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I TMiil 1 g e n lóela E s p a ñ a nn un ti n nn t i IIIJII I I I I I I I Í P W B I I I W J I W F E R N A N D E Z Y GONZÁLEZ E L PASTELERO D E MADRIGAD 243 razón palpitante y la abrieron. A l fondo de un espacio obscuro as veía una puerta abierta a causa ¡del reflejo de una luz. Ninguno de los tres personajes dio un paso; los tres se miraron pálidos y, conmovidos. i E r a aquella una situación solemne. -S i no se nos ha engañado- -dijo el duque de ¡Coimbra- dentro de poco vamos a ver a nuestro noble y desgraciado Rey don Sebastián. ¿Os acordáis vos bien de él, Almeida? ¿Y vos, Novoa? -i Oh, sí! -dijo Almeida- Le he tratadeí har to; y luego, yo estaba a su lado aquel funesto día en Alcazarquivir; el Rey había perdido el yelmo, (peleaba con la cabeza descubierta, recibió una herida ten la cabeza, vaciló, pero no cayó, y siguió arremetiendo. -Poco después recibió una herida en la mano izjquierda- -dijo el conde de Novoa- y, sin embargo, no perdió las bridas. -Yo había caído antes de que el Rey perdiese el (yelmo- -dijo el duque de Coimbra- yo caí al caer el estandarte real, después de haber visto al Rey herido en la cabeza. -Yo fui hecho cautivo algún tiempo después- -dijo leí conde de Novoa- y ya no vi al Rey, que se había revuelto con los jinetes moros. -Yo le conocería en el juicio final entre todos los muertos- -dijo el duque de Coimbra- yo estoy seguro Ide reconocerle si está vivo, como reconocí su retrato cuando hace algunos años nos le presentó ea Lisboa aquel enviado de la República de Venecia. -Como le conocimos todos- -dijo Novoa. -Pero un retrato no es un hombre; ¿estáis seguros, amigos, de que reconoceréis sin equivocaros al Rey don Sebastián? i- ¡Sí, por mi honor! -dijo Almeida. ¡Sí, por mi honor y por la salvación de mi alma! -añadió Novoa. -Tened presente, caballeros- -dijo, creciendo en (solemnidad, el anciano duque de Coimbra, bajando la voz, que se hacía a cada momento más conmovida, atrayéndolos a sí asidos por las manos- tened muy en memoria que si cuando nosotros volvamos a Portugal decimos en voz muy baja, pero que, sin (embargo, resonará en el corazón de todos los 1 i- portugueses, que nuestro Rey vive, que está en Cas- Itilla, que le hiemos hablado (y el duque de Coimbra agitaba cada vez con más fuerza las manos de sus amigos) Portugal entero se preparará en silencio al combate, y cuando una noche digamos con la voz tíe una campana: ¡Alzaos, portugueses, vuestro Rey jpisa ya las playas de Lisboa! ¡A combatir, a perder la vida por don Sebastián y por Portugal! no habrá un solo brazo portugués en Lisboa que no esté armado, no habrá un solo brazo armado que no hiefra, no habrá un solo corazón que tiemble; pero para triunfar necesitamos de la ayuda de Dios, y no po ¡demes tenerla si no tenemos de nuestra parte la razón y el derecho; si el hombre a quien vamos a ver es el Rey don Sebastián, para saber lo cual hemos rvenido, la razón y el derecho son nuestros, porque tel Rey don Sebastián es el Rey legítimo de Portugal, si vive. Pero si es un impostor, si nos engañamos, por desgracia, el Rey legitimo de Portugal, doloroso es decirlo, pero es cierto, es el Rey don Felipe. Ved, pues, cuánto importa que no nos engañemos ved, pues, cuánto es necesario que no nos deijerrros alucinar por las apariencias y por el deseo. -Estoy seguro de no. engañarme; si la persona que vamos a ver dentro de un momento no es el Rey don Sebastián, si es un impostor, le mato como un perro- -dijo enérgicamente Almeida. -Y yo- -dijo Novoa. -Y yo también- -añadió el duque de Coimbra- ahora bien, amigos míos, vamos a salir de dudas. Los tres salieron, se encaminaron silenciosamente a la puerta que se veía al otro extremo del correidor, pasaron por ella y llamaron con recato a otra; puerta que había- dentro del aposento. Abrióse aquella puerta, y el duque de Coimbra y Jos otros dos señores retrocedieron. Quien había abierto la puerta era Sayda Mirian. Pero no Sayda Mirian con el humilde traje de campesina castellana, sino Sayda Mirian con un magnífico traje de dama veneciana, con los cabellos bellamente peinados, pero sin una sola joya de precio. ¡Sayda Mirian no las tenía ya. Estaba tan hermosa con su traje de terciopelo jnegro, severo y. sencillo; rebosaban de ella tal majestad y Jal dominio; resplandecía tanto su herraqs
 // Cambio Nodo4-Sevilla