 francos. Número extraordinario, 1 franco 226 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ E L PASTELERO D E MADRIGAL 1 ¡27 y romper con su conciencia y con sus deberes. Sayda M i r i a n no había podido olvidar que doña A n a de Austria era hermosa, que amaba a Gabriel, que era sobrina del Rey, y el único medio por el cual podía Gabriel llegar al logro de sus proyectos. Así las cosas, llegó el día 4 de septiembre de 1578. Aquel día, por la tarde, entró en el pueblo una verdadera cabalgata, de esas que acompañan en sus viajes a ¡os grandes señores. U n a nube de criados, de mozos de espuela y de acémila, y tres grandes coches, dos de los cuales iban vacíos, porque en el uno de ellos, por ir acompañados, iban los dueños de los tres. Estos tres señores eran portugueses, y muy ricos, a juzgar por el número y la calidad de los criados. Eran el duque de Coimbra, el marqués de Almeida y el conde de Novoa, diputados que la nobleza de Portugal enviaba para reconocer a G a briel de Espinosa. E l duque de Coimbra era un señor viejo, altivo y finchado como buen portugués; bien que en esta parte nada le cedían el marqués de Almeida y el conde de Novoa. Todo cuanto se diga acerca de un señor portugués de aquellos tiempos es insuficiente para dar a conocer lo que aquellos señores eran, ni comprendemos tampoco cómo aquellos señores podían sufrir Rey ni reconocer superior sobre la tierra, ni otra superioridad que la de Dios, y aun así, estándose Dios en el cielo, porque de otro modo, bajando Dios a la tierra, aquellos señores estaban muy expuestos a incurrir en la soberbia de creerse tanto como Dios. Conocíase esto en su gravedad, en la majestuosa compostura de su mirada, en lo pausado y grave de sus palabras, a pesar de que iban solos en el carruaje y los tres eran iguales entre sí. Por lo demás, cuando llamaban a alguno de sus servidores, en la manera de hablarle se comprendía que no consideraban hombre a aquel hombre, sino un ser de distinta raza, una especie de cosa que se pagaba para que sirviese lo mejor que pudiera y que debía tratarse completamente de alto a bajo y con una poca más de consideración que a un animal. Pero lo que no podía comprenderse era que con tanta soberbia aquellos nobilísimos señores no hubieran muerto todos reventando de so- berbia al verse mandados por el duque de A l b a que, como ya hemos dicho, era siete veces más insoportable que un Rey. U n a hora antes, habían entrado en la villa tres mayordomos y algunos lacayos, criados de aquellos tres señores, que habían recorrido todas las casas de posada de Madrigal, alborotando la villa, por ¡a cual corrió muy pronto la noticia de que llegaban tres grandes señores portugueses con más de sesenta criados. Este alboroto no consistía en que la venida de aquella nobilísima gente fuese una cosa nueva y extraña para Madrigal, porque, como ya hemos dicho, a causa de doña A n a de Austria y de la influencia que ésta tenía con su tío el Rey don Felipe, la estancia de grandes personajes en Madrigal era cosa a la que los de l a villa estaban muy acostumbrados. Por lo que alborotaba la venida de los portugueses, no era porque se supiese el objeto de la ida de aquellos señores a Madrigal, porque esto era un secreto político perfectamente guardado, sino porque, soberbios en todo, nadie gastaba tanto como Ros portugueses, y daban tanto a ganar a las gentes de trafico, que venían a ser el mayor número de los habitantes de la villa. Abrieron éstos los ojos de a palmo para ver mejor y servir mejor a los portugueses, y las bolsas para recibir el d i nero que los portugueses debían soltar a manos llenas. A l mismo tiempo, un jinete, con trazas de soldado, sobre un cuartago enorme, llevando la dirección de Medina del Campo a Madrigal, pasó a buen andar junto a la especie de convoy de los portugueses, los adelantó, entró en la villa, se dirigió, sin detenerse en ninguna parte, al convento de monjas de Nuestra Señora de Gracia la Real, entregó un pliego para doña A n a de Austria de parte del R. ey, pidió el recibo, se lo dieron, volvió a montar a caballo, se fué en derechura a la plaza, echó pie a tierra en el soportal de la casa de don Rodrigo de Santillana y se hizo anunciar de orden del Rey al alcalde. Inmediatamente fué introducido. -Y a era tiempo de que alguien viniese de allá! -dijo don Rodrigo de Santillana- ¿Quién os en ía, hidalgo? JK.
 // Cambio Nodo4-Sevilla