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PRECIO AL PUBLICO EN FüáiOSA: Harnero ordinario, 0,60 frasisss. Número extraordinario, t franco. 26 a- FERNANDEZ GONZÁLEZ ¡EL P A S T E L E R O D E M A D R I G A L) ¡63 -S í señor; y como se ha ido esta tarde, no se han sacado todavía ni las camas ni los muebles, por lo que vuestra señoría no tiene que ir a una posada, porque ya está preparado su aposentamiento. E n esto ya habían entrado en la sala baja, donde hemos asistido anteriormente a la entrevista entre Aben- Shariar y don Rodrigo de Santillr. na. Todo estaba en el mismo estado en que lo vimos entonces. ¡Sólo había la diferencia de que ía mesa estaba completamente limpia de papeles; pero quedaban media docena de plumas en el gran tintero de mármol. -Q u e se acomoden como puedan los alguaciles- -d i j o el alcalde Portocarrero a Pedralva- que suelten las bestias en el patio, y vos- -añadió d i rigiéndose a Anguila- -ved si hay dos lechos para el señor Cosme Pedralva y para mí. -V o y a hacer a vuestra señoría la cama, que está allá en aquel rincón- -dijo Anguila dejando ios candeleros sobre la mesa y deslizándose con una velocidad increíble hacia el otro extremo de Ja sala. -P a r a correo valéis de oro diez veces más de 3o que pesáis- -dijo el alcalde Portocarrero, a quien había puesto de buen humor el rarísimo alguacil Anguila. -Sépase vuestra señoría- -dijo Anguila volviendo y golpeando los colchones de la cama- que más de una vez he llevado yo pliegos del señor don Rodrigo de Santillana al señor presidente de la Chaticillería de Valladolid, sin echar en el camino hiás de media hora, y me he vuelto en otra media, tein descansar más tiempo que lo que han tardado en darme la contestación, y u momento para echar ün, cuartillo en la taberna que he encontrado al paso. -Hacedme la merced de decirme- -dijo Pedralva, que era el tunante más socarrón del mundo- -si os disoaran con arcabuz desde Madrigal cuando vais a Valladolid y os vuelven a disparar desde V a l l a dolid cuando volvéis a Madrigal. -Y o no lo sé- -dijo A n g u i l a- pero la verdad tes que en cuanto yo echo a andar, me entra un tal movimiento de piernas, que aunque yo quisiera andar despacio no podría; pero ya está hecha l a cama del señor alcalde, y tan bien hecha, que apos ¡taría cualquier cosa a que su señoría no ha dprmi- tío en cama tan bien mullida como en la que va a dormir esta noche. -Pues aunque me pidan lo que me pidieren- -dijo él alcalde Portocarrero- os tomo desde ahora por m i criado, solamente por el gusto de tener a mi servicio una ardilla. -Pues advierto a vuestra señoría que va a tener un pleito enrevesado con el corregidor y los veinticuatro de la villa, que no me sueltan a tres tirones. ¡Bah, bah! Como Madrigal ha sido muchas veces dotes de Reinas, tiene el privilegio de villa, de voto en corte, en mancomunidad con M e dina del Campo y Arévalo; Madrigal es una muy noble e ilustre villa, señor alcalde; tiene Alcázar, y en él vivió mucho tiempo la señora Reina doña Isabel, de gloriosa memoria, cuando era infanta. Madrigal la crió, y la cercana villa de Medina del Campo la vio morir en su castillo, y el guión y la manguilla, y los clérigos y los regidores, y toda sla gente de Madrigal fueron a la hora de acompañar el entierro de la Reina; si no, ahí están el tío Perote y el tío Rodajas, que el uno tiene noventa y cinco años y el otro ciento, que llevaron cirios en el entierro y que cuentan maravillas de la riqueza y de la pompa con que asistió la villa de Madrigal al entierro de la Reina Isabel. -G r a n Reina, gloria y orgullo de España- -dijo él alcalde Portocarrero. -E l tío Perote y el tío Rodajas lloran cuando hablan de ella- -dijo A n g u i l a- y dicen que en los tiempos de los señores Reyes Católicos, nadie maltrataba como ahora a los pueblos, y que, cuanto ttnás pobre era y más desdichado el que iba a pedir justicia a la Reina doña Isabel, con tanto mayor gusto y más paciencia y como una madre le oía Su Alteza. -E n cambio- -dijo eí doctor Portocarrero poniéndose serien- los pueblos no estaban tan díscolos como ahora, ni era menester comisionar especialmente un alcalde de casa y corte para poner en temor de Dios y del Rey a una villa de mil vecinos como Madrigal. -L o s estudiantes y los frailes y las monjas tienen) a culpa- -saltó A n g u i l a- que si los padres Agustinos no dieran alas a los estudiantes, y la
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