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Y de tiempo en tiempo se oía: ¡V i v a n los nobles portugueses! L a vanidad del duque de Coimhra y de sus dos ilustres compañeros, y la de todos lqs portugueses que allí iban, se sintió satisfecha. Así llegaron a a pastelería de Gabriel de E s p i nosa, que era la mejor posada que habían encontrado en el pueblo los mayordomos, o por mejor decir, el lugar fijado para la estancia, aunque por disimular se habían visitado algunas otras posadas. Duraron las luminarias, los repiques y la algazara hasta la oración de las ánimas, en que el corregidor, que rondaba para evitar otro alboroto que fuese peor que el pasado, fué rnandando a los que andaban por las calles se recogiesen a sus casas. Callaron las campanas, se apagaron las luces y Madrigal quedó desierto, envuelto entre la sombra y ¡el silencio. CAPITULO IX L os tres magnates portugueses ocupaban una gran sala en el piso superior de la. pastelería. E n aquel piso sólo habitaban ellos entonces, y al otro extremo de un corredor, Gabriel de E s p i nosa y Sayda Sí irían cpn su hija. G i l Pérez, los mozos y las criadas de la pastelería dormían en el piso bajo. L o s tres mayordomos de los tres señores habían sido aposentados también en el piso bajo. Los demás criados estaban en otras posadas. E, l duque de Coimbra sabía, porque así se lo había escrito, fray Miguel de los Santos, que ía noche que pasase en Madrigal, al dar las doce, abriese la puerta de su aposento y viese si frente a ella, al otro extremo de un corredor, se veía otra puerta abierta, y tras aquella puerta el reflejo, de una luz. E n este caso los tres señores debían abrir silenciosamente su puerta, atravesar sin hacer ruido el corredor, procurando que no se sintiesen sus pisadas; pasar de aquella puerta, abierta, cerrarla y. llamar re? del indulto dei Rey, envió la carta de gracia a l corregidor de la villa, que, como sabemos, estaba preso en su casa por don Rodrigo, y que se encontró legítimamente libre por la carta de gracia djel Rey, y en el mismo punto se fué a la cárcel a darla cumplimiento, poniendo en libertad a los presos. Después, y con toda la solemnidad de pregón real, la carta de gracia fué publicada en la plaza y en los demás lugares de costumbre de la villa, en medio, de una multitud frenética de alegría, que vitoreaba a l Rey y a doña A n a de Austria. Cuando el duque de Coimbra, el marqués de A l meida y el conde de Novoa entraron en Madrigal, era de noche, y lo que vieron les causó una indecible satisfacción portuguesa. N o había casa, por pobre que fuese, en Madrigal, en que no hubiese como iluminación l menos un pobre candil, y las campanas de la villa repicaban, y los vecinos, viejos, mozos, mujeres y niños andaban de acá para allá, ebrios de alegría. Como los buenos señores portugueses habían enviado delante sus mayordomos para que les buscasen hospedaje, el diablo se les metió en el cuerpo, les removió la vanidad y creyeron no menos que sabedores los de la villa, por sus mayordomos, de que tres altos personajes iban a honrarla, no habían podido por menos de iluminar sus casas y echar a yuelp. las campanas para recibirlos. EÍ duque de Coimbra mandó hacer alto, llamó su secretario, y del mismo modo llamaron a los suyos ios otros dos señores y les mandaron que descargasen de las acémilas! maletas en que iba el dinero y fuesen algunos criados arrojando monedas a las gen tes, para corresponder de este modo al digno recibimiento que les- hacía Madrigal. Hízose así, y los de la villa que veían aquéllo no acertaban por qué los criados que iban a caballo dejante de los coches arrojaban a derecha e izquierda dinero, pero lo recogían con algazara; y la gente acudía y se aumentaba en derredor de los criados que, serios y graves, como buenos portugueses, arrojaban de cuando en cuando puñados de monedas de plata. A cada momento, los tres señores, engañadps por aquella algazara, se pavoneaban más, cuando he aquí que un pobre clérigo que acertó a pasar y yió aquello dijo a log criadosj a a as
 // Cambio Nodo4-Sevilla