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MADRID- SEVILLA 6 DE FEBRERO DE 1930. NUMERO 10 CTS. D E SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONES Y CERCANA A TETUAN, SEVILLA DIARIO ILUSTRAD O A Ñ O VIGÉSIMO S EXT O N. 8.460 ANUNCIOS: MUÑOZ SUELTO OS OLIVE, REDACCIÓN: PRADO POR ESOS C A M I N O S A l salir de A v i l a para Salamanca por carretera advertimos que el cielo se ha enfoscado, no porque le enoje nuestra presencia en los dominios de Santa Teresa, sino porque el viento, saltando de un cuadrante a otro, aclara u obscurece la atmósfera, sin preocuparse de que esas mutaciones de la luz nos sean gratas o desagradables. E l camino es liso; el paisaje, triste, y el horizonte, ceñudo. Tierra de guerreros y de santos, Castilla sonríe poco. L a alegría francesa y el amor al buen vivir del galo tienen su más vigoroso estímulo en la naturaleza de su suelo. ¿Q u é ha de ser un pueblo que es un jardín, sino sensual y razonador? Y o admiro a Castilla por sus virtudes esenciales, un tanto venidas a menos con el progreso de las costumbres. E s el tronco de E s paña. Antes de reflejar su espíritu en el R o mancero realizó dos empresas que la inmortalizan la Reconquista y l a unidad del idioma. E s natural, pues, que el castellano sea tradicionalista. S i renegase del pasado identificándose apasionadamente con lo actual, abominaría de su propia obra. Pero yo no acabo de entusiasmarme por una región en la cual no puede ser el hombre, por la austeridad del ambiente que le rodea, sino labrador, guerrero o santo. Prefiero un pasar en una urbe agitada, a la opulencia en una de estas ciudades silenciosas, que atraen a los arqueólogos por la riqueza de sus recuerdos artísticos y despiden a las personas de buen humor por la monotonía alarmadiza de sus costumbres. Dejamos a la espalda A v i l a de los Caballeros, con sus murallas y su Catedral i n olvidables, y seguimos la ruta que lleva a Salamanca. E n todo lo que alcanza la vista no hay m á s que tierras de labor, fecundas en trigo, en centeno y en cebada. De tarde en tarde un alcor interrumpe con las graciosas siluetas de los árboles la sucesión de los tablajes paniegos. L a hosquedad de estas perspectivas campesinas nos retrae al asilo, de l a vida interior, y el pensamiento se divierte a. costa de. las remembranzas que ha recogido recientemente: fisonomías de gentes conocidas en los viajes, imágenes humanas aprehendidas- ál pasar, fragmentos de conversaciones que no han acabado de hundirse en el olvido, paisajes entrevistos desde la ventanilla del tren, músicas. oídas en un concierto o en un gramófono, a las que nuestro espíritu puso letra. De ésas incursiones al jardín interior sale él pensamiento dispuesto a: interesarse- riuevamente por los temas que le procuran los ojos. Hemos llegado a un pueblo. U n a humilde iglesia con su torre de espadaña y sus muros renegridos por el tiempo se yergue sobre una loma, y a sus. pies se extiende el caserío del burgo, de traza, todavía más pobre que la iglesia. Como está lloviendo, no se ve alma viviente a la intemperie. ¿D ó n de están los vecinos de esta aldea? ¿Q u é hacen para mitigar él tedio de vivir. T r a bajan la tierra, comen sobriamente y duermen a pierna suelta, sin necesitar, como nosotros, de un soporífero adquirido en la farmacia. Y o siento un profundo respeto, no exento de envidia, por todas estas gentes de cortas ambiciones, que nq lian pido Segunda rapsodia ibérica hablar de la revolución francesa y se acomodan a lo que tienen. De estos burgos modestísimos sale en ocasiones el hombre eminente que los ilustra con la gloria que da a la P a t r i a el caudillo afortunado, el sabio de renombre universal, el Santo que asombrará a la cristiandad o el artista genial, que se apoderará de la admiración de su época. L o malo es que estas tierras castellanas, que tanto han hecho por nuestro prestigio en el mundo, producen también la vieja trotaconventos, el abogado intrigante y el cacique rural, que han sido hasta ahora tres plagas nacionales. De todas suertes, nada nos autoriza a suponer que el pueblo castellano esté en el último período de su evolución, y que sus personalidades, visibles ahora en los d i versos campos de la actividad humana, sean lo mejor que puede ofrecernos. L a raza es demasiado rica espiritualmente para que aceptemos esa conclusión pesimista. Sería de desear, sin embargo, que en Castilla hubiese menos admiración por la Historia y más entusiasmo por el aseo del cuerpo. Despreciar la materia no es una manera de preparar un más cómodo destino al alma en la otra vida. Dios no puede haber previsto que el odio al baño y al jabón sea una condición indispensable para nuestro ingreso en la bienaventuranza. Jesús, dejándose lavar los pies por la bella pecadora de Magdala, parece darnos a entender que los perfumes no le eran antipáticos. L a devoción sana se