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Saludáronse cordialmente Santillana y Portocarrero, y el primero, dijo al segundo: -Paciencia os mando para lidiar con los frailes, las monjas, los escolares y los vecinos de M a drigal, que no parece sino que el diablo se ha apoderado de una villa que era antes tan pacífica y que tan poco daba que hacer; allá os encontraréis la mitad de los habitantes de la villa metidos en l a cárcel, y tan vírgenes de proceso, como a muy pocos se les ha tomado declaración; componeos vos allá como podáis, que en cuanto a mí, si no fuera por lo que me sé y lo que Dios sabe, seria un día de contento éste, en que me veo libre de Madrigal. -A l l á nos compondremos como podamos, señor don Rodrigo; y en último caso, con ahorcar a la m ¡7 tad de la villa y enviar a la otra mitad a galeras, yo os juro que se queda Madrigal más tranquilo que un cementerio. -O s aconsejo que antes de todo pidáis consejo para hacer justicia a l a señora doña A n a de A u s t r i a porque de no, tendréis mucha razón, pero vuestra razón os valdrá lo que me ha valido a mí la mía, y os enviarán, como a mí, a vuestra sala, sin deciros el porqué. -Pues en haciendo lo que vos habéis hecho, esto es, manteniendo sin doblar nuestraxvara, habremos cumplido con Dios, con el Rey y con nuestra conciencia. -A s í lo creo; conque adiós, señor don L u i s P o r tocarrero, que ya es bien de noche, y nos queda a entrambos mucho camino. Estrecháronse las manos los dos alcaldes, y sí- guieron, Santillana para Valladolid, Portocarrero para Madrigal. Veamos el pliego del Rey que había recibido doña IAiia de A u s t r i a Señor don Rodrigo de Santillana. -Mi muy estimado amigo: Y o no sé qué enemigos tenga vuestra mercedj o qué cosas haya hecho vuestra merced en deservicio del Rey nuestro señor, que S u Majestad, en lo poco que habla, me ha dejado conocer que está contra vuestra merced, no tan enojado que tenga yo que advertirle que se encuentra en peligro, pero sí lo bastante para que viva avisado y mire lo que hace, no sea que S u Majestad le encuentre tan buen servidor que pueda avenirle por ello a vuestra merced algún trabajo. S u M a jestad es tan recto y quiere las cosas tan en balanza, que es necesario estudiar mucho para ponerse en el gusto de Su Majestad; bien lo- sé yo esto, como quien teniendo sobre sí los gravísimos cuidados de esta gran República vive hace algunos años al lado del señor Rey don Felipe, que es tan gran Rey que no parece sino que Dios le da fuerzas para sobrellevar tanto peso y le ayuda con su divina sabiduría para salir adelante de tanto y tanto gravísimo negocio como le rodea. Y viniendo ahora a las pocas palabras que. de acerca de vuestra merced he oído al Rey, allá van, para que vuestra merced las estudie, y las dé vueltas, y las digiera, y sepa a qué atenerse; porque yo, ni sé qué piense ni qué diga a vuestra merced; porque cuando el Rey me dio la minuta del decreto que recibirá vuestra merced con esta carta, dijo como para sí y OTO quien no cree que le escuchan; Alcaldes son éstos que valen tanto, que es cosa de no saber cómo pagarles. Despegósele la carne de los huesos a Santillana al leer las anteriores palabras y se le nublaron los ojos, hasta el punto de serle necesario hacer un violento esfuerzo para seguir leyendo; por fin sus ojos vieron, y continuó: Y a se le alcanza a vuestra merced, que es hombre de experiencia, que las palabras que yo oí al Rey son tales, que quien conozca algo, a Su Majestad no sabría decir si son un favor 0 un disfavor; porque una de las cosas más difíciles que yo encuentro para los que en cualquier oficio andan a l lado de Su Majestad, es saber cuándo está contento o enojado, y acertar con el enigma de sus palabras; y como vuestra merced verá cuando lea