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estampas de historia de nuestra niñez en que se representaba la batalla de Zama. Y entré los servidores ¡harapientos, que sonríen al fotógrafo o contemplan, risueños, al tigre muerto ya, acaso está K i m muchacho aún, á. tes de emprender por la India misteriosa su peregrinación de vagabundo, que R u d y a r d K i p l i n g relatará algún día. ¿Misteriosa? V a dejando de serlo. Y poco a poco aquella imagen confusa y convencional de u n país poblado de reyes, cuyo tesoro estaba formado de piedras preciosas y de maravillosas perlas, dueños de fabulosos palacios en torno a los que pululaban multitudes resignadas y reverentes como ante los Budas de sus pagodas, se ve substituida por otra más escueta y más trágica a la v e z la de 300 millones de seres h u manos, de ios que sólo una mínima parte sabe lo que es comer dos veces cada día, y a quienes el fervor de los poetas, como Rabindranah Tagore y de los propagandistas como Ghandi comienza a alzar en un movimiento de rebeldía contra el dominador extranjero. N i para el trabajo de las m u jeres en las minas hay limitación de horas. Existe un hospital cada 900 kilómetros cuadrados. Y no excede de veinticuatro años el término medio de la vida de los indígenas. Junto a aquel proletariado urbano y rural nuestros obreros pueden pasar como burgueses bien nutridos. Y esto había acontecido siempre; lo. nuevo es el sentimiento de protesta en que las innumerables razas de hombres que hablan 50 idiomas distintos aparecen, por primera vez, en la H i s toria, unidas. -No VAGABUNDOS Q U E L L E V A N LO Q U E E N L A- T I E R R A A L CINTO TODO POSEEN, U N CORVO recuerdan las rivalidades religiosas que las separan. Y es posible que asi sea. Porque, en verdad, esas inmensas muchedumbres, para las que constituye un drama la busca del cotidiano sustento, todo parecen olvidarlo cuando se trata de, defender los dioses bajo cuya advocación han puesto sus pobres v i das. L a s batallas entre musulmanes y budistas ensangrientan a menudo las grandes ciudades. L o s parsis, que llevaron allí la vieja religión de Zoroastro, y son los únicos que han sabido emular a los hombres de Occidente en el arte de acumular riquezas de otro modo que con la espada, se consideran orgullosamente distintos de los demás habitantes del país, hasta en el rito funeral de las torres del silencio. Pero lo que no han logrado las terribles divinidades autóctonas descendientes de Brahama, n i el bondadoso O r m u z n i el avieso A r i m a n de los parsis, n i los espíritus que están en comunicación con los grandes Lamas tibetanos, n i por supuesto, los ángeles coránicos, es decir, unir cordialmente a los h a bitantes de esas vastas zonas de la tierra, es probable que lo consiga el odio. P o r que, en efecto, aun cuando el 8 0 por 100 de esos 300 millones de seres son analfabetos, los acuerdos circulan con rapidez y el entusiasmo en secundar a los que predican la resistencia contra el Gobierno b r i tánico de la India se propaga como el fuego en materias inflamables. ¿Quiénes lie- podrán entenderse- -dicen los que PUÑAL, Q U E ES SU TESORO ejemplares y a domesticados o poco menos, aturdidos por alguna droga tóxica, de modo que no puedan hacer daño alguno? -N o lo crea usted- -replicaba un amigo mío, que ha viajado por la I n d i a- N o lo crea usted. E s a s son bromas de M a u r i c i o Dekobra. Porque ese distinguido novelista francés, al que admiran los horteras de Bucarest y las mecanógrafas de Checoeslovaquia, ha referido la anécdota de u n tigre que una deliciosa americana se imaginaba haber muerto desde lo alto de un elefante, y que en realidad yacía en plena selva amodorrado por una prudente inyección de morfina. Pero no todos los cazadores de tigres tienen un alma tartarinesca. Y en la mayor parte de los casos lo que buscan es el peligro o, por lo menos, la sensación de hallarse cerca de él, sobre todo cuando se trata de esos hombres a quienes la fortuna permitió andar sin tropiezos por la vida, y en un ambiente de civilización todo se les somete blandamente, como si el mundo entero formase c d r r. servidumbre doméstica. Ese tipo de procer anglosajón, en cuyas pupilas claras hay siempre un fulgor de acero, necesita, como una gimnasia de la voluntad, medir con el del tigre su propio espíritu felino. Y allí donde los hombres se le sometieron con pasividad de esclavos experimenta, sin duda, una voluptuosidad de las que no se confiesan en atacar y vencer al único ser qué, aunque inferior, tiene, como él, un alma fraguada para el egoísmo y la soberanía. E l raja, corrompido por los vicios de Europa, intimidado o sobornado, nació en l a sumisión y no aspira a salir de ella. A h o ra organiza la fiesta ¿megética con que agasajar a los huéspedes a quienes, en lo íntimo de su corazón, odia o desprecia. L a hueste ds los elefantes salió en orden abierto, seguida o precedida de la legión de ojeadores, medio desnudos, de los que acaso alguno se quede entre las mandíbulas de la fiera acorralada. Visión que hace pensar en la multitud cartaginesa, c o n a r r e g l o a las LA H U E S T E D E LOS E L E ABIERTO... F A N T E S SALIÓ E N C B r u N
 // Cambio Nodo4-Sevilla