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N. extraordinario, 1 ir. 265 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL PASTELERO D E MADRIGAL 267 í Como el alcalde había trasnochado, se levantó un poco tarde; es decir, a las siete de la mañana estaba entre sábanas, y no eran menos de las nueve cuando, lavado y vestido, tomó su vara, y acompañado de Pedralva y de dos alguaciles, se dispuso, a salir para presentarse en el pueblo y dar a conocer con su presencia que no por haberse ido de M a drigal don Rodrigo de Santillana dejaba de haber alcalde de casa y corte en el pueblo. Apenas el alcalde Portocarrero había salido de su alojamiento, cuando vio venir como un rehilete, con su traje y su varilla negra de alguacil, al inolvidable Anguila. -Señor alcalde- -dijo llegando junto a él y quitándose su g o r r i l l a- ya tiene vuestra señoría ocasión de sentar la costura a su placer al bachillerón Corchuelos. ¿V e vuestra señoría lo levantado que tengo este carrillo y lo colorado que debe estar, porque me echa fuego? -S í hombre, sí. ¿Qué os ha sucedido? -N a d a señor alcalde- -dijo Anguila creciendo en la indignación con que había empezado a hablar- Esto no es más que una bofetada de las de diez quintales, que me ha disparado el susodicho bachiller en esta cara, que es la cara de vuestra señoría, porque vuestra señoría representa aquí al Rey, y yo también le represento, aunque en grado mínimo, como mínimo ministro de justicia. -P u e s ahí me las den todas- -dijo riendo el a l- calde Portocarrero al soltar esta frase, que ha venido a ser un adagio vulgar. -Pues yo pido un escarmiento, o no habrá justicia en la tierra, y nos maltratarán a todos los oficiales de justicia que servimos lealmente al Rey nuestro señor. ¿P e r o qué ha sucedido? -dijo ya seriamente el alcalde Portocarrero. -L o que sucede es que allí en la pastelería se van a matar; porque la M a r i Juana, que en mal hora vino al pueblo; el bachiller Corchuelos y G a briel de Espinosa, el pastelero, están espada en mano, y están revueltos en la broma, sin lograr que los respeten, tres señores principales, tres príncipes o duques que han venido de Portugal, y van acudiendo estudiantes y pelaires, y se va a armar una, que como vuestra señoría no lo corte a tiempo, el su- ceso va a ser tal, que se va a quedar en mantillas lo del 15 de agosto. Y como obedeciendo a un impulso superior a sus fuerzas, Anguila se volvió y apretó a correr hacia la pastelería, con un trotecillo menudo y ridículo, pero con una velocidad inaudita. -U n o al momento, que vaya a avisar a los otros cuatro que vengan- -dijo el alcalde Portocarrero, y dio a correr también, acompañado de Pedralva y del otro alguacil, y contento porque le había caído que hacer, hacia la pastelería, a l a cual, en efecto, iban llegando algunos estudiantes y algunos menestrales y dentro de la cual se oían voces acaloradas. Veamos por qué causa había recibido aquella descomunal bofetada el corchete municipal Periquete Anguila. E r a aquel día de Santa Obdulia, y había en una capilla de la iglesia parroquial una imagen de esta virgen y mártir, a la que se tenía por m i flagrosísima en la villa, y en cuyo altar se decía una misa, que por devoción y por costumbre de líos de Madrigal era tenida como segunda misa de precepto. Sayda M i r i a n de una parte por devoción y de otra porque Gabriel de Espinosa no quería dar l u gar a murmuraciones, porque de todo se murmura en los pueblos, respetando la costumbre, había bajado para ir a la misa de Santa Obdulia a la iglesia parroquial. A l atravesar la sala de despacho de l a pastelería, un estudiante, que no era otro que el bachiller Corchuelos, que estaba dando cuenta de una empanada y había consumido ya dos cuartillos, Ba vio más hermosa que nunca, porque el reconocimiento de Gabriel de Espinosa y de ella misma como Reyes de Portugal por los tres magnates portugueses, la había causado una alegría que la hacía aparecer radiante de juventud y de hermosura, y como parecía ir sola, porque Gabriel de Espinosa, que venía detrás, estaba todavía en lo alto de las escaleras, Corchuelos abandonó su almuerzo, y antes de que Sayda M i r i a n llegase a la puerta s e l e puso delante con una audacia procaz y una sonrisa repugnante, y la dijo: -Antes de dejar ir sola a una perla como tú, perdería yo todos mis grados y el ala izquierda del corazón, lucero; ya sabes tú que yo me desvivo raarnnou