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I I deje usted ele leer lodos los dominaos nininiMiDiin que es UN P 0 R T F 0 L 1 0 por la diversidad de sus fotografías. U N L l B R 0 por la abundancia de su texto. UN M U S E O por la belleza de sus planas artísticas; y UN R E Q A L 0 por la baratura de su precio, i: i: ffl 3 ¡i: ii: Hai; i; i! o: BiiinBi! i! ii! i i; ¡maiBi. ii! 4 peseta el ejemplar en lodía España. 238 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL PASTELERO D E MADRIGAU 23 S ¿P o r qué tiráis dinero, como si se tratara de bautizo de príncipe o boda de Rey? -Mándanlo así sus excelencias el ilustrísimo señor duque de Coimbra, y el ilustrísimo señor marqués de Almeida, y el ilustrísimo señor conde de ¡Novoa- -dijo en portugués, reventando de hinchazón, uno de los criados. ¿Y por qué mandan eso vuestros amos? -dijo admirado el clérigo. l- -P a r a corresponder como nobles portugueses al recibimiento que les hace la ilustre villa de Madrigal. Soltaron l a carcajada, no sólo el clérigo, sino también la multitud que rodeaba a los criados, que se pusieron pálidos de cólera al ver que se burlaban ¡de ellos. ¿Y por qué os reís? ¡Cuerpo de Cristo! -gritó Jluera de sí, echando mano a l a espada y mirando ¡fosco en torno suyo. ¿P o r qué nos hemos de reír, sino porque estáis locos? -dijo un estudiante de los que acababan de jser puestos en libertad. ¡A h castellano r u i n! Pues ya verás si estamos locos o no- -dijo el portugués tirando de la espada y echándole el caballo encima al estudiante, que se ¡hizo atrás y soltó el trapo a reír, a l mismo tiempo que caía una tempestad de silbidos sobre los portugueses. E l acometedor dejó caer el brazo, y se quedó iñudo y helado. Aquellos silbidos habían herido de muerte su v a nidad, y como criado portugués de un gran señor, muerta su vanidad, era hombre muerto. Oyóse entonces, partiendo de uno de los coches, una voz que gritaba: -Sebastián, Sebastián, ¿qué es eso? Sebastián no contestó por la sencilla razón de que Se había quedado convertido en una estatua y no oía. -E s t o es, señor- -dijo el eclesiástico que había hablado antes, acercándose al coche- que vuestra excelencia se h a engañado. ¿Y por qué me he engañado yo? -dijo con énfasis e l duque de Coimbra. -Porque vuestra excelencia ha creído que las l u minarias que se vea en la. calle y el repique de las x v campanas es por la venida de vuestra excelencia a Madrigal- -dijo mesuradamente el clérigo. ¿Y por qué son si no? -dijo con doble énfasis él duque de Coimbra. ¡A h señor! P o r un magnánimo rasgo de ¡clemencia del Rey nuestro señor. Sabed que sin l a real carta de gracia que esta tarde se ha pregonado, dentro de poco hubieran sido ahorcados muchos i n tfelices y echados a galeras infinitos hombres; hoy, por la clemencia de nuestro amado Rey, todos esos desgraciados están libres; sus familias los harí visto volver perdonados, y sin que nadie se lo mande, el vecindario ha encendido luminarias y se han echado a vuelo las campanas; todos andan locos de alegría, porque hubiera sido horrible ver tanta muerte, tanta desdicha, tanta familia desesperada. Dios bendiga al Rey nuestro señor y le proteja; oíd. E n aquel momento una turba que entraba en l a calle gritaba con frenesí: -i V i v a nuestro señor el Rey don Felipe! ¡V i v a la señora doña A n a de A u s t r i a! Y los vivas se repetían sin cesar. -Y a lo veis, señor- lijo el clérigo- en Castilla no se encienden luminarias n i se echan las campanas. a vuelo más que por Dios y por el R e y j ¡y si siempre fuera por esta causa! ¡S i los Reyes Supieran que val e más y a más obliga la clemencia que el castigo! Quedóse el duque de Coimbra tan sin voz y tan hecho estatua como se había quedado antes su m a yordomo pero recobrándose, d i j o -Y bien, no importa; personas somos los que aquí venimos que bien merecemos las luminarias y ¡los repiques. Y luego gritó, asomándose más por l a portezuela: ¡Sebastián! Sigue arrojando dinero por el duque de Coimbra, en albricias de l a clemencia del Éev, nuestro señor: ¡viva el R e y! E l nombre del duque de Coimbra, unido a aquel rasgo de generosidad y a aquel viva al Rey, cambió tomo por encanto l a disposición de ánimo de los buenos y expansivos castellanos, que siguieron adelante hacia la plaza rodeando los coches, recogiendo el d i nero que arrojaban los criados v gritando c p V u n crecienlfe entusiasmo.
 // Cambio Nodo4-Sevilla