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P u e s t o q u e u s t e d d i s p o n e de u n a refn- g e r a d o r a e n d o n d e c o n s e r v a r f r e s c o s y sanos s u s alimentos. P r o a u c e un trio s e c o c o n s t a n t e y unif o r m e lo q u e impide el d e s a r r o l l o de l a s b a c t e r i a s patógenas. %o a su salud. ae su fa imstaldndo n su. casa, un XL tiggmtot N o e s posible h a l l a r r e f r i g e r a d o r a m á s sencilla, n o h a y c o r r e a s d e t r a n s m i s i ó n p o l e a s v e n t i l a d o r e s ni c i r c u l a c i ó n de a g u a C o m o no tiene válvulas ni p r e n s a- e s t o p a s no hay e s c a p e s p o r lo q u e n o n e c e s i t a nunca rellenarse de gas refrigerante; E x i s t e una g r a n v a r i e d a d d e m o d e l o s y tac a ñ o s Nuevos modelos T O D O A C E R O S I C E -Apartaao Concesionarios exclusivos eri todos ios centros de poblaciones importantes 990- MAORiD v $4 FERNANDEZ Y, GONZÁLEZ E L PASTELERO D E MADRIGAL 1 28 familia es tal y tan alta, que bien merece se guarde oculto su Honor en el misterio, porque aunque ini esposa es, deshonra causa a su familia su casamiento con un soldado, siendo ella tan gran princesa. ¡Princesa esa dama! -dijo el alcalde Portocarrero poniéndose de pie. -Sentaos, caballero- -dijo Gabriel de Espinosa con el mismo acento que hubiera usado un Rey al pronunciar aquella palabra. E l alcalde Portocarrero se sentó dominado por Gabriel de Espinosa, cuya figura se engrandecía para él de momento en momento. Sayda Mirian callaba y estaba confusa. G i l L ó pez abría desmesuradamente los ojos y le parecía imprudente lo que Gabriel decía. E l alcalde P o r tocarrero, sin embargo, se mostraba de momento en momento más afable, más cortés y más interesado por Gabriel de Espinosa. Este continuó: -U n día, en una recia batalla, no os diré dónde, caí tan herido, que sin mi esposa hubiera muerto. ¡E n la batalla estuvo esta dama! -dijo suavemente el alcalde Portocarrero. -N o por cierto, señor alcalde; pero l a batalla se dio cerca del lugar donde mi esposa vivía; por muerto me tuvieron, y esta herida de mi cabeza, y las que. están señaladas en mi pecho, y ésta de mi mano, prueban que hubo razón bastante para que por muerto se me tuviese; yo mismo creo que estuve difunto, y que si volví a la vida fué porque me resucitaron las oraciones y el amor de mi esposa. -Vuestra historia es tal, que maravilla- -dijo el alcalde Portocarrero. -U n día- -continuó Gabriel- -abrí los ojos, y v i junto a mí a María. Desde entonces la amoj señor. Cuidó de mí en secreto, con la paciencia y el amor de un ángel, y cuando mis heridas se cerraron por completo, cuando recobré las fuerzas, ya era imposible que nos separásemos; Dios nos había hecho esposos; éramos un alma sola, partida entre un hombre y una mujer, -y un sacerdote bendijo aquella unión que Dios había hecho; huimos, porque era forzoso huir; mi esposa me lo sacrificó todo: su familia, su orgullo, sus riquezas; encubierta ha seguido mi suerte de soldado, y encu ¿ielta ha venido a M ¿r i g a l adonde nos ha arroa pastelero, y lo sois sin duda, y parecéis un gran señor; la nodriza de vuestra hija viste humildes paños, se llama lisamente M a r í a Juana y párese una gran señora disfrazada. -Y ESTO Q U E TARECB UNA CONVERSACIÓN. SEÑOR -DIJO G A B R I E L D E E S P I N O S A ALCALDB -Y esto que parece una conversación, señor a l calde- -dijo Gabrú- l de Espinosa- no es más n i menos que w, ¡níerrogaíorio. -Eso viene a ser- -dijo benévotomente el aleal-