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ABC. S Á B A D O i. D E F E B R E R O D E 1930. E D I C I Ó N D E A N D A L U C Í A P A G 10 cabe la figura gigantesca, que ya cada lector evoca a se manera y lleva en la mente y en el corazón, soñada a su vez, según su sensibilidad, por las sugerencias maravillosas del sueño de Cervantes. N o quiere don Quijote estar sentado, ahilándose el seso, entre mamotretos tomados de orín y libros de aventuras, desde Tirante, el Blanco hasta Orlando Furioso; no se contenta siquiera con trotar a lomos del escuálido Rocinante, no; vuela, vuela en su Clavileño ideal, y escapa a todas las prisiones que quieren limitar su realidad. Cervantes le enterró y colgó la péñola, t ú naciste para obrar y yo para escribir exclamó, y a ú n puso debajo, seguro de lo inmaculado de su genio, aquello de: Tate, tate, folloncicos, de ninguno sea tocada ¿N o se podría dulcemente- -yo ignoro el tramite- por la vía diplomática, impedir que los yangüeses sigan moliendo a palos, como a cibera, a nuestro insuperable caballero? Decíamos que ni en el lienzo de un pintor, y ¡sin embargo... Él cronista, antes de alejarse de Barcelona, fué a consolar su tristeza por Cervantes en el recinto del Pueblo Español. Allí un pintor manchego, Carlos Vázquez- -su nombre excusa todo elogio trivial- con la ayuda del escujtor valenciano Vicente Navarro, ha sintetizado en seis dioramas el espíritu aventurero del Caballero Andante. Carlos Vázquez, el sentimental autor de El torero herido, el retratista aristocrático, captador de bellezas, que envuelve en sedas, gasas y flores, de una milagrosa calidad, sintió su tierra al influjo del Quijote, y enmarcó la Mancha cervantesca, su rincón castellano, y le dio su verdadera luz y colocó en ella como figuras de talla Berruguete, Salzillo, Montañés, a los héroes del poema inmortal. Todos diferentes de estilo los seis dioramas, la buena interpretación avalora y embellece la calidad inferior del procedimiento. Estas sí que no son fallas valencianas, como los dioramas históricos del palacio Nacional. U n prestigio literario, que ni el pintor ni el escultor olvidaron, ennoblece la escenografía. L u z de luna, ensueño, misterio, en la vela de las armas en la venta y en la bóveda profunda y estrellada que hiende Clavileño; un aire rembranesco en la cueva de Montesinos; una realidad velazqueña en el discurso de las armas y las letras, rodeado el héroe por los cabreros; un impresionismo a lo Sorolla, a pleno sol, en la aventura de los molinos, y una emoción profunda, indescriptible, en la muerte del héroe, rodeado el lecho por el cura, el ama y la sobrina, mientras un rayo de. sol nimba la testa angulosa de Alonso Quijano, el Bueno, y Sancho solloza en una silla, y yacen en un rincón adarga y lanza, y el galgo corredor se acerca a lamer la mano yerta del infortunado amador de la ño vista Dulcinea. Los transeúntes de Barcelona, defraudados por el Quijote galoeslavo, con mala música, en el teatro del Liceo, acuden, como en romería, a quitarse el mal sabor, mirando a su Quijote verdadero; los que no hayan leído el poema entrarán en ganas de leerlo los que le hayan leído... ¡lo volverán a leer! Carlos Vázquez, el pintor de aristocracias, y Vicente Navarro, el escultor, que de aquél tomó los colores para policromar sus tallas, merecen un férvido aplauso de los españoles. Gracias a ellos, en la síntesis de aquel recinto que representa toda la fisonomía de España, entre las piedras doradas, donde sólo faltan bardas y corralizas, está vivo, formal, con su color y su forma, lo más grande de Castilla. FELIPE S A S S O N E VARIOS YANGUESES Y UN BUEN MANCHEGO Siempre don Quijote U n libretista, no me decido a llamarle poeta, creo que francés, y de cuyo nombre mal puedo acordarme, pues que nunca lo supe, escribió una ópera en torno al Quijote, y Julio Massenet le puso música, y el bajo ruso Fedor Chaliapine, al cabo de los años mil, la representó en el Liceo, de Barcelona. Un momento. Y a la temporada lírica tocó su fin; A n a Paulowa sucedió con sus danzas a la música con letra, y el creador de Boris Godounoff, lejos de España, sigue sus andanzas por tierras de Europa. Todo ello hace perdonar estas líneas, que ya no dañan los intereses industriales del empresario del L i ceo- -yo, como hombre de teatro, no debía atrepellarlos- y explica lo retardado de una indignación ya amortiguada por el tiempo, que por su intensidad, en su hora, reclamaba un estallido inmediato. El libro de dicha ópera es el más desdichado engendro que una fantasía perversa, enemiga de Cervantes y de España, pudiera imaginar. L a aventura antojadiza del esforzado paladín manchego, entre unos bandidos andaluces en Sierra Morena, a quienes aplaca y seduce cantando una romanza; el viaje del desfacedor de entuertos a Sevilla, donde Dulcinea del Toboso canta y baila en un merendero o cabaret de la época; todos los episodios absurdos, m á s la muerte de! héroe, de espaldas a un árbol v cantando en brazos de Sancho, como si fuera el tenor de la Lucía, no resisten al más indulgente y volandero análisis. E l Sr. Chaliapine, no obstante la caracterización, cuidada, meticulosa y acertadísima, no pudo disimular su robustez natural, y con semejante libro, actuando