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S. A R L A I N F A N T A D O N A P A Z S. M L A R E I N A S. A R L A P R I N C E S A D E A S T U R I A S S. M E L R E Y S. A R. L A I N F A N T A D O N A Y S. A R. L A I N F A N T A DOÑA EULALIA ISABEL y su corona lucía más esplendorosa que nunca, ya que la adornaba con el sol purísimo de la humildad cristiana. Final. Súbitamente, cuando nada podía hacer sospecharlo, en la madrugada del 6 de febrero de 1 9 2 9 nos fué arrebatada- la preciosa vida de la Reina madre, que con tan alta grandeza y dignidad supo llevar el doble título de Reina y de m a d r e Colocada por la Providencia en puesto que parece indicado para gustar todas las satisfacciones, María Cristina de Hapsburgo no dejó de saborear en su existencia las más desgarradas y lacerantes tristezas; esposa enamorada y correspondida, viste los lutos de la viudez a los pocos años de su matrimonio; madre cariñosa y abnegada, ve desaparecer en plena juventud y felicidad a sus dos amadísimas hijas, y contempla en diversas ocasiones en inminente y criminal peligro la sagrada vida del h i j o a cuyo cuidado y formación consagró su existencia; Reina celosísima del bien de su pueblo, sufre la amargura de infortunios, de los que ella no fué sino injusta víctima; el dolor, que no dejó de probarla cuantas veces pudo, y la alta virtud de que ella dio prueba durante toda su vida, la granjeó en la tier r a la admiración y el respeto aun de sus propios adversarios, y en la otra vida, piadosamente pensando, l a corona inmortal de la bienaventuranza, pues, como dice el C r i sóstomo: E n t r e el cielo y la cruz no hay intervalo; a l a cruz sigue inmediatamente el paraíso. JUAN G. -LANDERO MONASTERIO D E SAN LORENZO D E E L ESCORIAL. DAD ULTIMO RESPONSO EN EL PANTEÓN COMUNI- D E LOS R E Y E S Y REFRENDACIÓN D E L A C T A D E ENTREGA D E L CADÁVER A L A D E AGUSTINOS repartía su óbolo y algo que vale mucho más que eso, sus consuelos a los desheredados de la fortuna, que veían en ella a la Reina amantísima que poseía la soberanía más excelsa, la espiritual, soberanía que sólo disfrutan las almas templadas en el yunque del dolor. Tenía una conciencia, tan delicada, que a un sabio varón que fué su director espiritual, en una de sus épocas de mayor amargura, le decía antes de confesarse: P o r Dios, padre, olvide aihora la Majestad. ¡Hermoso y sublime gesto de aquella augusta señora! Queriendo aparecer a los ojos de su confesor más pequeña, se erguía gallardamente (Reproducciones fotográficas de Pérez de León.
 // Cambio Nodo4-Sevilla