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Y rompió a llorar; pero con un llanto de alegría, ele placer, sonriendo al mismo tiempo con una sonrisa que iluminaba su hermosura con algo de d i vino, y besando a su hija con un amor inmenso. Sayda M i r i a n era un poema que exhalaba de sí una fragancia deliciosa, y envueltos en la atmósfera mágica que rodeaba a Sayda Mirian, los tres nobles portugueses reventaban, por decirlo así, de orgullo y de entusiasmo. -L a conocéis y la admiráis- -dijo Gabriel de Espinosa señalando a Sayda M i r i a n- comprendéis con cuánta razón la amo, con cuánta razón he puesto sobre su cabeza la Corona que de derecho me pertenece, y que podrá convertirse en la corona del martirio; pero sin dejar jamás de ser l a Corona de mis padres y de mis abuelos: la Corona de Portugal. L a conocéis, conocéis a mi hija, sabéis que en las entrañas de mi esposa, porque harto claro se deja ver su estado, hay otro hijo mío, que verá pronto la luz, y que, o me engañan las señales que tengo, o será príncipe. Pues bien, caballeros, puesto que sois diputados de mi reino de Portugal, puesto que mi reino os ha dado amplios poderes para fcodo, jurad sobre la espada de vuestro Rey, por vuestro honor y por vuestra alma, en ¡nombre de mi reino de Portugal, lo que vuestro Rey os va a decir. Y Gabriel de Espinosa desnudó la indudable espada del Rey don Sebastián, y presentó su brillante y ancha hoja a los tres nobles, que cruzaron ¡sobre la espacia real sus tres espadas desnudas. ¿Reconocéis y juráis Por Reina vuestra a mi v que, por su parte, estaban mudos de asombro y de alegría. H a b í a n visto o creído ver, que nosotros no lo sabemos, al Rey don Sebastián. L a verdad es que si Gabriel de Espinosa no era el Rey don Sebastián, su actitud, su mirada, la expresión de su semblante, eran las de un Rey. Sayda M i r i a n completaba la fascinación de su grande y majestuosa hermosura apoyada en el respaldo del sillón donde estaba sentado Gabriel de Espinosa, y fijando en los enviados portugueses una mirada grave y tranquila. Gabriel de Espinosa permaneció por un momento sentado e inmóvil, y luego se puso lentamente de pie. Sayda M i r i a n dejó de apoyarse en el respaldo del sillón, y Gabriel de Espinosa, que la tenía a su izquierda, la asió de la mano. Los tres nobles, cuya fascinación, cuya turbación, cuya alegría aumentaban de momento en momento, cayeron de rodillas. ¿P o r qué te arrodillas tú delante de mí, ilustre duque de Coimbra, y vosotros, noble marqués de Altrreida, valiente conde de Novoa, que no dobláis la rodilla sino ante Dios o el Rey? E l viejo duque de Coimbra miraba anhelante a Gabriel de Espinosa. Estaba pálido, tembloroso, quería hablar y no podía; la conmoción embargaba su voz. Otro tanto acontecía a Almeida y a Novoa. Pero el semblante de los tres rebosaba la alegría y, el orgullo. Veían o creían ver delante de sí a su querido, a su llorado, a su anhelado Rey don Sebastián. Sayda M i r i a n observaba con ansiedad mortal aquel reconocimiento mudo, pero indudable, de los tres nobles portugueses. L a mano de Mirian apretaba febril y temblorosa la mano de Gabriel, que miraba conmovido la turbación de los tres nobles y leales portugueses. ¡Señor, señor! -dijo el duque de Coimbra, que al fin pudo hablar, con acento supremo y solemne- ¡Conque no habéis muerto! i Conque Portugal pueble al fin entregarse a la alegría y arrojar la vaina de la espada para combatir al lado de Vuestra M a jestad, y, o con Vuestra Majestad morir, o con Vuestra Majestad ser libre! 1