en gran artista por la eficacia escénica y cantando con su voz polícroma- -el pretérito pluscuamperfecto de una voz- fué el caballero de la arrogante figura, que no de la triste, medio Bayardo, medio Cyrano de Bergerac, sin un solo adarme del único Quijote cervantesco. ¿H e de hablar también de la música de Massenet? Los buenos aficionados la conocen, sin duda, y ya comprenderán cómo esta partitura, fruto senil del gran fusilador de Bizet, un tiempo fino glosador lírico del sentimentalismo erótico del caballero Des Grieux, de la frivola incoherencia de Manon y hasta del romanticismo germano de Werther, no podía hallar en su orquesta sonoridades dignas del ingenioso hidalgo, que se echó a los caminos, caballero del ideal, con los arrestos del C i d Campeador. N o lo hubiera hecb o peor, con todas sus aviesas i n tenciones, el bachiller Sansón Carrasco. AUTOCRÍTICAS Ayer, viernes, se cstvtaó en el Alkázar, ds Madrid, la comedia, en tres actos, La educación de los padres, de José Fernández del Villar. Alrededor de mi comedia La educacic 1 de los padres, estrenada en el Alkázar para presentación de la compañía de Juan Bonafc, se ha desatado la más absurda, inexplicable y amenazadora tormenta de rumores falsos, afirmaciones erróneas e infundios y comentarios mortificantes, en los que l a piedad hiere más que el regocijo. Se ha d i cho que mi comedia es un plagio de la de D Miguel Ramos Carrión titulada Los señoritos, estrenada en el teatro L a r a hace más de cincuenta años. Y o no conocía dicha obra. M e a p r e s u r é a leerla, y, salvo un punto de coincidencia en el arranque de la acción, todo en t i l a- -forma, ambiente, situaciones, desarrollo, problema planteado y finalidad perseguida- -es distinto a lo que yo he escrito. Y como es así, para que la malicia, que anda siempre en acecho- -y ahora me he convencido de ello- no pueda acusarme del pecado de disfrazar o disimular una levísima analogía entre las dos obras, he dejado lo hecb o tal como salió de mi pluma, seguro de que la rectitud de mi propósito me a m p a r a r á contra las suposiciones gratuitas. La educación de los padres se estrena mañana en el Alkázar, y por Juan Bonafé, pensando en el cual la escribí con toda i l u sión y con todo c a r i ñ o se estrena sin un tachón, sin una enmienda, sin el m á s ligero cambio. A ello me obligan mi buena fe y mi deseo de no empañar mi honradez de escritor modesto con tapujos que sirvieran de pretexto a los maliciosos para sostener que algún fundamento tendría la invención propalada. Y se estrena teniendo yo en m i poder el testimonio de dos caballeros, de dos hombres de pro, de dos compañeros queridísimos, cuya noble cordialidad se ha complacido en hacerme un bien de justicia, que, en estos tiempos y en este mundillo nuestro en que hasta la justicia parece darse por favor, me obliga a gratitud eterna. H e nombrado a Antonio y José Ramos Martín, h i jos del maestro D. Miguel Ramos Carrión, que declaran que nada hay en La educación de los padres que pueda ser considerado copia, plagio, recuerdo o derivación de Los señoritos. Y esto- -dicen- -puede comprobarlo fácilmente quien conozca las dos comedias. Debe usted, por lo tanto, estar completamente tranquilo, pues nadie le puede tachar de plagiario. M e falta ahora el juicio de la crítica y del público, con los que siempre fui respetuoso y sumiso, pero a los que no debo halagar en esta ocasión pidiéndoles benevolencia, porque parecería que les rogaba misericordia. Que ellos me digan la verdad y que Dios les pague la buena obra de ayudarme a desvanecer una inconcebible fábula. Nunca como ahora he agradecido la noble hospitalidad que me concede A B C porque gracias a ella he podido explicar a la luz (leí día lo que en voz baja andaba murmurándose por ahí. De mi comedia no quiero decir sino que responde a un tema de siempre: de ayer, de hoy y de mañana. N o hay educación que nos haga olvidar lo que primeramente aprendimos, lo que se nos metió en el alma con el primer aliento, lo que se nos fundió en la sangre cuando vinimos al mundo. H e pretendido demostrarlo con una trama sencilla y enlazando unas historias de amores, que se destacan sobre un fondo pintoresco y que aspiro a que sea regocijado. A lograrlo me ayudarán, m á s que otra coja ej buen arte, l a gracia iagudáiy En fin... ya pasó; pero ahora el Sr. Bragada, crítico y director teatral italiano, huésped deslumbrador de incautos, unos días en Madrid, prepara un Quijote escénico para su teatro de la rivoluzione, y ya anuncia que, por el parecido que él halla entre la figura del hidalgo y la de Cristo, no puede hacerle morir en la cama, curado de su divina locura, como ideó su creador, Miguel Cervantes. ¡T o d o sea por D i o s! U n actor italiano, vanguardista con camisa negra, repetirá sin música el absurdo c irreverente experimento del cantante ruso. Pero es que la realidad soñada por Cervantes, inmaterial y sugerente en las palabras clel poema, no cabe en el marco reducido, circunstancial, material, limitado y exacto, y por exacto huérfano de poesía, de una realización escénica. N i ante las candilejas de un escenario, ni mucho menos en una decoración cubista, ni en la pantalla de un cinematógra Si quiera ea g lienzo dj un pintor