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NUMERO EXTRAOR D 1 NARJO 20 C E N T S AÑO VIGÉSIMOSEXTO. N U M E R O EXTRAORD I N A R I O 20 C E N T S AÑO VIGÉSIMO. W SEXTO. M U N I C H E L A Y U N T A M I E N T O A L F O N D O L A S T O R R E S D E NUESTRA SEÑORA VK puedo yo decirte, lector, de esta ciudad que ya no te haya dicho de otra... Las calles, plazas y jardines de las más diversas urbes traídas a las cuartillas son todas las mismas, porque para describirlas se emplean palabras idénticas. Verde, azul, blanco... y luego blanco, azul, verde... Las palabras no tienen tantos matices diferentes como las cosas. ¿Qué puedo yo decirte de Munich que tú ya no conozcas por ti mismo o por otros que antes que yo te hablaron de la ciudad de Lola Montes, de Wagner, y del Rey loco... Si te asomaste a las ventanas de Europa, forzosamente hubiste de contemplar, aunque sólo fuera en la lejanía, la 1 ueta erizada de torres de la capital de Bayiera, porque es camino para todos los puntos. Se siente un deseo mayor de ver, una emoción más intensa de haber visto, cuando estamos frente a itn pueblo perdido en un valle, de quien nadie nos habló o del que sí supimos algo fué dicho con esas palabras apagadas y nebulosas que nos dejan adivinar más que saber, que cuando. visita; Q LAS G R A N D E S C I U D A D E S D E E U R O P A M U N I C H mos por vez primera una población hollada por los pies que vinieron de los países lejanos y ensalzadas con las palabras más resplandecientes de todos los idiomas. Y si después íhemos de describirlas, encontramos para la población menos conocida frases y palabras que creemos nuestras y sólo nuestras, porque pensamos que acaso nadie antes que nosotros se las dejaron caer sobre su regazo, una a una, como una idea deshojada pétalo por pétalo... Pero de M u nich, de Roma, de Florencia, de París y de Londres, ¿qué podría yo decirte que tú no conocieras? Sabemos de ellas, aun antes de visitarlas, que son hermosas, únicas; como la belleza de Aspasia, de Bacchis, de ¡Gnatene, de Lais y de Friné, era conocida, sin ser vista. por los más humildes habitantes de las aldeas griegas. Pero, sin duda, el pastor de F r i gia o el nauta de M i ti lene, que un día- as vio pasar envueltas en sus trajes ¡loriaos, agobiadas bajo sus adornos de aro, según las pinta San Clemente de Alejandría, no sintió una emoción tan honda y tan dulce como aquella otra que llenaría su pecho ante las líneas gráciles de una mucbaohita encontrada en un recodo del sendero, sin más adornos que el verde de los prados y el azul de los cielos, sobre los que se recorta su figurita nubil. Munich es una de estas grandes cortesanas, bella y accesible a, todos, acogedora y graciosamente despreocupada. Tal vez sea también un poco arbitraria y caprichosa, como mujer bella al fin; desigual de carácter, es sombría en los viejos rincones de la Trinidad y de La Residencia; risueña en los jardines llenos de tulipanes, y de fuentes cantarínas, y de estanques luminosos; soberbia en las colosales avenidas de M a x i miliano y de Carolina, y en las plazas monumentales del Ayuntamiento y de Carlos. Como está a igual distancia de Viento y de Berl n, ha formado su carácter con una suma de los caracteres de las dos capitales vecinas. Es hospitalaria como Viena y ruidosa como Berlín. E l reino de Baviera era muy joven cuando murió. Contaba poco más de cien años;
 // Cambio Nodo4-Sevilla