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Entonces, yo mismo me hice esa herida, cuya cicatriz tengo en el hombro. -No, ño; desde que estás a mi lado no has estado nunca herido. -Yo me hice esa herida durante una de mis expediciones marítimas, y no volví a Túnez sino cuando la herida estuvo cicatrizada. -Yo te he visto siempre esa cicatriz- -dijo Sayda Mirian. -Tú no puedes jurarlo- -dijo severamente Gabriel. Sayda Mirian vaciló. -Además, antes de ir a África, sabía yo que me parecía completamente al Rey don Sebastián, y el Rey don Sebastián lo sabía también; lo sabía todo el que nos conocía a los dos; sólo nos di. ferenciábamos en la voz y en que él era Rey y yo soldado. -Pero si eso es cierto- -dijo Sayda Mirian- tú eres un impostor, y yo no quiero que seas impostor; te quiero mejor pobre pastelero, que Rey infame. Pero esto no es verdad, no; tú eres el Rey don Sebastián; a más del reconocimiento de tus vasallos, a más de las señales que tienes sobre ru cuerpo, en tu mirada, en tu semblante, en tus ¡palabras, en todo lo que haces, en todo lo que dices, aparece la majestad de un Rey. -Y qué, ¿un soldado español no vale tanto como un Rey? -No, no y. cien veces no; no puedes engañarl e di lo que quisieres; pero tú eres indudablemente para mí el Rey don Sebastián. -No lo he dicho yo sino a los que ha sido nefcesario decírselo; ellos lo han oído, nadie más lo oirá; te lo repito, María, Dios y vo sabemos solamente quién soy yo. -Y yo también- -dijo Sayda Mirian. -Si así lo crees, inútil será que yo me esfuerce en probarte lo contrario. ¿Pero y esa carta que has entregado al duque ele Coimbra, y en la cual ha reconocido l a escritura del Rey don Sebastián? otras me recuerdan el momento más venturoso de mi vida: aquel en que, enamorada, loca, fui esposa en cuerpo y en alma. Por eso no tie las doy; por eso no las he vendido, aunque bien sabe Dios cuan pobres y cuan necesitados estamos. -Vuestras Majestades, señora- -dijo el duque de Coimbra poniendo bajo su brazo junto a la espada real que antes le había entregado Gabriel el cofrecillo que Sayda Mirian le había dado- Vuestras Majestades no son pobres, desde el momento en que el reino de Portugal, representado por nosotros, grandes del reino, elegidos por todos los grandes, hemos reconocido a Vuestras Majestades y les hemos rendido pleito homenaje, como nuestros se. ñores naturales, en nombre de Portugal. Y o venía prevenido de algún dinero que se ha recogido voluntariamente por lo tanto, voy a entregar a Vuestras Majestades dos mil doblas de oro que me han sido entregadas. -No me las entreguéis- -dijo Gabriel de Espinosa- dadlas a fray Miguel de los Santos, que en su poder no nos traerán un quebranto; no quiero (tener en mi casa nada que cause sospechas. -Mañana mismo recibirá fray Miguel de los Santos esa cantidad- -dijo el duque de Coimbra. -Yo- -dijo Gabriel de Espinosa- por mi voüuntad no me separaría de vosotros; teniéndoos a mi lado me parece q ue me rodea todo mi reino de Portugal. Esta humilde estancia nte parece la cámara real de mi palacio de Lisboa; este humilde ísuelo, la grada más alta de mi Trono; pero es necesario ser prudentes, es necesario abreviar. Tomad una carta que he escrito antes de quat vinierais, para que la guardéis y la mostréis en Portugal cuando volváis a mis grandes y a todos mis leales portugueses que estuvieren en el secreto y se acercaren a vosotros. Y sacando de su ropilla una carta doblada, pero sin cerrar, la entregó al duque de Coimbra, que instintivamente desdobló la carta, se acercó a una ¡luz y la examinó. ¡Ah! ¡Señor! -dijo- Los altos dignatarios de ¡Portugal, que conocen vuestra escritura, no podrán ni aun dudar, de lo que les diremos cuando vean esta carta de Vuestra Majestad.
 // Cambio Nodo4-Sevilla