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SE V E N D E EN FRANCIA EN LAS SIGUIENTES POBLACIONES: AGEN AÍRE- S L ADOUR ALBI ALGER AMELIE LES BAINS ANGOULBME BIARRITZ BILL Y MONTIGNT BORDEAXJX BOUGIE BAGNOLES D E L ORUE ANTIBES B LACHE SAINT VAAST ARCACHON CANNES AUCH CARCASSONNE ARGELES CARMAUX AIX COUZON B A G N E R E S D E CASTRES BIGORRE CERBERE B A G N E R E S DE SETE CAP D AIL BATONNE CALAIS BESANCON VIOTTE DAX BEZ 1 ERS ESPERAZA EOIX PONTAINEBLEAT GRENOBLE HENDAYE J U A N L E S PINS JÓIGNY LA. NEGRESSE L E HAVRE LILLE LONGWS EST LOURDES LYON MARSEILLE MENTÓN MONACO MONT D E MARSAN I MONTE- CARLO ST. JEAN D E LUZ I MONTPELLIER ST. R A P H A E L 1 MULHOUSE STRASBOTJRG I MIRAMONT SALIES D E BEARN NANTES SALIES S CHER NICE ST. ATJBAN NARBONNE TARASCÓN S ARIEGE OLORON STE. MARIE TARBES ÓRAISON TOULOUSB PARÍS TOÜRS PÁTJ THIERS PERPIGNAN VENISSIEUR PORT VENDRES VICHY PERIGNEUX VTLLEL POITIERS VILLENEUVH ROUBAIX (VITTEL ST. ETIENNE Encontrará usted ABO en París en los principales quioscos y librerías y en las bibliotecas de las estaciones. PRECIO AL PUBLICO EN FRANCIA: Número ordinario, 0,60 francos. Número extraordinario, 1 franco. ¡258 F E R N A N D E Z Y GONZÁLEZ E L P A S T E L E R O D E MADRIGAL? ¡259 ¡do, porque Gabriel de Espinosa se recogió al lecho y a poco se durmió. Sayda Mirian se quitó su traje de dama, tomó el de caballero que se había quitado Gabriel de Espinosa y se puso a cortar aquellos dos trajes en pequeños pedazos con una tijeras. Antes del amanecer Gabriel de Espinosa se levantó, tomó aquellos pedazos, que estaban envueltos en un paño, bajó al huerto, puso piedras en el paño, ató sus puntas y arrojó el envoltorio al pozo de la noria. Nada quedaba ya que en un registro pudiera hacer sospechoso al pastelero de Madrigal. CAPITULO 1 A misma noche llegó a Madrigal el alcalde don Luis Portocarrero con su adjunto escribano Cosme Pedralva y su reata de seis alguaciles pendencieros, cada uno de los cuales llevaba colgada dtl costado una tizona más grande, que él, y que pudiera hacerle decir a uri chusco que el alcalde no llevaba seis alguaciles con espaldas, sirio seis espadas con alguaciles. Cuando el alcalde Portocarrero entró en el pueblo, estaba obscutro como boca de lobo, y se vio obligado a aporrear ía puerta de la Casa de Ayuntamiento, hasta que después de un largo aporreo apareció un alguacil llego, esto es, un alguacil de la villa, que, asomando su cabeza por un ventanillo puesto allá junto al tejado, dijo con la voz más grosera y más insolenIte del mundo: QUELLA i- ¿Qué se les ocurre a estas horas? Si vienen a que se les haga justicia, espérense a que Dios haya amanecido, se haya levantado el alcalde y se les hará toda la justicia que fuere menester. -Baje enhoramala, don Perdido- -dijo despreciativamente el escribano Cosme Pedralva- si no quiere que mañana por la mañana le arrimemos un trato de cuerda a las ancas, que ponga el grito en el cielo y salte la sangre a los tejados. T- M e alegraría yro fie saber quién es capaz de, azotarme a mí en la villa- -dijo el alguacil urbano, o más bien villano, porque Madrigal era villa y no ciudad. -Pues dad por recibidos medio ciento de los buenos- -dijo con la voz fuera de tono el alcalde Portocarrero, porque le había sacado de quicio la insolencia del alguacil municipal. Siempre ha existido una gran antipatía, no sabemos por qué, entre el Municipio y la Justicia ordinaria. En aquellos tiempos un alcalde pedáneo de un villorrio incógnito se creía no menos que un Rey, y no podía sufrir al alcalde realengo o de casa y corte que creía llevar asido al Rey por los cabezones. A s i es que nada tenía de particular la insolencia del alguacil madrigaleño, que se creía no menos que el Rey en persona; ni tampoco tenía nada de particular el disgusto de aquella sección de la justicia ordinaria, que se componía del alcalde ¡Luis Portócairuo, del escribano Cosme Pedralva y de seis alguaciles apaleadores de rompe y, rasga. ¿Y quién es- -dijo desde el ventanillo el de Madrigal- -el que le va a aplicar medio ciento de azotes en las ancas al ministro Anguila? -dijo el alguacil villano con su insolente voz nasal llevada jal colmo de la insolencia. ¿Quién ha de ser- -dijo con voz estentórea y terrible el escribano Cosme Pedralva- sino su señoría el señor alcalde de casa y corte de la real Chancillería de Valladolid, alcalde don Luis Portocarrero? j Nada se oyó en contestación a estas palabras. E l alguacil Anguila había enmudecido como hubiera enmudecido un griego antiguo a la vista de Ja cabeza de Medusa. Pero lo cierto es que, apenas acabadas de pronunciar por Pedralva sus feroces palabras, feroces por la manera con que las había dicho, y habiendo transcurrido cuando más seis segundos, se abrió de golpe la puerta de la Casa de Ayuntamiento y apareció, en ella un honjbreci 11o. en paños menores, descalzo, liado en una tabardina y con un candil en la mano. ¿Quién sois vos? -dijo el alcalde Portocarreiro soltando la carcajada al ver aquella ridicula figura. ¿Pues no he dicho ya- dijo cotí ytíz; tan- lde.
 // Cambio Nodo4-Sevilla