satisface con la práctica del bien, el recogimiento y la oración a sus horas, esto es, cuando el cristiano ha cumplido todos sus deberes humanos. El confesor, sobre todo si se atiene al consejo de San Francisco de Sales, no nos exige más. ¿Por qué agravar l a privación de ciertos placeres, que es ya de por sí un suplicio para los temperamentos ávidos de vivir, con el desprecio de la higiene... sierta; descendemos a tierra, y Quintanar, que mantiene, como casi todos los señores, las mejores relaciones con la gente de iglesia, atraviesa el pórtico que conduce al convento, y yo aguardo unos ininutos bajo las arcadas, recreándome en admirar los medallones de santos en relieve que adornan las enjutas de los arcos. U n hermano dominico nos dispensa la atención de acompañarnos primeramente al claustro, luego a l a sacristía y, por último, al templo. E l claustro es, según opinión del ilustre arquitecto Sr. Lampérez, obra de transición entre el gótico y el Renacimiento, pues en ella intervienen la austeridad gótica que da t- ino al conjunto, con la gracia italiana impresa en. la bóveda de crucería y en la ornamentación de los capiteles. Atrae mi curiosidad el pequeño jardín que verdea en el centro del claustro, y, aunque no haya flores en él, su vegetación aborrascada anima un poco l a melancolía del lugar. E l hermano dominico, muy contento, como suelen estarlo todos los hombres que se han puesto a salvo de las pasiones, por haber liquidado todas sus deudas con el mundo, nos va explicando todo lo que está a la vista con palabra ágil y documentada. S u descripción, sin tener la sequedad de la guía, conserva su exactitud. L a construcción del claustro data de la misma fecha, ya remota, en que se edificó la iglesia. E s t á compuesto de dos galerías de 10 metros de lado y planta cuadrada. A r t í s ticamente consideradas, no se equivalen, pues la galería inferior supera a la otra por l a solidez de sus botareles y el arte desplegado en la bóveda de crucería y en las otras bóvedas laterales. Ü n paseo por el claustro, nos facilita el contemplar los medallones con los bustos de los profetas que lo adornan, atribuidos a Alonso Sardina, y las hornacinas de los ángulos, en los cuales se ofrecen a nuestra devoción episodios de la vida de A l cabo de hora y media de buena mar- la Santísima Virgen y de su divino hijo. cha nos salen al encuentro el Tormes, un Antes de abandonar el claustro, el herpoco tímidamente, porque no lo venios todavía en toda su anchura, y la nlole de la Ca mano dominico nos muestra unos confesotedral, que, domina, la ciudad y el río. Es narios: abiertos en e l muro. E n uno de ellos lástima que hayamos Venido. con mal tiem- venía Santa Teresa a limpiarse el alma de po. E n días claros, -todo lo que abarca la los pecados veniales que la quitaban. el suemirada desde la. vega: los cerros, la Cate- ño. Es un cuartito de dimensiones exiguas, dral y el caserío que trepa sobre aquellos con un pequeño altar, en el que se ye á la repechos, adquiere, según parece, un brillo madre del Señor entre dos floreros, sin perdorado, que lo envuelve todo en un res- fume. Sus paredes encaladas recogieron m á s plandor mágico. Y o siento de veras no ha- de una vez el vaho del aliento de aquella ber visto aquel espectáculo deslumbrador que mujer sublime, que, desgraciadamente, no ha seducido a todos los que vinieron a Sa- pudo transmitir su obstinada castidad a tolamanca con buen tiempo. E n esta hora cre- das las de su sexo. puscular, con un cielo lluvioso y una atDel claustro bajo nos internamos en l a mósfera turbia, la magnífica ciudad no des- vasta sala De pro fundís, que está medio a pierta en mí la emoción que me prometía obscuras, que visitó. Cristóbal Colón para su fama. exponer sus. proyectos a los monjes de la- -Esperaremos a mañana... Orden. Bien quisiéramos penetrar éii. la igle- -Tendrá que ser temprano, pues por la sia, pero lo avanzado del crepúsculo estortarde nos vamos a Ciudad Rodrigo- -me con- ba, la realización de nuestro deseo. E l hertesta, con amable autoritarismo, Quintanar. mano dominico nos: despide con esa cortesía- -Eres el tipo del señor feudal. Vas a extrahumana ce los monjes, que tiene más dejarme a media miel- -replico, dando libre acento dé absolución que de cordialidad. curso a m; sentimiento. Fuera sigue lloviendo. El- cielo está cubier- -Volveremos en la primavera, y lo verás to, y algo de tristeza gris parece deScender todo despacio. Yo tengo que estar en Lisboa a nuestro corazón. el miércoles, a más tardar- -me, contesta el- ¿T e dejo en e. l hotel? Y o tengo que procer, avivando ia Velocidad, porque quie- i- cer... -me dice el marqués de Quintanar, re darme a conocer la iglesia, v e! úa. -ya instalados él coche. de San Esteban, aprovechando lo jue a- -Vamos al hotel- -contesto a ¡a afectuosa E l cociic se detiene en una plazote de- invitación del aungy,