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CñLEPñCCIOH y LUZ 272 F E R N A N D E Z Y GONZÁLEZ; E L PASTELERO DE MADRIGAL 269 que han hecho, como alcalde de casa y corte de la Real Cnancillería de Valladolid, enviado a esta villa para mantener en ella el saludable temor a las leyes. Yo soy el alcalde don Luis Portocarrero, que os besa las manos y se pone en lo que fuere posible a las órdenes de vuestras excelencias. -Nosotros celebramos el haber conocido a vuestra señoría- -dijo tomando la palabra el duque de Coimbra- aunque bien quisiéramos que no hubiese sido por ocasión tan desagradable. ¿Qué es ello? -dijo reposadamente el alcalde Portocarrero, que no era ni por asomo violento en las. maneras, como don Rodrigo de Santillana- ¡Saben vuestras excelencias la causa de lo que ha sucedido aquí? -Hemos oído voces, hemos bajado, hemos visto a aquel hombre que allí está preso provocando insolente al dueño de esta casa, insultando con palabras soeces a. esa mujer, y el pastelero, poseído de una justa cólera, pretendiendo vengar las injurias que aquel hombre le. hacía. -De modo que quien provocaba era el bachiller- -dijo tranquilamente el alcalde Portocarrero sin dejar de mirar a Sayda Mirian, cuya hermosura le maravillaba, y que estaba roja de vergüenza, y a Gabriel de Espinosa, cuya actitud y cuya dignidad no le maravillaban menos. -Por lo que hemos visto, y obedeciendo a nuestro honor, debemos decir- -contesto Coimbra: -que aquel hombre injuriaba y que el pastelero quería reprimirle. -Muy bien, señor duque- -dijo el alcalde Portocarrero- Y vos, señor pastelero, ¿qué tenéis que decirme? -Que al bajar por las escaleras para ir con el ama de mi hija a la misa de Santa Obdulia, vi que este hombre la insultaba. No sabéis, pues, lo que ha pasado desde el principio? i- -X o señor. -Pero debéis saberlo vos- -dijo el alcalde Portocarrero, a quien la hermosura, la dignidad y ese no sé qué característico que emana de las personas nacidas y sostenidas en una esfera superior, que veía en Sayda Mirian, maravillaba más y nrás. de Gabriel de Espinosa el duque de Coimbra y los oti os dos nobles, o, lo que, para ellos era lo mismo, la voz del Rey don Sebastián, acudieron con sus ayudas de cámara. i- ¡Ténganse todos! -exclamó, hablando mal en castellano, el duque de Coimbra, a tiempo que Gabriel, desasiéndose por un violentísimo sacudimiento de Sayda Mirian y de Gil López, desnudaba una larga daga que llevaba por única arma a la cintura, y se iba sobre el estudiante, que se puso en guardia. ¡Atrás ante el duque de Coimbra. pastelero villano! -gritó el duque, poniéndose entre los dos contendientes, mientras Sayda Mirian y Gil López pugnaban en vano por asir de nuevo a Gabriel. ¡Quítate tú de en medio, Coimbra! -exclamó Gabriel de Espinosa, que estaba fuera de sí de furor. Entretanto, Corchuelos enviaba enhoramala a A l meida y Novoa, que le habían intimado se retirase con su insoportable altivez portuguesa. Nadie se entendía, todos gritaban, los tres nobles estaban puestos en medio de Gabriel de Espinosa y del estudiante, y los tres ayudas de cámara habían subido a coger tres espadas para hacer que Corchuelos se fuese más que a paso, cuando sobrevino, todo rapidez y todo t. -lo, Periquete Anguila, sin otras armas que su varilla negra de corchete, y se puso verde, lívido y amojamado al ver a Corchuelos, contra el cual había contraído un odio de muerte desde que Corchuelos le había metido el cintarazo y le había hecho andar de medio lado durante quince días. Anguila se enderezó, se estiró, creciendo 3o menos cuatro dedos, y dijo, echando fuego por los ojos y tocando con su varilla en el hombro a Corchuelos: ¡Dése preso el bachiller bergante al Rey nuestro señor! Pero sentirse tocado Corchuelos con la varilla de Anguila, levantar el brazo izquierdo, darle aire, sacudir como única contestación una horrible bofetada de revés a Anguila, que de resultas dio tres vueltas sobre sí mismo, fué todo obra de un momento, y obra de otro momento fué el volver en teí Anguila, comprender su impotencia y, tomar a es-