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ABC. MARTES n DE FEBRERO DE 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 24. LAS FIESTAS D o n Bosco EN HONOR BOSCO DEL H e sido invitado por los maestros educadores salesianos a escribir unas líneas con motivo de las fiestas de beatificación que se celebran en Sevilla, en honor del fundador de las Escuelas Salesianas y lo hago con singular satisfacción. N o hay en todo el siglo xíX nadie que me produzca más admiración que D o n Bosco, personalidad cumbre que floreció entre los espinares de su tiempo, como un perfume de humildad, de ciencia, de amor, de sacrificio y de santas ternuras hacia los n i ños pobres, todo esto exaltado por las maravillas de su taumaturgia incomprensible y divina. Ser humilde y ser sabio es el doctorado de la santidad. L a sabiduría, por regla general, se sube a la cabeza como un alcohol de los dioses y produce una embriaguez entre cuyos resplandores febriles se muere la humildad. P o r eso saber mucho, ser genial autor de libros magníficos como la Historia de Italia, escrita por el glorioso creador de los salesianos, saber discutir y vencer a un Víctor Hugo, a un Rattazzy, a un Cavour; alumbrar con los resplandores de sus ideas! as almas selectas de Pío I X y de León X I I I y producir, humanamente hablando, el pensamiento generador de las escuelas salesianas, prodigiosa combinación del amor, la utilidad, el catecismo y la democracia; y ser humilde, sencillo, ingenuo, sin tener n i un solo momento de vanagloria, es algo que sóío a los grandes maestros de la santidad les es dado, cristianamente, conseguir. H a y además, en D o n Bosco, l a manifestación de otra maravilla, y es la coexistencia, en su vida, de arrebatos místicos que vuelan tras las fronteras de lo natural, con una perpetua laboración inteligente y con una acción creadora de cosas que no descansa un momento, n i sosiega jamás, porque está siempre acechándole una multitud de imperiosas necesidades y asuntos que vuelan sobre su actividad para ocupar inmediatamente el sitio que la cuestión orillada o resuelta dejaba vacante en aquella alma p r i vilegiada. E s cosa sabida que el cerebro muy pensador, muy volador, no sabe de la realidad práctica, no tiene facilidad de mandar a las manos para la acciónalas ideas que surgieron en él, y que después de calentarse en el alma deben bajar a la obra en busca de la vida. D o n Bosco es una pura acción, un puro movimiento ejecutivo que no perdona detalle porque su alma avariciosa de las almas de sus prójimos, de sus- escolares, de sus hermanos, no descansa n i en el inventar, n i en la realización conveniente, y su pobre cuerpo vive milagrosamente muchos años, agotadas las energías en la penitencia y en el trabajo, y no obstante sacando a l a naturaleza derrumbada frutos difícilmente exigibles a la salud completa y al equilibrio triunfal. Niño pobre al principio, es luego estudiante modestísimo de humanidades, más tarde casto levita, al fin sacerdote y por último creador de poderosos organismos mundiales que habían de recoger en su regazo a todos los niños pobres que llegaran a su jurisdicción, para educarlos, instruirlos, hacerlos hombres y obreros dignos. Son setenta y tres años de una vida que no tiene, a mi modo de ver, superación posible, ni aun comparada con las águilas, que volaron durante veinte siglos por las cumbres del Evangelio. E n Italia, Francia, Alemania, España y demás naciones europeas florecía su orden. E l árbol sembrado en las escuelitas del V a l docó de Turín se iba trasplantando a todas partes y arraigaba tan bien que cada centro era, a su vez, origen y núcleo sobre el que giraban los nuevos. H o y cuenta la orden salesiana con más de mil colegios de niños y niñas y, centenares de miles de criatatas encuentran en el mundo estos refugios de paz y de afecto inventados por aquel clérigo italiano, tan bañado en la luz sobrenatural de Dios. E n los últimos días de su vida, cuando la salud de aquel gigante, rota definitivamente, había presentado dimisión de todas sus actividades, noticias traídas de América indicaban que en el nuevo mundo surgía la obra amorosa del Fundador, y. a la cabeza del moribundo llegaban en aquellos tristes días de enero de 1888, consuelos como el que le proporciona monseñor. Gagliero, que le presenta a una niña salvaje de T i e r r a del Fuego, diciéndole: H e aquí, queridísimo D o n Bosco, una primicia que le ofrecen sus hijos. L a pequeña arrodillada dijo con acento semibárbaro: L e agradezco, amado padre, que haya enviado a sus misioneros a salvarme a mí y a mis hermanos. Nos han hecho cristianos y no están ya cerradas para nosotros las puertas de Dios. Con dulce sonrisa- -dice un ilustre biógrafo de D o n Boscc- y con el rostro ¡leño. de lagrimas, contemplo el maestro aqu- a ñor primera dv las tierras -atlánticas, que eran el sueño de sus amores de apóstol, cuando sus ojos tenían ya el vidrio precursor inmediato. de la muerte. Por todo lo dicho, y por un mundo de cosas admirables de este hombre singular, muy especialmente por haber demostrado en l a práctica, durante más de cincuenta años, que el amor, y no el castigo, era el nervio de la educación humana, sustituyendo l a vieja disciplina y la grosería de la aplicación de la fuerza física, por la caricia, la previsión y los principios morales y religiosos en la educación de los niños, y de SEVILLA. E L HQMENAJE A DON. BO UJ E L C A R D E N A L I L U N D A I N DANDO L A BENDICIÓN A LOS M A N I F E S T A N T E S C O N- i T O T i y O D E L H O M E N A J E A L BEATO. JÜAW -BÓSCO. ¿OTO IjCTfiiS, -aiffliu: miniami im tr i ¡miimiiuy ¡iiirniilHi: ¡1 rir; iii i: i UIMII. lililí lili n M i lli a i 1 1